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		<title>Diócesis de Arecibo</title>
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			<title>Una esperanza firme</title>
						<description><![CDATA[Papa Benedicto XVIHomilía (20-04-2008) Queridos hermanos y hermanas en Cristo:En el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús dice a sus Apóstoles que tengan fe en Él, porque Él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Cristo es el camino que conduce al Padre, la verdad que da sentido a la existencia humana, y la fuente de esa vida que es alegría eterna con todos los Santos en el Reino de lo...]]></description>
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			<pubDate>Sat, 02 May 2026 11:00:00 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<section class="sp-section sp-scheme-0" data-index="13" data-scheme="0"><div class="sp-section-slide"  data-label="Main" ><div class="sp-section-content" ><div class="sp-grid sp-col sp-col-24"><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="0" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>Una esperanza firme</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="1" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Papa Benedicto XVI</b><b><br>Homilía (20-04-2008)</b><b><br></b></div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="2" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color4" data-size="2em"><h2  style='font-size:2em;color:@color4;'>"Sólo Él es el camino que conduce a la felicidad eterna, la verdad que satisface los deseos más profundos de todo corazón, y la vida trae siempre nuevo gozo y esperanza, para nosotros y para todo el mundo."</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="3" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">Queridos hermanos y hermanas en Cristo:<br><br>En el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús dice a sus Apóstoles que tengan fe en Él, porque Él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Cristo es el camino que conduce al Padre, la verdad que da sentido a la existencia humana, y la fuente de esa vida que es alegría eterna con todos los Santos en el Reino de los cielos. Acojamos estas palabras del Señor. Renovemos nuestra fe en Él y pongamos nuestra esperanza en sus promesas.<br><br>Con esta invitación a perseverar en la fe de Pedro (cf. Lc 22,32; Mt 16,17), les saludo a todos con gran afecto. Agradezco al Señor Cardenal Egan las cordiales palabras de bienvenida que ha pronunciado en vuestro nombre. En esta Misa, la Iglesia que peregrina en los Estados Unidos celebra el Bicentenario de la creación de las sedes de Nueva York, Boston, Filadelfia y Louisville por la desmembración de la sede madre de Baltimore. La presencia, en torno a este altar, del Sucesor de Pedro, de sus Hermanos Obispos y sacerdotes, de los diáconos, de los consagrados y consagradas, así como de los fieles laicos procedentes de los cincuenta Estados de la Unión, manifiesta de forma elocuente nuestra comunión en la fe católica que nos llegó de los Apóstoles.<br><br>La celebración de hoy es también un signo del crecimiento impresionante que Dios ha concedido a la Iglesia en vuestro País en los pasados doscientos años. A partir de un pequeño rebaño, como el descrito en la primera lectura, la Iglesia en América ha sido edificada en la fidelidad a los dos mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo. En esta tierra de libertad y oportunidades, la Iglesia ha unido rebaños muy diversos en la profesión de fe y, a través de sus muchas obras educativas, caritativas y sociales, también ha contribuido de modo significativo al crecimiento de la sociedad americana en su conjunto.<br><br>Este gran resultado no ha estado exento de retos. La primera lectura de hoy, tomada de los Hechos de los Apóstoles, habla de las tensiones lingüísticas y culturales que había en la primitiva comunidad eclesial. Al mismo tiempo, muestra el poder de la Palabra de Dios, proclamada autorizadamente por los Apóstoles y acogida en la fe, para crear una unidad capaz de ir más allá de las divisiones que provienen de los límites y debilidades humanas. Se nos recuerda aquí una verdad fundamental: que la unidad de la Iglesia no tiene más fundamento que la Palabra de Dios, hecha carne en Cristo Jesús, Nuestro Señor. Todos los signos externos de identidad, todas las estructuras, asociaciones o programas, por válidos o incluso esenciales que sean, existen en último término únicamente para sostener y favorecer una unidad más profunda que, en Cristo, es un don indefectible de Dios a su Iglesia.<br><br>La primera lectura muestra además, como vemos en la imposición de manos sobre los primeros diáconos, que la unidad de la Iglesia es «apostólica», es decir, una unidad visible fundada sobre los Apóstoles, que Cristo eligió y constituyó como testigos de su resurrección, y nacida de lo que la Escritura denomina «la obediencia de la fe» (Rm 1,5; Hch 6,7).<br><br>«Autoridad»... «obediencia». Siendo francos, estas palabras no se pronuncian hoy fácilmente. Palabras como éstas representan «una piedra de tropiezo» para muchos de nuestros contemporáneos, especialmente en una sociedad que justamente da mucho valor a la libertad personal. Y, sin embargo, a la luz de nuestra fe en Cristo, «el camino, la verdad y la vida», alcanzamos a ver el sentido más pleno, el valor e incluso la belleza de tales palabras. El Evangelio nos enseña que la auténtica libertad, la libertad de los hijos de Dios, se encuentra sólo en la renuncia al propio yo, que es parte del misterio del amor. Sólo perdiendo la propia vida, como nos dice el Señor, nos encontramos realmente a nosotros mismos (cf. Lc 17,33). La verdadera libertad florece cuando nos alejamos del yugo del pecado, que nubla nuestra percepción y debilita nuestra determinación, y ve la fuente de nuestra felicidad definitiva en Él, que es amor infinito, libertad infinita, vida sin fin. «En su voluntad está nuestra paz».<br><br>Por tanto, la verdadera libertad es un don gratuito de Dios, fruto de la conversión a su verdad, a la verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32). Y dicha libertad en la verdad lleva consigo un modo nuevo y liberador de ver la realidad. Cuando nos identificamos con «la mente de Cristo» (cf. Fil 2,5), se nos abren nuevos horizontes. A la luz de la fe, en la comunión de la Iglesia, encontramos también la inspiración y la fuerza para llegar a ser fermento del Evangelio en este mundo. Llegamos a ser luz del mundo, sal de la tierra (cf. Mt 5,13-14), encargados del «apostolado» de conformar nuestras vidas y el mundo en que vivimos cada vez más plenamente con el plan salvador de Dios.<br><br>La magnífica visión de un mundo transformado por la verdad liberadora del Evangelio queda reflejada en la descripción de la Iglesia que encontramos en la segunda lectura de hoy. El Apóstol nos dice que Cristo, resucitado de entre los muertos, es la piedra angular de un gran templo que también ahora se está edificando en el Espíritu. Y nosotros, miembros de su cuerpo, nos hacemos por el Bautismo «piedras vivas» de ese templo, participando por la gracia en la vida de Dios, bendecidos con la libertad de los hijos de Dios, y capaces de ofrecer sacrificios espirituales agradables a él (cf. 1 P 2,5). ¿Qué otra ofrenda estamos llamados a realizar, sino la de dirigir todo pensamiento, palabra o acción a la verdad del Evangelio, o a dedicar toda nuestra energía al servicio del Reino de Dios? Sólo así podemos construir con Dios, sobre el cimiento que es Cristo (cf. 1 Co 3,11). Sólo así podemos edificar algo que sea realmente duradero. Sólo así nuestra vida encuentra el significado último y da frutos perdurables...<br><br>«Ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que les llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa» (1 P 2,9). Estas palabras del Apóstol Pedro no sólo nos recuerdan la dignidad que por gracia de Dios tenemos, sino que también entrañan un desafío y una fidelidad cada vez más grande a la herencia gloriosa recibida en Cristo (cf. Ef 1,18). Nos retan a examinar nuestras conciencias, a purificar nuestros corazones, a renovar nuestro compromiso bautismal de rechazar a Satanás y todas sus promesas vacías. Nos retan a ser un pueblo de la alegría, heraldos de la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5) nacida de la fe en la Palabra de Dios y de la confianza en sus promesas.<br><br>En esta tierra, ustedes y muchos de sus vecinos rezan todos los días al Padre con las palabras del Señor: «Venga tu Reino». Esta plegaria debe forjar la mente y el corazón de todo cristiano de esta Nación. Debe dar fruto en el modo en que ustedes viven su esperanza y en la manera en que construyen su familia y su comunidad. Debe crear nuevos «lugares de esperanza» (cf. Spe salvi, 32ss) en los que el Reino de Dios se haga presente con todo su poder salvador.<br><br>Además, rezar con fervor por la venida del Reino significa estar constantemente atentos a los signos de su presencia, trabajando para que crezca en cada sector de la sociedad. Esto quiere decir afrontar los desafíos del presente y del futuro confiados en la victoria de Cristo y comprometiéndose en extender su Reino. Comporta no perder la confianza ante resistencias, adversidades o escándalos. Significa superar toda separación entre fe y vida, oponiéndose a los falsos evangelios de libertad y felicidad. Quiere decir, además, rechazar la falsa dicotomía entre la fe y la vida política, pues, como ha afirmado el Concilio Vaticano II, «ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios» (Lumen gentium, 36). Esto quiere decir esforzarse para enriquecer la sociedad y la cultura americanas con la belleza y la verdad del Evangelio, sin perder jamás de vista esa gran esperanza que da sentido y valor a todas las otras esperanzas que inspiran nuestra vida.<br><br>Queridos amigos, éste es el reto que os presenta hoy el Sucesor de Pedro. Como «raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada», sigan con fidelidad las huellas de quienes les han precedido. Apresuren la venida del Reino en esta tierra. Las generaciones pasadas les han legado una herencia extraordinaria. También en nuestros días la comunidad católica de esta Nación ha destacado en su testimonio profético en defensa de la vida, en la educación de los jóvenes, en la atención a los pobres, enfermos o extranjeros que viven entre ustedes. También hoy el futuro de la Iglesia en América debe comenzar a elevarse partiendo de estas bases sólidas.