La infalibilidad de la palabra
La infalibilidad de la palabra
XV Domingo del Tiempo Ordinario
Hans Urs von Balthasar
(Luz de la Palabra, EE 1994)
Hans Urs von Balthasar
(Luz de la Palabra, EE 1994)
"...existe la absoluta seguridad de que la semilla sembrada en tierra buena dará fruto y producirá ciento, setenta o treinta por uno."
1. La parábola del sembrador debe entenderse.
En el evangelio, Jesús —sentado en una barca— cuenta una parábola a la muchedumbre: sólo la cuarta parte de la semilla sembrada brota y da un fruto sobreabundante. Los discípulos le preguntan: «¿Por qué les hablas en parábolas?». La respuesta del Señor indica que en los corazones de los oyentes debe existir al menos un principio de comprensión de las cosas divinas para que la «palabra del reino» produzca fruto en ellos. «Porque al que tiene (este principio) se le dará» (v. 12).
En el fondo, de Dios sólo se puede hablar en imágenes; quien tiene el corazón duro como una piedra, o no está dispuesto a comprender por los afanes de la vida (v. 22) o por su espíritu superficial, no puede penetrar en las imágenes hasta descubrir la realidad divina significada en ellas. Entonces la semilla se seca y el Maligno roba lo sembrado en su corazón (v. 19).
En los discípulos existe, gracias a Dios, ese principio de comprensión. Lo que se presenta como una explicación dada por Jesús es, en el fondo, la inteligencia y comprensión de los misterios divinos que el Espíritu Santo desarrolla en el corazón de la Iglesia.
2. La dicha de comprender.
Pero esta comprensión no se producirá hasta después de la Pascua. Por el momento, los discípulos preguntan por el sentido de las parábolas; sólo el Espíritu les enseñará a pasar del símbolo a la realidad. Y quienes son capaces de semejante conocimiento serán siempre una minoría. La segunda lectura, de Pablo, nos dice que la creación entera está sometida a la «frustración» y a la «esclavitud de la corrupción», que toda ella gime con dolores de parto sin producir nada, y que «también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior aguardando la redención de nuestro cuerpo».
Nosotros, los cristianos, pertenecemos a ese grupo privilegiado en cuyo corazón se ha puesto un germen de comprensión, aunque nos cueste trabajo encontrar la verdad en la parábola. Sería lamentable que también en nosotros, que deberíamos ver y entender, un suelo pedregoso secara la semilla que Dios ha puesto en nuestros corazones.
3. La infalibilidad de la palabra.
Sin embargo, existe la absoluta seguridad de que la semilla sembrada en tierra buena dará fruto y producirá ciento, setenta o treinta por uno: la cosecha será extraordinariamente buena. Dios recogerá el fruto previsto incluso en la tierra yerma de este mundo; para Él, un solo santo vale más que cien tibios o incrédulos.
La primera lectura lo anuncia triunfalmente: la gracia de Dios es como la lluvia que fecunda la tierra, la hace germinar, da semilla al sembrador y pan al que come. «Así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad» y no sólo conseguirá parte de lo previsto, sino que «cumplirá su encargo» totalmente.
El cristiano no puede oír este grito de victoria sin pensar en la cruz del Hijo: si la obra de su vida pareció fracasar por la dureza del corazón de sus oyentes, la cruz vicaria fue la lluvia que empapó la tierra reseca.
- Balthasar, H. U. von. (1994). Luz de la Palabra: Comentarios a las lecturas dominicales A‑B‑C (F. Hernández Rodríguez, Trad.). Madrid: Ediciones Encuentro.
En el evangelio, Jesús —sentado en una barca— cuenta una parábola a la muchedumbre: sólo la cuarta parte de la semilla sembrada brota y da un fruto sobreabundante. Los discípulos le preguntan: «¿Por qué les hablas en parábolas?». La respuesta del Señor indica que en los corazones de los oyentes debe existir al menos un principio de comprensión de las cosas divinas para que la «palabra del reino» produzca fruto en ellos. «Porque al que tiene (este principio) se le dará» (v. 12).
En el fondo, de Dios sólo se puede hablar en imágenes; quien tiene el corazón duro como una piedra, o no está dispuesto a comprender por los afanes de la vida (v. 22) o por su espíritu superficial, no puede penetrar en las imágenes hasta descubrir la realidad divina significada en ellas. Entonces la semilla se seca y el Maligno roba lo sembrado en su corazón (v. 19).
En los discípulos existe, gracias a Dios, ese principio de comprensión. Lo que se presenta como una explicación dada por Jesús es, en el fondo, la inteligencia y comprensión de los misterios divinos que el Espíritu Santo desarrolla en el corazón de la Iglesia.
2. La dicha de comprender.
Pero esta comprensión no se producirá hasta después de la Pascua. Por el momento, los discípulos preguntan por el sentido de las parábolas; sólo el Espíritu les enseñará a pasar del símbolo a la realidad. Y quienes son capaces de semejante conocimiento serán siempre una minoría. La segunda lectura, de Pablo, nos dice que la creación entera está sometida a la «frustración» y a la «esclavitud de la corrupción», que toda ella gime con dolores de parto sin producir nada, y que «también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior aguardando la redención de nuestro cuerpo».
Nosotros, los cristianos, pertenecemos a ese grupo privilegiado en cuyo corazón se ha puesto un germen de comprensión, aunque nos cueste trabajo encontrar la verdad en la parábola. Sería lamentable que también en nosotros, que deberíamos ver y entender, un suelo pedregoso secara la semilla que Dios ha puesto en nuestros corazones.
3. La infalibilidad de la palabra.
Sin embargo, existe la absoluta seguridad de que la semilla sembrada en tierra buena dará fruto y producirá ciento, setenta o treinta por uno: la cosecha será extraordinariamente buena. Dios recogerá el fruto previsto incluso en la tierra yerma de este mundo; para Él, un solo santo vale más que cien tibios o incrédulos.
La primera lectura lo anuncia triunfalmente: la gracia de Dios es como la lluvia que fecunda la tierra, la hace germinar, da semilla al sembrador y pan al que come. «Así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad» y no sólo conseguirá parte de lo previsto, sino que «cumplirá su encargo» totalmente.
El cristiano no puede oír este grito de victoria sin pensar en la cruz del Hijo: si la obra de su vida pareció fracasar por la dureza del corazón de sus oyentes, la cruz vicaria fue la lluvia que empapó la tierra reseca.
- Balthasar, H. U. von. (1994). Luz de la Palabra: Comentarios a las lecturas dominicales A‑B‑C (F. Hernández Rodríguez, Trad.). Madrid: Ediciones Encuentro.

Evangelio
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 13, 1-23
Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló muchas cosas en parábolas:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron.
Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga».
Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
«¿Por qué les hablas en parábolas?».
Él les contestó:
«A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.
Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:
“Oiréis con los oídos sin entender;
miraréis con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo,
son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos,
ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure”.
Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.
Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.
Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».
Les habló muchas cosas en parábolas:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron.
Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga».
Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
«¿Por qué les hablas en parábolas?».
Él les contestó:
«A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.
Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:
“Oiréis con los oídos sin entender;
miraréis con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo,
son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos,
ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure”.
Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.
Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.
Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».
Palabra del Señor.
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