<br><br>[...] Queridos jóvenes amigos: igual que los siete hombres «llenos de espíritu de sabiduría» a los que los Apóstoles confiaron el cuidado de la joven Iglesia, álcense también ustedes y asuman la responsabilidad que la fe en Cristo les presenta. Que encuentren la audacia de proclamar a Cristo, «el mismo ayer, hoy y siempre», y las verdades inmutables que se fundamentan en Él (cf. Gaudium et spes, 10; Hb 13,8): son verdades que nos hacen libres. Se trata de las únicas verdades que pueden garantizar el respeto de la dignidad y de los derechos de todo hombre, mujer y niño en nuestro mundo, incluidos los más indefensos de todos los seres humanos, como los niños que están aún en el seno materno. En un mundo en el que, como Juan Pablo II nos recordó hablando en este mismo lugar, Lázaro continúa llamando a nuestra puerta (Homilía en el Yankee Stadium, 2 de octubre de 1979, n. 7), actúen de modo que su fe y su amor den fruto ayudando a los pobres, a los necesitados y a los sin voz. Muchachos y muchachas de América, les reitero: abran los corazones a la llamada de Dios para seguirlo en el sacerdocio y en la vida religiosa. ¿Puede haber un signo de amor más grande que seguir las huellas de Cristo, que no dudó en dar la vida por sus amigos (cf. Jn 15,13)?<br><br>En el Evangelio de hoy, el Señor promete a los discípulos que realizarán obras todavía más grandes que las suyas (cf. Jn 14,12). Queridos amigos, sólo Dios en su providencia sabe lo que su gracia debe realizar todavía en sus vidas y en la vida de la Iglesia de los Estados Unidos. Mientras tanto, la promesa de Cristo nos colma de esperanza firme. Unamos, pues, nuestras plegarias a la suya, como piedras vivas del templo espiritual que es su Iglesia una, santa, católica y apostólica. Dirijamos nuestra mirada hacia él, pues también ahora nos está preparando un sitio en la casa de su Padre. Y, fortalecidos por el Espíritu Santo, trabajemos con renovado ardor por la extensión de su Reino.<br><br>«Dichosos los creyentes» (cf. 1 P 2,7). Dirijámonos a Jesús. Sólo Él es el camino que conduce a la felicidad eterna, la verdad que satisface los deseos más profundos de todo corazón, y la vida trae siempre nuevo gozo y esperanza, para nosotros y para todo el mundo. Amén.</div></div><div class="sp-block sp-image-block " data-type="image" data-id="4" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style="max-width:700px;"><div class="sp-image-holder" style="background-image:url(https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/24185430_707x600_500.jpg);"  data-source="X78R5D/assets/images/24185430_707x600_2500.jpg"><img src="https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/24185430_707x600_500.jpg" class="fill" alt="" /><div class="sp-image-title"></div><div class="sp-image-caption"></div></div></div></div><div class="sp-block sp-button-block " data-type="button" data-id="5" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class="text-reset"><a class="sp-button" href="https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2008/documents/hf_ben-xvi_hom_20080420_yankee-stadium-ny.html" target="_blank"  data-label="Homilía" data-color="@color1" style="background-color:@color1 !important;">Homilía</a></span></div></div><div class="sp-block sp-divider-block " data-type="divider" data-id="6" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-divider-holder"></div></div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="7" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>Evangelio</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="8" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 1-12&nbsp;</b></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="9" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:<br><br>«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».<br><br>Tomás le dice:<br><br>«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».<br><br>Jesús le responde:<br><br>«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».<br><br>Felipe le dice:<br><br>«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».<br><br>Jesús le replica:<br><br>«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.<br><br>En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».&nbsp;</div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="10" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1" data-size="2em"><h2  style='font-size:2em;color:@color1;'><b>Palabra del Señor.</b></h2></span></div></div><div class="sp-block sp-social-block " data-type="social" data-id="11" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-social-holder" style="font-size:25px;margin-top:-5px;"  data-style="colors-outline" data-shape="square"><a class="facebook" href="https://www.facebook.com/diocesisdearecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-facebook"></i></a><a class="instagram" href="https://www.instagram.com/diocesisarecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-instagram"></i></a><a class="youtube" href="https://www.youtube.com/@Diocesis_Arecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-youtube"></i></a></div></div></div><div class="sp-block sp-subsplash_giving-block " data-type="subsplash_giving" data-id="12" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-subsplash-holder"><script id="subsplash-embed-12" type="text/javascript"> var target = document.getElementById("subsplash-embed-12"); var script = document.createElement("script"); script.type = "text/javascript"; script.onload = function() {   subsplashEmbed(     "u/-X78R5D/give?&embed=true",     "https://subsplash.com/",     "subsplash-embed-12"   ); }; script.src = "https://dashboard.static.subsplash.com/production/web-client/external/embed-1.1.0.js"; target.parentElement.insertBefore(script, target);</script></div></div></div></div></div></div></section>]]></content:encoded>
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			<title>Los discípulos de Emaús</title>
						<description><![CDATA[San Agustín de HiponaSermón 235 1. Ayer, es decir, la noche pasada, se leyó la resurrección del Salvador, pero según el evangelio de Mateo. Hoy, como habéis oído de boca del lector, se nos ha leído la resurrección del Señor según la dejó escrita el evangelista Lucas. Frecuentemente hay que advertiros -y debéis retenerlo en vuestra memoria- que no tiene por qué turbaros el que un evangelista diga a...]]></description>
			<link>https://diocesisdearecibo.org/blog/2026/04/19/los-discipulos-de-emaus</link>
			<pubDate>Sun, 19 Apr 2026 11:00:00 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<section class="sp-section sp-scheme-0" data-index="13" data-scheme="0"><div class="sp-section-slide"  data-label="Main" ><div class="sp-section-content" ><div class="sp-grid sp-col sp-col-24"><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="0" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>Los discípulos de Emaús</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="1" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>San Agustín de Hipona<br>Sermón 235</b><b><br></b></div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="2" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color4" data-size="2em"><h2  style='font-size:2em;color:@color4;'>"Aprended dónde buscar al Señor, dónde tenerlo, dónde reconocerlo: cuando lo coméis."</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="3" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">1. Ayer, es decir, la noche pasada, se leyó la resurrección del Salvador, pero según el evangelio de Mateo. Hoy, como habéis oído de boca del lector, se nos ha leído la resurrección del Señor según la dejó escrita el evangelista Lucas. Frecuentemente hay que advertiros -y debéis retenerlo en vuestra memoria- que no tiene por qué turbaros el que un evangelista diga algo que otro pasa por alto, puesto que quien pasa por alto ésa, dice otra que había omitido el primero. Hay cosas que sólo las narra un evangelista, callándolas los otros tres; otras las consignan dos, guardando silencio los otros dos; algunas las encontramos en tres de ellos, faltando sólo en uno. Puesto que en los cuatro evangelistas habla el único Espíritu, la autoridad del santo evangelio es tan grande que es verdadero hasta lo que dice un solo evangelista. Lo que acabáis de oír, que el Señor, después de resucitado, encontró de viaje a dos de sus discípulos, conversando sobre lo que había acontecido, y que les preguntó: ¿Cuál es el tema de conversación que os ocupa?, etc., sólo lo narra el evangelista Lucas. Marcos lo menciona brevemente al decir que se apareció a dos que iban de viaje, pero pasó por alto tanto lo que ellos dijeron al Señor como lo que el Señor les respondió.<br><br>2. ¿Qué nos aportó esta lectura a nosotros? Algo verdaderamente grande, si la comprendemos. Se les apareció Jesús. Le veían con los ojos, pero no lo reconocían. El maestro caminaba con ellos durante el camino y él mismo era el camino. Aquellos discípulos aún no iban por el camino, pues los halló fuera de él.&nbsp;Estando con ellos antes de la pasión, les había predicho todo: que había de sufrir la pasión, que había de morir y que al tercer día resucitaría. Todo lo había predicho, pero su muerte se lo borró de la memoria. Cuando lo vieron colgando del madero quedaron tan trastornados que se olvidaron de lo que les había enseñado; no les pasó por la mente la resurrección ni se acordaron de sus promesas. Nosotros -dicen- esperábamos que él redimiría a Israel. Lo esperabais, ¡oh discípulos!, ¿es que ya no lo esperáis? Ved que Cristo vive: ¿ha muerto la esperanza en vosotros? Cristo vive ciertamente. Cristo, vivo, encuentra muertos los corazones de los discípulos, a cuyos ojos se apareció y no se apareció. Lo veían y permanecía oculto para ellos. En efecto, si no lo veían, ¿cómo lo oían cuando preguntaba y cómo le respondían? Iba con ellos como compañero de camino y él mismo era el guía. Lo veían, sin duda, pero no lo reconocían. Sus ojos -como escuchamos- estaban incapacitados para reconocerlo. No estaban incapacitados para verlo, sino para reconocerlo.<br><br>3. Atención, hermanos; ¿dónde quiso el Señor que lo reconocieran? En la fracción del pan. No nos queda duda: partimos el pan y reconocemos al Señor. Pensando en nosotros, que no le íbamos a ver en la carne, pero que íbamos a comer su carne, no quiso que lo reconocieran más que allí. La fracción del pan es causa de consuelo para todo fiel, quienquiera que seas; quienquiera que seas tú que llevas el nombre cristiano, si no lo llevas en vano; tú que entras en el templo pero con un porqué; tú que escuchas la palabra de Dios con temor y esperanza. La ausencia del Señor no es ausencia. Ten fe y está contigo aquel a quien no ves. Cuando el Señor hablaba con ellos, aquellos discípulos no tenían ni fe, puesto que no creían que hubiese resucitado, ni tenían esperanza de que pudiera hacerlo. Habían perdido la fe y la esperanza. Estando ellos muertos, caminaban con el vivo; los muertos caminaban con la vida misma. La vida caminaba con ellos, pero en sus corazones aún no residía la vida.&nbsp;También tú, pues, si quieres poseer la vida, haz lo que hicieron ellos para reconocer igualmente al Señor. Le dieron hospitalidad. El Señor tenía el aspecto de uno que iba lejos, pero lo retuvieron. Cuando llegaron al lugar al que se dirigían, le dijeron: Quédate aquí con nosotros, pues el día ya declina. Dale hospitalidad, si quieres reconocerlo como salvador. La hospitalidad les devolvió aquello de lo que les había privado la incredulidad. Así, pues, el Señor se hizo presente a sí mismo en la fracción del pan. Aprended dónde buscar al Señor, dónde tenerlo, dónde reconocerlo: cuando lo coméis. Los fieles saben algo, y ese algo lo comprenden en esta lectura mejor que los que no lo saben.<br><br>4. Aquéllos reconocieron al Señor y, una vez que lo reconocieron, ya no se dejó ver en ningún lado. Se alejó de ellos corporalmente, a la vez que lo tenían consigo mediante la fe. Ved el motivo por el que nuestro Señor se sustrajo corporalmente a toda la Iglesia y subió al cielo: para edificar la fe. Si no conoces más que lo que ves, ¿dónde está la fe? Si, en cambio, crees hasta lo que no ves, cuando lo veas te llenarás de gozo. Se edifica la fe, porque después se recompensará con la visión. Llegará lo que no vemos; llegará, hermanos, llegará. Estáte atento a cómo vaya a encontrarte. Llegará también el momento por el que preguntan los hombres: «¿Dónde, cuándo, cómo será?» «¿Cuándo sucederá eso?» «¿Cuándo ha de venir?» Ten la seguridad: llegará. Llegará, aunque tú no lo quieras. ¡Ay de los que no lo creyeron! ¡Qué gozo para quienes lo creyeron! ¡Se llenarán de alegría los fieles, y de confusión los incrédulos! Los fieles dirán: «Te damos gracias, Señor; lo que escuchamos era verdad, verdad lo que creímos, verdad lo que esperamos y verdad lo que ahora vemos». Los incrédulos, en cambio, dirán: «¿Dónde queda el no haber creído? ¿Dónde queda el haber considerado como falsedades lo que leíamos?» Y sucederá que a la confusión se añadirá el tormento, y a la alegría se la recompensará con el premio. En efecto, aquéllos irán al fuego eterno y los justos a la vida eterna.<br><br><br></div></div><div class="sp-block sp-image-block " data-type="image" data-id="4" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style="max-width:700px;"><div class="sp-image-holder" style="background-image:url(https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23930970_1247x940_500.jpg);"  data-source="X78R5D/assets/images/23930970_1247x940_2500.jpg" data-fill="true"><img src="https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23930970_1247x940_500.jpg" class="fill" alt="" /><div class="sp-image-title"></div><div class="sp-image-caption"></div></div></div></div><div class="sp-block sp-button-block " data-type="button" data-id="5" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class="text-reset"><a class="sp-button" href="https://www.augustinus.it/spagnolo/discorsi/index2.htm" target="_blank"  data-label="Sermón 235" data-color="@color1" style="background-color:@color1 !important;">Sermón 235</a></span></div></div><div class="sp-block sp-divider-block " data-type="divider" data-id="6" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-divider-holder"></div></div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="7" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>Evangelio</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="8" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 13-35</b></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="9" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.<br><br>Él les dijo:<br><br>«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».<br><br>Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:<br><br>«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».<br><br>Él les dijo:<br><br>«¿Qué?».<br><br>Ellos le contestaron:<br><br>«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».<br><br>Entonces él les dijo:<br><br>«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».<br><br>Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.<br><br>Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:<br><br>«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».<br><br>Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.<br><br>Y se dijeron el uno al otro:<br><br>«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».<br><br>Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:<br><br>«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».<br><br>Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.</div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="10" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1" data-size="2em"><h2  style='font-size:2em;color:@color1;'><b>Palabra del Señor.</b></h2></span></div></div><div class="sp-block sp-social-block " data-type="social" data-id="11" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-social-holder" style="font-size:25px;margin-top:-5px;"  data-style="colors-outline" data-shape="square"><a class="facebook" href="https://www.facebook.com/diocesisdearecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-facebook"></i></a><a class="instagram" href="https://www.instagram.com/diocesisarecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-instagram"></i></a><a class="youtube" href="https://www.youtube.com/@Diocesis_Arecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-youtube"></i></a></div></div></div><div class="sp-block sp-subsplash_giving-block " data-type="subsplash_giving" data-id="12" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-subsplash-holder"><script id="subsplash-embed-12" type="text/javascript"> var target = document.getElementById("subsplash-embed-12"); var script = document.createElement("script"); script.type = "text/javascript"; script.onload = function() {   subsplashEmbed(     "u/-X78R5D/give?&embed=true",     "https://subsplash.com/",     "subsplash-embed-12"   ); }; script.src = "https://dashboard.static.subsplash.com/production/web-client/external/embed-1.1.0.js"; target.parentElement.insertBefore(script, target);</script></div></div></div></div></div></div></section>]]></content:encoded>
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			<title>NO TE LLAMAS GEMINI… TAMPOCO ERES CHATGPT</title>
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			<link>https://diocesisdearecibo.org/blog/2026/04/14/no-te-llamas-gemini-tampoco-eres-chatgpt</link>
			<pubDate>Tue, 14 Apr 2026 18:00:00 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<section class="sp-section sp-scheme-0" data-index="6" data-scheme="0"><div class="sp-section-slide"  data-label="Main" ><div class="sp-section-content" ><div class="sp-grid sp-col sp-col-24"><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="0" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>No te llamas Gemini… tampoco eres ChatGPT</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="1" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-size="2em"><h2  style='font-size:2em;'>Edwin A. Charón Velázquez<br>Seminarista de la Diócesis de Arecibo</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="2" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h3'  data-color="@color4" data-size="2em"><h3  style='font-size:2em;color:@color4;'><b>"No te llamas Gemini, ni tampoco eres Chat GPT. Dios nos ha llamado por nuestro nombre..."</b></h3></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="3" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">En estos últimos años me ha parecido curioso, incluso sorprendente, el hecho de que jóvenes de mi generación, también de la generación antes y después de la mía recurren a la inteligencia artificial para dialogar temas existenciales. Recuerdo haber escuchado en algún lugar a unos jóvenes decir que le “consultaban a Chat GPT” cosas como: ¿qué hacer ante tal o cual problema?, “¿qué debo estudiar según lo que conoces de mí, utilizando los ‘prompts’ que te he dado?” ¿qué debo hacer ante tal situación que estoy pasando? y así un sin número de preguntas pudiera contar. Creo que en sí hacerse ese tipo de preguntas no está mal, pero debemos poner atención donde buscamos las respuestas. Cada vez que escucho esa frase del “según ChatGPT” pienso que un libro se suicida. La inteligencia artificial, si bien es una herramienta que ha llegado para quedarse y contribuye en la vida cotidiana de los seres humanos que tienen acceso a ella, NO debe sustituir la inteligencia innata; la inteligencia que viene de los libros. Nada sustituye la inteligencia natural. En términos académicos pudiera ser una herramienta de ayuda para organizar ideas, buscar referencias, aun así, tengo mis cuestiones sobre el tema, sin embargo, no debería utilizarse para manejar cuestiones existenciales o que marquen el futuro de la propia persona. Siendo honesto, no sé qué haría, cuando reciba el don del ministerio sacerdotal, y me toque recibir jóvenes en el confesionario o en dirección espiritual y me digan: “según Chat GPT…”. Porque siempre que escucho esa frase, me viene a la mente la introducción que se hace cuando se proclaman los evangelios: «Lectura del Santo Evangelio según San…». Espero que nunca el ser humano llegue a poner la inteligencia artificial como su propio evangelio.<br><br>En fin, a lo que voy con todo esto es que, la inteligencia artificial es una herramienta secundaria, más no puede ser el instrumento principal. No hay ninguna situación que pase, que ya la respuesta no esté escrita en un libro. La lectura espiritual y académica, es fundamental para llevar una vida de cristiano firme y sólida. Es sin duda que el lado oscuro de esta herramienta y de la cual no se habla, es el control mental de las masas. Los que gobiernan desde la sombras fomentan este tipo de herramientas para manipular la conciencia de quienes la utilizan. Quieren que confiemos en la inteligencia artificial porque nos va a ayudar a tomar todas las decisiones. Para que como humanos, más aún como cristianos no pensemos, ni mucho menos tengamos criterio propio. Quieren que pensemos como ellos quieren que pensemos. Me rehúso a pensar que el ser humano ha llegado hasta el 2026 para que una máquina le diga qué hacer. En definitiva, la inteligencia artificial es una herramienta de trabajo, pero no debe suplantar la inteligencia humana. Debemos formar bien la conciencia, que es el árbitro por excelencia entre el bien y el mal. El libre albedrío dado por Dios es el método por el cual buscamos respuestas a nuestras interrogantes; a nuestra toma de decisiones, pero siempre HUMANAS y LIBRES.<br><br>Antropológicamente, desde hace miles de años, el ser humano busca respuestas a tres preguntas fundamentales, ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿A dónde voy? Estamos en pleno siglo 21 y probablemente ninguno de nosotros tenemos una respuesta certera a esas preguntas. Por eso, el ser humano siempre tiende a buscar el sentido de la vida. El ser humano, por naturaleza, busca creer en algo para sentirse pleno. Ante esto, debemos tener presente que en realidad no importa lo que esperemos de la «ζωή» (término griego que significa «vida»), sino lo que la «ζωή» espera de nosotros. ¹ Cada uno de nosotros tiene una misión o un cometido que cumplir, dado por Dios desde antes de nuestro nacimiento. Por tanto, esa misión no puede ser reemplazada por una inteligencia artificial. La tarea que nos toca hacer es tan única como la oportunidad que tenemos de realizarla. ²<br><br>Por eso, no permitas que ninguna inteligencia artificial, te diga qué hacer. Para eso, Dios a través del Espíritu Santo, nos ha regalado siete dones que nos ayudarán a buscar el sentido de la vida, que constantemente cambia, pero nunca cesa. Con esto no busco demonizar la inteligencia artificial ni nada que se parezca, sino busco crear conciencia de que no te llamas Gemini, ni tampoco eres Chat GPT. Dios nos ha llamado por nuestro nombre y desde que nacimos nos ha dado una misión en esta tierra. Nos toca a nosotros discernir cuál es y asumirla.</div></div><div class="sp-block sp-divider-block " data-type="divider" data-id="4" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-divider-holder"></div></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="5" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">¹ Víctor Frankl, El hombre en busca de sentido, p. 106<br>² Víctor Frankl, El hombre en busca de sentido, p. 137</div></div></div></div></div></section>]]></content:encoded>
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			<title>Conferimiento de Ministerios a Seminaristas</title>
						<description><![CDATA[La Vicaría de Vocaciones de la Diócesis de Arecibo se alegra en informarles que el seminarista Jesús E. López Nieves ha sido admitido al Ministerio del Lectorado, y los seminaristas Alejandro Velásquez Ferrán y Edwin A. Charón Velázquez han sido admitidos a las Sagradas Órdenes, por el Equipo de Órdenes de la Diócesis de Arecibo presidido por Mons. Alberto Arturo Figueroa Morales.La Santa Misa don...]]></description>
			<link>https://diocesisdearecibo.org/blog/2026/04/14/conferimiento-de-ministerios-a-seminaristas</link>
			<pubDate>Tue, 14 Apr 2026 14:43:26 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<section class="sp-section sp-scheme-0" data-index="5" data-scheme="0"><div class="sp-section-slide"  data-label="Main" ><div class="sp-section-content" ><div class="sp-grid sp-col sp-col-24"><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="0" style="text-align:start;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2' ><h2 >Conferimiento de Ministerios a Seminaristas</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="1" style=""><div class="sp-block-content"  style="">La Vicaría de Vocaciones de la Diócesis de Arecibo se alegra en informarles que el seminarista Jesús E. López Nieves ha sido admitido al Ministerio del Lectorado, y los seminaristas Alejandro Velásquez Ferrán y Edwin A. Charón Velázquez han sido admitidos a las Sagradas Órdenes, por el Equipo de Órdenes de la Diócesis de Arecibo presidido por Mons. Alberto Arturo Figueroa Morales.<br><br>La Santa Misa donde se realizarán los correspondientes ritos será el jueves, 4 de junio de 2026 a las 6:00pm en la Parroquia Nuestra Señora de los Siete Dolores en Corozal.<br><br>Recemos por nuestros seminaristas y su perseverancia. Damos gracias a Dios por este momento que nos llena de alegría y júbilo.</div></div><div class="sp-block sp-image-block " data-type="image" data-id="2" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style="max-width:230px;"><div class="sp-image-holder" style="background-image:url(https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23952967_1080x1350_500.jpeg);"  data-source="X78R5D/assets/images/23952967_1080x1350_2500.jpeg" data-fill="true"><img src="https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23952967_1080x1350_500.jpeg" class="fill" alt="" /><div class="sp-image-title"></div><div class="sp-image-caption"></div></div></div></div><div class="sp-block sp-image-block " data-type="image" data-id="3" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style="max-width:230px;"><div class="sp-image-holder" style="background-image:url(https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23952987_1080x1350_500.jpeg);"  data-source="X78R5D/assets/images/23952987_1080x1350_2500.jpeg" data-fill="true"><img src="https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23952987_1080x1350_500.jpeg" class="fill" alt="" /><div class="sp-image-title"></div><div class="sp-image-caption"></div></div></div></div><div class="sp-block sp-image-block " data-type="image" data-id="4" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style="max-width:230px;"><div class="sp-image-holder" style="background-image:url(https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23952998_1080x1350_500.jpeg);"  data-source="X78R5D/assets/images/23952998_1080x1350_2500.jpeg" data-fill="true"><img src="https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23952998_1080x1350_500.jpeg" class="fill" alt="" /><div class="sp-image-title"></div><div class="sp-image-caption"></div></div></div></div></div></div></div></section>]]></content:encoded>
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			<title>La Pascua del Señor</title>
						<description><![CDATA[Audiencia GeneralPapa Benedicto XVI (11-04-2012) Después de las solemnes celebraciones de la Pascua, nuestro encuentro de hoy está impregnado de alegría espiritual. Aunque el cielo esté gris, en el corazón llevamos la alegría de la Pascua, la certeza de la Resurrección de Cristo, que triunfó definitivamente sobre la muerte. Ante todo, renuevo a cada uno de vosotros un cordial deseo pascual: que en...]]></description>
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			<pubDate>Sun, 12 Apr 2026 11:00:00 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<section class="sp-section sp-scheme-0" data-index="12" data-scheme="0"><div class="sp-section-slide"  data-label="Main" ><div class="sp-section-content" ><div class="sp-grid sp-col sp-col-24"><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="0" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>La Pascua del Señor</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="1" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Audiencia General</b><br><b>Papa Benedicto XVI (11-04-2012)<br></b></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="2" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">Después de las solemnes celebraciones de la Pascua, nuestro encuentro de hoy está impregnado de alegría espiritual. Aunque el cielo esté gris, en el corazón llevamos la alegría de la Pascua, la certeza de la Resurrección de Cristo, que triunfó definitivamente sobre la muerte. Ante todo, renuevo a cada uno de vosotros un cordial deseo pascual: que en todas las casas y en todos los corazones resuene el anuncio gozoso de la Resurrección de Cristo, para que haga renacer la esperanza.<br><br>En esta catequesis quiero mostrar la transformación que la Pascua de Jesús provocó en sus discípulos. Partimos de la tarde del día de la Resurrección. Los discípulos están encerrados en casa por miedo a los judíos (cf. Jn 20, 19). El miedo oprime el corazón e impide salir al encuentro de los demás, al encuentro de la vida. El Maestro ya no está. El recuerdo de su Pasión alimenta la incertidumbre. Pero Jesús ama a los suyos y está a punto de cumplir la promesa que había hecho durante la última Cena: «No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros» (Jn 14, 18) y esto lo dice también a nosotros, incluso en tiempos grises: «No os dejaré huérfanos». Esta situación de angustia de los discípulos cambia radicalmente con la llegada de Jesús. Entra a pesar de estar las puertas cerradas, está en medio de ellos y les da la paz que tranquiliza: «Paz a vosotros» (Jn 20, 19). Es un saludo común que, sin embargo, ahora adquiere un significado nuevo, porque produce un cambio interior; es el saludo pascual, que hace que los discípulos superen todo miedo. La paz que Jesús trae es el don de la salvación que él había prometido durante sus discursos de despedida: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14, 27). En este día de Resurrección, él la da en plenitud y esa paz se convierte para la comunidad en fuente de alegría, en certeza de victoria, en seguridad por apoyarse en Dios. También a nosotros nos dice: «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14, 1).<br><br>Después de este saludo, Jesús muestra a los discípulos las llagas de las manos y del costado (cf.Jn 20, 20), signos de lo que sucedió y que nunca se borrará: su humanidad gloriosa permanece «herida». Este gesto tiene como finalidad confirmar la nueva realidad de la Resurrección: el Cristo que ahora está entre los suyos es una persona real, el mismo Jesús que tres días antes fue clavado en la cruz. Y así, en la luz deslumbrante de la Pascua, en el encuentro con el Resucitado, los discípulos captan el sentido salvífico de su pasión y muerte. Entonces, de la tristeza y el miedo pasan a la alegría plena. La tristeza y las llagas mismas se convierten en fuente de alegría. La alegría que nace en su corazón deriva de «ver al Señor» (Jn 20, 20). Él les dice de nuevo: «Paz a vosotros» (v. 21). Ya es evidente que no se trata sólo de un saludo. Es un don, el don que el Resucitado quiere hacer a sus amigos, y al mismo tiempo es una consigna: esta paz, adquirida por Cristo con su sangre, es para ellos pero también para todos nosotros, y los discípulos deberán llevarla a todo el mundo. De hecho, añade: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (ib.). Jesús resucitado ha vuelto entre los discípulos para enviarlos. Él ya ha completado su obra en el mundo; ahora les toca a ellos sembrar en los corazones la fe para que el Padre, conocido y amado, reúna a todos sus hijos de la dispersión. Pero Jesús sabe que en los suyos hay aún mucho miedo, siempre. Por eso realiza el gesto de soplar sobre ellos y los regenera en su Espíritu (cf. Jn 20, 22); este gesto es el signo de la nueva creación. Con el don del Espíritu Santo que proviene de Cristo resucitado comienza de hecho un mundo nuevo. Con el envío de los discípulos en misión se inaugura el camino del pueblo de la nueva alianza en el mundo, pueblo que cree en él y en su obra de salvación, pueblo que testimonia la verdad de la resurrección. Esta novedad de una vida que no muere, traída por la Pascua, se debe difundir por doquier, para que las espinas del pecado que hieren el corazón del hombre dejen lugar a los brotes de la Gracia, de la presencia de Dios y de su amor que vencen al pecado y a la muerte.<br><br>Queridos amigos, también hoy el Resucitado entra en nuestras casas y en nuestros corazones, aunque a veces las puertas están cerradas. Entra donando alegría y paz, vida y esperanza, dones que necesitamos para nuestro renacimiento humano y espiritual. Sólo él puede correr aquellas piedras sepulcrales que el hombre a menudo pone sobre sus propios sentimientos, sobre sus propias relaciones, sobre sus propios comportamientos; piedras que sellan la muerte: divisiones, enemistades, rencores, envidias, desconfianzas, indiferencias. Sólo él, el Viviente, puede dar sentido a la existencia y hacer que reemprenda su camino el que está cansado y triste, el desconfiado y el que no tiene esperanza.<br><br>En conclusión, la experiencia de los discípulos nos invita a reflexionar sobre el sentido de la Pascua para nosotros. Dejémonos encontrar por Jesús resucitado. Él, vivo y verdadero, siempre está presente en medio de nosotros; camina con nosotros para guiar nuestra vida, para abrirnos los ojos. Confiemos en el Resucitado, que tiene el poder de dar la vida, de hacernos renacer como hijos de Dios, capaces de creer y de amar. La fe en él transforma nuestra vida: la libra del miedo, le da una firme esperanza, la hace animada por lo que da pleno sentido a la existencia, el amor de Dios. Gracias.</div></div><div class="sp-block sp-image-block " data-type="image" data-id="3" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style="max-width:700px;"><div class="sp-image-holder" style="background-image:url(https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23908699_1070x776_500.jpg);"  data-source="X78R5D/assets/images/23908699_1070x776_2500.jpg" data-fill="true"><img src="https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23908699_1070x776_500.jpg" class="fill" alt="" /><div class="sp-image-title"></div><div class="sp-image-caption"></div></div></div></div><div class="sp-block sp-button-block " data-type="button" data-id="4" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class="text-reset"><a class="sp-button" href="https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2012/documents/hf_ben-xvi_aud_20120411.html" target="_blank"  data-label="Audiencia General" data-color="@color1" style="background-color:@color1 !important;">Audiencia General</a></span></div></div><div class="sp-block sp-divider-block " data-type="divider" data-id="5" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-divider-holder"></div></div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="6" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>Evangelio</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="7" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 19-31</b></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="8" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:<br><br>«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».<br><br>Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:<br><br>«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».<br><br>Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo:<br><br>«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». <br><br>Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.</div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="9" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1" data-size="2em"><h2  style='font-size:2em;color:@color1;'><b>Palabra del Señor.</b></h2></span></div></div><div class="sp-block sp-social-block " data-type="social" data-id="10" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-social-holder" style="font-size:25px;margin-top:-5px;"  data-style="colors-outline" data-shape="square"><a class="facebook" href="https://www.facebook.com/diocesisdearecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-facebook"></i></a><a class="instagram" href="https://www.instagram.com/diocesisarecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-instagram"></i></a><a class="youtube" href="https://www.youtube.com/@Diocesis_Arecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-youtube"></i></a></div></div></div><div class="sp-block sp-subsplash_giving-block " data-type="subsplash_giving" data-id="11" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-subsplash-holder"><script id="subsplash-embed-11" type="text/javascript"> var target = document.getElementById("subsplash-embed-11"); var script = document.createElement("script"); script.type = "text/javascript"; script.onload = function() {   subsplashEmbed(     "u/-X78R5D/give?&embed=true",     "https://subsplash.com/",     "subsplash-embed-11"   ); }; script.src = "https://dashboard.static.subsplash.com/production/web-client/external/embed-1.1.0.js"; target.parentElement.insertBefore(script, target);</script></div></div></div></div></div></div></section>]]></content:encoded>
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			<title>La resurrección y la renovación del bautismo: Un llamado a la vida nueva</title>
						<description><![CDATA[Por P. Josué E. Colón Claudio “¡Cristo ha resucitado del sepulcro! Con su muerte ha vencido a la muerte y ha dado la vida a los mortales” (Tropo de Pascua).La Resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe y el centro de la celebración pascual. En este misterio santo y glorioso, la Iglesia encuentra la razón de su esperanza y la fuente de su vida sacramental. Entre los sacramentos, el Bauti...]]></description>
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			<pubDate>Sun, 05 Apr 2026 08:00:00 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<section class="sp-section sp-scheme-0" data-index="5" data-scheme="0"><div class="sp-section-slide"  data-label="Main" ><div class="sp-section-content" ><div class="sp-grid sp-col sp-col-24"><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="0" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'><b>La Resurrección y la Renovación del Bautismo: &nbsp;Un Llamado a la Vida Nueva</b></h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="1" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Por P. Josué E. Colón Claudio</b></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="2" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style=""><i>“¡Cristo ha resucitado del sepulcro! Con su muerte ha vencido a la muerte y ha dado la vida a los mortales”</i> (Tropo de Pascua).<br><br>La Resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe y el centro de la celebración pascual. En este misterio santo y glorioso, la Iglesia encuentra la razón de su esperanza y la fuente de su vida sacramental. Entre los sacramentos, el Bautismo ocupa un lugar privilegiado, pues es el signo visible de nuestra incorporación a la Pascua de Cristo.<br><br>San Pablo nos recuerda con mucha claridad que “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana es nuestra fe” (1Cor 15,14). La Resurrección de Jesucristo no es solo un hecho histórico, sino una realidad viva y operante que transforma la existencia de quienes creen en él. Su victoria sobre la muerte inaugura un nuevo tiempo de gracia en el que la humanidad, redimida del pecado, es llamada a una vida nueva.<br><br>Durante la Pascua, la Iglesia proclama con gozo esta verdad fundamental: Cristo ha resucitado y su luz ilumina a toda la humanidad. La liturgia pascual nos introduce en esta experiencia, permitiéndonos renovar y actualizar, en cada celebración, el paso de la muerte a la vida.<br><br>El Bautismo es el sacramento que nos sumerge en la muerte y Resurrección de Cristo. San Pablo lo expresa de manera contundente: <i>“Por el Bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva”</i> (Rom 6,4).<br><br>Ser bautizado, entonces, significa morir al pecado y resucitar a la gracia. Es un nuevo nacimiento que nos hace hijos de Dios, nos une a Cristo, nos limpia del pecado original, nos infunde la gracia santificante y nos hace miembros de la Iglesia. Sin embargo, este don, que no tiene precio ni medida, necesita ser acogido y vivido con fidelidad, lo que implica de nuestra parte un compromiso diario de conversión y santidad.<br><br>En la Vigilia Pascual, los cristianos renuevan solemnemente sus promesas bautismales, rechazando el pecado y proclamando su fe en Dios. Este acto no es un simple recordatorio, sino una reafirmación del compromiso de vivir los mandamientos de Dios, las enseñanzas de Jesús en el Evangelio y de abrazar la gracia.<br><br>San Pablo VI, en el radiomensaje al IV Congreso Eucarístico Nacional de Ecuador, afirmaba que la Eucaristía es “el manantial más fecundo del que fluyen la inspiración y la fuerza para el cumplimiento del deber cristiano”. Por esa razón, en la participación frecuente de los sacramentos es donde encontramos la gracia para ser fieles a nuestra vocación bautismal.<br><br>Cada celebración litúrgica es un verdadero encuentro con el Señor Resucitado, en el que participamos de su presencia viva. En la Eucaristía, el sacrificio redentor de Cristo se hace presente, renovando en cada Santa Misa la promesa de vida nueva en la resurrección. Como “fuente y cumbre de toda la evangelización” (Presbyterorum Ordinis, 5), la Eucaristía nos introduce en el misterio pascual y nos fortalece en nuestra vida de fe.<br><br>Durante la Pascua, el cirio pascual ilumina nuestros templos, recordándonos que Cristo es la luz del mundo. En este tiempo especial, la Iglesia nos invita a profundizar en nuestra identidad bautismal y a renovar nuestro compromiso con la vida nueva en Cristo. Por eso, la liturgia pascual es un tiempo privilegiado para profundizar en el misterio de la Resurrección y su impacto en nuestra vida cristiana. Como signo de esta renovación, la Iglesia invita a los sacerdotes a realizar, especialmente durante los domingos de Pascua, la aspersión con agua bendita como un memorial del Bautismo, un rito que nos llama a reflexionar sobre nuestra vida cristiana y nuestro compromiso con la fe.<br><br>Vivir la Resurrección significa ser testigos del amor de Dios en el mundo. La renovación del Bautismo nos impulsa a vivir con coherencia nuestra fe, promoviendo la justicia, la paz y la caridad. Como cristianos, somos llamados a ser sal y luz, transformando nuestra realidad según los valores del Evangelio.<br><br>San Juan Pablo II nos exhortaba a cultivar una vida cristiana auténtica en todos los ámbitos: personal, familiar y social. Ser cristiano no es solo recibir un sacramento, sino asumir una misión: anunciar a Cristo con nuestra vida.<br><br>La Resurrección de Cristo y la renovación del Bautismo son dos realidades inseparables que nos invitan a vivir en la gracia y la esperanza. Cada Pascua, la Iglesia nos llama a recordar nuestro Bautismo y a renovar nuestro compromiso de seguir a Cristo.<br><br>Que la Virgen María, Madre del Resucitado, nos ayude a ser fieles a nuestra vocación bautismal y a reflejar en el mundo la alegría de la Pascua.<br><br>¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Aleluya.</div></div><div class="sp-block sp-divider-block " data-type="divider" data-id="3" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-divider-holder"></div></div></div><div class="sp-block sp-image-block " data-type="image" data-id="4" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-image-holder" style="background-image:url(https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23783761_2249x1500_500.jpeg);"  data-source="X78R5D/assets/images/23783761_2249x1500_2500.jpeg" data-fill="true"><img src="https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23783761_2249x1500_500.jpeg" class="fill" alt="" /><div class="sp-image-title"></div><div class="sp-image-caption"></div></div></div></div></div></div></div></section>]]></content:encoded>
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			<title>La Diócesis de Arecibo celebra la Misa Crismal</title>
						<description><![CDATA[El pasado Martes Santo, 31 de marzo, la Diócesis de Arecibo se congregó en el Santuario Diocesano Virgen del Perpetuo Socorro, en Quebradillas, para la solemne celebración de la Misa Crismal, presidida por nuestro obispo, Mons. Alberto A. Figueroa Morales, en torno a quien se reunió el Pueblo de Dios como signo visible de comunión, unidad y vida eclesial.Fieles laicos, sacerdotes, diáconos, semina...]]></description>
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			<pubDate>Wed, 01 Apr 2026 15:38:17 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<section class="sp-section sp-scheme-0" data-index="16" data-scheme="0"><div class="sp-section-slide"  data-label="Main" ><div class="sp-section-content" ><div class="sp-grid sp-col sp-col-24"><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="0" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>La Diócesis de Arecibo celebra la Misa Crismal&nbsp;</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-image-block " data-type="image" data-id="1" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-image-holder" style="background-image:url(https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23784133_1440x962_500.jpg);"  data-source="X78R5D/assets/images/23784133_1440x962_2500.jpg" data-fill="true"><img src="https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23784133_1440x962_500.jpg" class="fill" alt="" /><div class="sp-image-title"></div><div class="sp-image-caption"></div></div></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="2" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">El pasado Martes Santo, 31 de marzo, la Diócesis de Arecibo se congregó en el Santuario Diocesano Virgen del Perpetuo Socorro, en Quebradillas, para la solemne celebración de la Misa Crismal, presidida por nuestro obispo, Mons. Alberto A. Figueroa Morales, en torno a quien se reunió el Pueblo de Dios como signo visible de comunión, unidad y vida eclesial.<br><br>Fieles laicos, sacerdotes, diáconos, seminaristas y religiosas se dieron cita en esta celebración, una de las más significativas del año litúrgico, manifestando la unidad de la Iglesia particular de Arecibo en torno a su pastor. La presencia del presbiterio diocesano, reunido junto a su obispo para renovar sus promesas sacerdotales, ofreció uno de los signos más elocuentes de esta Misa, que expresa de manera singular la comunión sacramental y pastoral de la diócesis.</div></div><div class="sp-block sp-image-block " data-type="image" data-id="3" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style="max-width:500px;"><div class="sp-image-holder" style="background-image:url(https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23784157_1440x962_500.jpg);"  data-source="X78R5D/assets/images/23784157_1440x962_2500.jpg" data-fill="true"><img src="https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23784157_1440x962_500.jpg" class="fill" alt="" /><div class="sp-image-title"></div><div class="sp-image-caption"></div></div></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="4" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style="">Se destacó además la presencia numerosa de la Pastoral Juvenil Diocesana, cuyos miembros participaron de manera especial en la liturgia. Los jóvenes ofrecieron flores a la Santísima Virgen como gesto de amor filial y, al concluir la celebración, fueron enviados a sus respectivas parroquias y comunidades para animar las Pascuas Juveniles, asumiendo con entusiasmo su misión evangelizadora en estos días santos.<br><br>Participó también en la celebración Mons. Enrique Hernández Rivera, obispo emérito de Caguas, así como numerosos sacerdotes y fieles venidos de distintos pueblos de la diócesis. Bajo el amparo maternal de la Virgen del Perpetuo Socorro, en su casa santuario, la Iglesia diocesana vivió una verdadera manifestación de fe, oración y esperanza.<br><br>En su homilía, Mons. Alberto Figueroa Morales reflexionó sobre la dignidad y exigencia de la unción sacerdotal, partiendo de la expresión: “El Señor me ha ungido”. El obispo destacó que el sacerdote ha sido ungido en sus manos para el servicio y el trabajo apostólico, subrayando que esa unción no puede reducirse únicamente al ámbito cultual. “Hemos sido ungidos en las manos para trabajar”, afirmó, señalando que este signo expresa la entrega concreta del presbítero a Dios y a su pueblo.</div></div><div class="sp-block sp-image-block " data-type="image" data-id="5" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style="max-width:300px;"><div class="sp-image-holder" style="background-image:url(https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23784267_962x1440_500.jpg);"  data-source="X78R5D/assets/images/23784267_962x1440_2500.jpg"><img src="https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23784267_962x1440_500.jpg" class="fill" alt="" /><div class="sp-image-title"></div><div class="sp-image-caption"></div></div></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="6" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style="">Asimismo, exhortó a los sacerdotes a vivir con fidelidad y hondura sus promesas sacerdotales, recordando que estas resumen de manera concreta los deberes del ministro ordenado. “Nuestras promesas son un compendio de espiritualidad sacerdotal”, expresó. También insistió en que los fieles tienen derecho a recibir una liturgia celebrada con piedad, fidelidad y conforme a las normas de la Iglesia: “Los fieles tienen derecho a recibir de nosotros oportunamente los sacramentos, según las normas establecidas por la Iglesia y contenidas en los libros litúrgicos”.<br><br>El prelado advirtió igualmente sobre los dos extremos que amenazan la vida litúrgica y pastoral: “El presbítero cuando celebra deberá evitar los dos precipicios donde tantos se despeñan: el rigorismo y la superficialidad”. De igual forma, recordó que el ministerio sacerdotal debe brotar de una auténtica vida interior: “Los fieles pueden reclamar de nosotros que seamos hombres de oración, no solo litúrgica, sino personal”.<br><br>En otro momento significativo de la homilía, Mons. Figueroa Morales invitó a toda la Iglesia diocesana a abrazar una verdadera renovación espiritual, evocando la necesidad de una fe coherente y encarnada. “Cumplir nuestras promesas es ser un revolucionario”, afirmó, aludiendo a la llamada a vivir con radicalidad evangélica y fidelidad a la vocación recibida. Finalmente, propuso a la Santísima Virgen María como modelo perfecto de obediencia, recordando que ella supo cumplir plenamente la voluntad de Dios.</div></div><div class="sp-block sp-image-block " data-type="image" data-id="7" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style="max-width:500px;"><div class="sp-image-holder" style="background-image:url(https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23784208_1440x962_500.jpg);"  data-source="X78R5D/assets/images/23784208_1440x962_2500.jpg" data-fill="true"><img src="https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23784208_1440x962_500.jpg" class="fill" alt="" /><div class="sp-image-title"></div><div class="sp-image-caption"></div></div></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="8" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style="">Luego de la homilía tuvo lugar la renovación de las promesas sacerdotales, momento en el que los presbíteros, de pie ante su obispo, reafirmaron su compromiso de unión con Cristo y de servicio fiel a la Iglesia. Este rito, profundamente conmovedor, puso de relieve la estrecha comunión del presbiterio con Mons. Alberto Figueroa Morales, pastor de la diócesis.<br><br>Durante la celebración, el obispo bendijo el óleo de los enfermos, destinado al alivio y consuelo de quienes padecen enfermedad o fragilidad; luego bendijo el óleo de los catecúmenos, con el que serán fortalecidos aquellos que se preparan para recibir el Bautismo; y finalmente consagró el Santo Crisma, que será utilizado en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y el Orden, así como en la dedicación de altares e iglesias. Con ello, la diócesis recibió los signos sacramentales que acompañarán su vida litúrgica a lo largo del año.</div></div><div class="sp-block sp-image-block " data-type="image" data-id="9" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style="max-width:500px;"><div class="sp-image-holder" style="background-image:url(https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23784183_1440x962_500.jpg);"  data-source="X78R5D/assets/images/23784183_1440x962_2500.jpg" data-fill="true"><img src="https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23784183_1440x962_500.jpg" class="fill" alt="" /><div class="sp-image-title"></div><div class="sp-image-caption"></div></div></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="10" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">Al finalizar la celebración eucarística, se realizó un acto mariano, en el que el obispo encomendó a toda la Diócesis de Arecibo a la intercesión de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia, patrona de Puerto Rico. En un ambiente de profunda devoción, el obispo puso bajo su amparo maternal a los sacerdotes, a los jóvenes, a las familias y a todo el Pueblo santo de Dios.<br><br>De este modo, la Iglesia particular de Arecibo, reunida en torno a su pastor, renovó su identidad como pueblo ungido y enviado, llamado a servir con fidelidad y a caminar, con renovada esperanza, hacia la Pascua del Señor.<b><br><br>Fotos: Rafy Colón González</b></div></div><div class="sp-block sp-image-block " data-type="image" data-id="11" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style="max-width:500px;"><div class="sp-image-holder" style="background-image:url(https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23784188_1440x962_500.jpg);"  data-source="X78R5D/assets/images/23784188_1440x962_2500.jpg" data-fill="true"><img src="https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23784188_1440x962_500.jpg" class="fill" alt="" /><div class="sp-image-title"></div><div class="sp-image-caption"></div></div></div></div><div class="sp-block sp-button-block " data-type="button" data-id="12" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class="text-reset"><a class="sp-button" href="https://www.facebook.com/share/p/1JXS5BXb2n/" target="_self"  data-label="Fotos" data-color="@color1" style="background-color:@color1 !important;">Fotos</a></span></div></div><div class="sp-block sp-divider-block " data-type="divider" data-id="13" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-divider-holder"></div></div></div><div class="sp-block sp-social-block " data-type="social" data-id="14" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-social-holder" style="font-size:25px;margin-top:-5px;"  data-style="colors-outline" data-shape="square"><a class="facebook" href="https://www.facebook.com/diocesisdearecibo/" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-facebook"></i></a><a class="instagram" href="https://www.instagram.com/diocesisarecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-instagram"></i></a><a class="youtube" href="https://www.youtube.com/@Diocesis_Arecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-youtube"></i></a></div></div></div><div class="sp-block sp-subsplash_giving-block " data-type="subsplash_giving" data-id="15" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-subsplash-holder"><script id="subsplash-embed-15" type="text/javascript"> var target = document.getElementById("subsplash-embed-15"); var script = document.createElement("script"); script.type = "text/javascript"; script.onload = function() {   subsplashEmbed(     "u/-X78R5D/give?&embed=true",     "https://subsplash.com/",     "subsplash-embed-15"   ); }; script.src = "https://dashboard.static.subsplash.com/production/web-client/external/embed-1.1.0.js"; target.parentElement.insertBefore(script, target);</script></div></div></div></div></div></div></section>]]></content:encoded>
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			<title>Sólo Cristo puede elevarnos a la altura de Dios</title>
						<description><![CDATA[Homilía - Domingo de RamosPapa Benedicto XVI (17-04-2011) Como cada año, en el Domingo de Ramos, nos conmueve subir junto a Jesús al monte, al santuario, acompañarlo en su acenso. En este día, por toda la faz de la tierra y a través de todos los siglos, jóvenes y gente de todas las edades lo aclaman gritando: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».Pero, ¿qué hacemo...]]></description>
			<link>https://diocesisdearecibo.org/blog/2026/03/28/solo-cristo-puede-elevarnos-a-la-altura-de-dios</link>
			<pubDate>Sat, 28 Mar 2026 09:00:00 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<section class="sp-section sp-scheme-0" data-index="12" data-scheme="0"><div class="sp-section-slide"  data-label="Main" ><div class="sp-section-content" ><div class="sp-grid sp-col sp-col-24"><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="0" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>Sólo Cristo puede elevarnos a la altura de Dios</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="1" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Homilía - Domingo de Ramos</b><br><b>Papa Benedicto XVI (17-04-2011)<br></b></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="2" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">Como cada año, en el Domingo de Ramos, nos conmueve subir junto a Jesús al monte, al santuario, acompañarlo en su acenso. En este día, por toda la faz de la tierra y a través de todos los siglos, jóvenes y gente de todas las edades lo aclaman gritando: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».<br><br>Pero, ¿qué hacemos realmente cuando nos unimos a la procesión, al cortejo de aquellos que junto con Jesús subían a Jerusalén y lo aclamaban como rey de Israel? ¿Es algo más que una ceremonia, que una bella tradición? ¿Tiene quizás algo que ver con la verdadera realidad de nuestra vida, de nuestro mundo? Para encontrar la respuesta, debemos clarificar ante todo qué es lo que en realidad ha querido y ha hecho Jesús mismo. Tras la profesión de fe, que Pedro había realizado en Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la Tierra Santa, Jesús se había dirigido como peregrino hacia Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Es un camino hacia el templo en la Ciudad Santa, hacia aquel lugar que aseguraba de modo particular a Israel la cercanía de Dios a su pueblo. Es un camino hacia la fiesta común de la Pascua, memorial de la liberación de Egipto y signo de la esperanza en la liberación definitiva. Él sabe que le espera una nueva Pascua, y que él mismo ocupará el lugar de los corderos inmolados, ofreciéndose así mismo en la cruz. Sabe que, en los dones misteriosos del pan y del vino, se entregará para siempre a los suyos, les abrirá la puerta hacia un nuevo camino de liberación, hacia la comunión con el Dios vivo. Es un camino hacia la altura de la Cruz, hacia el momento del amor que se entrega. El fin último de su peregrinación es la altura de Dios mismo, a la cual él quiere elevar al ser humano.<br><br>Nuestra procesión de hoy por tanto quiere ser imagen de algo más profundo, imagen del hecho que, junto con Jesús, comenzamos la peregrinación: por el camino elevado hacia el Dios vivo. Se trata de esta subida. Es el camino al que Jesús nos invita. Pero, ¿cómo podemos mantener el paso en esta subida? ¿No sobrepasa quizás nuestras fuerzas? Sí, está por encima de nuestras posibilidades. Desde siempre los hombres están llenos – y hoy más que nunca – del deseo de «ser como Dios», de alcanzar esa misma altura de Dios. En todos los descubrimientos del espíritu humano se busca en último término obtener alas, para poderse elevar a la altura del Ser, para ser independiente, totalmente libre, como lo es Dios. Son tantas las cosas que ha podido llevar a cabo la humanidad: tenemos la capacidad de volar. Podemos vernos, escucharnos y hablar de un extremo al otro del mundo. Sin embargo, la fuerza de gravedad que nos tira hacía abajo es poderosa. Junto con nuestras capacidades, no ha crecido solamente el bien. También han aumentado las posibilidades del mal que se presentan como tempestades amenazadoras sobre la historia. También permanecen nuestros límites: basta pensar en las catástrofes que en estos meses han afligido y siguen afligiendo a la humanidad.<br><br>Los Santos Padres han dicho que el hombre se encuentra en el punto de intersección entre dos campos de gravedad. Ante todo, está la fuerza que le atrae hacia abajo – hacía el egoísmo, hacia la mentira y hacia el mal; la gravedad que nos abaja y nos aleja de la altura de Dios. Por otro lado, está la fuerza de gravedad del amor de Dios: el ser amados de Dios y la respuesta de nuestro amor que nos atrae hacia lo alto. El hombre se encuentra en medio de esta doble fuerza de gravedad, y todo depende del poder escapar del campo de gravedad del mal y ser libres de dejarse atraer totalmente por la fuerza de gravedad de Dios, que nos hace auténticos, nos eleva, nos da la verdadera libertad.<br><br>Tras la Liturgia de la Palabra, al inicio de la Plegaría eucarística durante la cual el Señor entra en medio de nosotros, la Iglesia nos dirige la invitación: «Sursum corda – levantemos el corazón». Según la concepción bíblica y la visión de los Santos Padres, el corazón es ese centro del hombre en el que se unen el intelecto, la voluntad y el sentimiento, el cuerpo y el alma. Ese centro en el que el espíritu se hace cuerpo y el cuerpo se hace espíritu; en el que voluntad, sentimiento e intelecto se unen en el conocimiento de Dios y en el amor por Él. Este «corazón» debe ser elevado. Pero repito: nosotros solos somos demasiado débiles para elevar nuestro corazón hasta la altura de Dios. No somos capaces. Precisamente la soberbia de querer hacerlo solos nos derrumba y nos aleja de Dios. Dios mismo debe elevarnos, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz. Él ha descendido hasta la extrema bajeza de la existencia humana, para elevarnos hacia Él, hacia el Dios vivo. Se ha hecho humilde, dice hoy la segunda lectura. Solamente así nuestra soberbia podía ser superada: la humildad de Dios es la forma extrema de su amor, y este amor humilde atrae hacia lo alto.<br><br>El salmo procesional 23, que la Iglesia nos propone como «canto de subida» para la liturgia de hoy, indica algunos elementos concretos que forman parte de nuestra subida, y sin los cuales no podemos ser levantados: las manos inocentes, el corazón puro, el rechazo de la mentira, la búsqueda del rostro de Dios. Las grandes conquistas de la técnica nos hacen libres y son elementos del progreso de la humanidad sólo si están unidas a estas actitudes; si nuestras manos se hacen inocentes y nuestro corazón puro; si estamos en busca de la verdad, en busca de Dios mismo, y nos dejamos tocar e interpelar por su amor. Todos estos elementos de la subida son eficaces sólo si reconocemos humildemente que debemos ser atraídos hacia lo alto; si abandonamos la soberbia de querer hacernos Dios a nosotros mismos. Le necesitamos. Él nos atrae hacia lo alto, sosteniéndonos en sus manos –es decir, en la fe– nos da la justa orientación y la fuerza interior que nos eleva. Tenemos necesidad de la humildad de la fe que busca el rostro de Dios y se confía a la verdad de su amor.<br><br>La cuestión de cómo el hombre pueda llegar a lo alto, ser totalmente él mismo y verdaderamente semejante a Dios, ha cuestionado siempre a la humanidad. Ha sido discutida apasionadamente por los filósofos platónicos del tercer y cuarto siglo. Su pregunta central era cómo encontrar medios de purificación, mediante los cuales el hombre pudiese liberarse del grave peso que lo abaja y poder ascender a la altura de su verdadero ser, a la altura de su divinidad. San Agustín, en su búsqueda del camino recto, buscó por algún tiempo apoyo en aquellas filosofías. Pero, al final, tuvo que reconocer que su respuesta no era suficiente, que con sus métodos no habría alcanzado realmente a Dios. Dijo a sus representantes: «reconoced por tanto que la fuerza del hombre y de todas sus purificaciones no bastan para llevarlo realmente a la altura de lo divino, a la altura adecuada». Y dijo que habría perdido la esperanza en sí mismo y en la existencia humana, si no hubiese encontrado a Aquel que hace aquello que nosotros mismos no podemos hacer; Aquel que nos eleva a la altura de Dios, a pesar de nuestra miseria: Jesucristo que, desde Dios, ha bajado hasta nosotros, y en su amor crucificado, nos toma de la mano y nos lleva hacia lo alto.<br><br>Subimos con el Señor en peregrinación. Buscamos el corazón puro y las manos inocentes, buscamos la verdad, buscamos el rostro de Dios. Manifestemos al Señor nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ¡Llévanos Tú hacia lo alto! ¡Haznos puros! Haz que nos sirva la Palabra que cantamos con el Salmo procesional, es decir que podamos pertenecer a la generación que busca a Dios, «que busca tu rostro, Dios de Jacob» (Sal 23, 6). Amén.</div></div><div class="sp-block sp-image-block " data-type="image" data-id="3" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-image-holder" style="background-image:url(https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23718515_900x504_500.jpg);"  data-source="X78R5D/assets/images/23718515_900x504_2500.jpg"><img src="https://storage1.snappages.site/X78R5D/assets/images/23718515_900x504_500.jpg" class="fill" alt="" /><div class="sp-image-title"></div><div class="sp-image-caption"></div></div></div></div><div class="sp-block sp-button-block " data-type="button" data-id="4" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class="text-reset"><a class="sp-button" href="https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2011/documents/hf_ben-xvi_hom_20110417_palm-sunday.html" target="_blank"  data-label="Homilía" data-color="@color1" style="background-color:@color1 !important;">Homilía</a></span></div></div><div class="sp-block sp-divider-block " data-type="divider" data-id="5" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-divider-holder"></div></div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="6" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>Evangelio</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="7" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Lectura del santo Evangelio según san Mateo 21, 1-11</b></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="8" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: <br><br>«Decid a la hija de Sion: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”».<br><br>Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba:<br><br>«¡“Hosanna” al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡“Hosanna” en las alturas!». Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién es este?». La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».</div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="9" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1" data-size="2em"><h2  style='font-size:2em;color:@color1;'><b>Palabra del Señor.</b></h2></span></div></div><div class="sp-block sp-social-block " data-type="social" data-id="10" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-social-holder" style="font-size:25px;margin-top:-5px;"  data-style="colors-outline" data-shape="square"><a class="facebook" href="https://www.facebook.com/diocesisdearecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-facebook"></i></a><a class="instagram" href="https://www.instagram.com/diocesisarecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-instagram"></i></a><a class="youtube" href="https://www.youtube.com/@Diocesis_Arecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-youtube"></i></a></div></div></div><div class="sp-block sp-subsplash_giving-block " data-type="subsplash_giving" data-id="11" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-subsplash-holder"><script id="subsplash-embed-11" type="text/javascript"> var target = document.getElementById("subsplash-embed-11"); var script = document.createElement("script"); script.type = "text/javascript"; script.onload = function() {   subsplashEmbed(     "u/-X78R5D/give?&embed=true",     "https://subsplash.com/",     "subsplash-embed-11"   ); }; script.src = "https://dashboard.static.subsplash.com/production/web-client/external/embed-1.1.0.js"; target.parentElement.insertBefore(script, target);</script></div></div></div></div></div></div></section>]]></content:encoded>
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			<title>Cor ad cor loquitur (El corazón habla al corazón)</title>
						<description><![CDATA[La Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española ha publicado una nueva nota doctrinal dedicada a reflexionar sobre el papel de las emociones en el acto de fe. Bajo el título Cor ad cor loquitur —“el corazón habla al corazón”, lema cardenalicio de san Juan Enrique Newman—, el documento subraya que la vida espiritual implica a la persona en todas sus dimensiones: afectiva,...]]></description>
			<link>https://diocesisdearecibo.org/blog/2026/03/18/cor-ad-cor-loquitur-el-corazon-habla-al-corazon</link>
			<pubDate>Wed, 18 Mar 2026 11:01:52 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<section class="sp-section sp-scheme-0" data-index="9" data-scheme="0"><div class="sp-section-slide"  data-label="Main" ><div class="sp-section-content" ><div class="sp-grid sp-col sp-col-24"><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="0" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>Nota doctrinal sobre el papel de las emociones en el acto de fe por la Conferencia Episcopal Española</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="1" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">La Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española ha publicado una nueva nota doctrinal dedicada a reflexionar sobre el papel de las emociones en el acto de fe. Bajo el título Cor ad cor loquitur —“el corazón habla al corazón”, lema cardenalicio de san Juan Enrique Newman—, el documento subraya que la vida espiritual implica a la persona en todas sus dimensiones: afectiva, intelectual y volitiva.<br><br>La propia Conferencia Episcopal introduce así esta nota doctrinal:<br><br>“Esta reflexión está motivada por los diversos signos de un «renacer de la fe cristiana» en la sociedad, así como el surgimiento de «diversas iniciativas de primer anuncio» suscitadas por el Espíritu Santo y que facilitan el encuentro con Cristo. La Iglesia valora su «creatividad» y reconoce «una llamada que anima a recuperar la importancia de los sentimientos y a integrarlos, sin menoscabo de la razón, en la vida cristiana». De esta forma, los obispos de esta Comisión ofrecen esta nota doctrinal para «ayudar al discernimiento y acompañar en la maduración de estas experiencias apostólicas para que puedan crecer y prestar un mejor servicio a tantas personas que se acercan a la Iglesia».”</div></div><div class="sp-block sp-button-block " data-type="button" data-id="2" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class="text-reset"><a class="sp-button" href="https://www.conferenciaepiscopal.es/nota-doctrinal-papel-emociones-fe/" target="_blank"  data-label="Enlace" data-color="@color1" style="background-color:@color1 !important;">Enlace</a></span></div></div><div class="sp-block sp-divider-block " data-type="divider" data-id="3" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-divider-holder"></div></div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="4" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>Texto completo</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="5" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Cor ad cor loquitur (El corazón habla al corazón)</b></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="6" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>1.</b> Cor ad cor loquitur fue el lema cardenalicio escogido por el recién declarado doctor de la Iglesia, san Juan Enrique Newman, inspirándose en san Francisco de Sales, quien definía la vida espiritual como un encuentro con Dios “de corazón a corazón”[1], un movimiento del corazón de Dios al corazón del hombre y, a la inversa, del corazón del hombre al corazón de Dios; un intercambio incesante que afecta a la persona en el conjunto de sus dimensiones: afectiva, intelectual y volitiva[2]. El mismo Jesús, cuando le preguntan por el mandamiento principal de la Ley, dice: «Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Mt 22,37). La fe implica a toda la existencia humana, pues es la entrega del hombre “entero” a Dios como respuesta obediente y libre a la revelación (Rom 1,5; 16,26)[3]. Es Dios el que toma la iniciativa de salir al encuentro del hombre, y adelanta su gracia para que, con el auxilio interior del Espíritu Santo, el corazón del ser humano se oriente y se dirija hacia Dios, permitiéndole entrar en comunión íntima con él[4]. Junto a los aspectos fiduciales (confianza en Dios) se dan en la fe elementos cognoscitivos (adhesión a Dios, confesión de fe) y también emociones y sentimientos (gozo espiritual, amor o paz, entre otros).<br><br><b>2.</b> Los obispos de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española ofrecemos estas reflexiones acerca de la integralidad de la experiencia de fe, que es fruto del encuentro con el auténtico rostro de Jesucristo encarnado: «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre» (Credo niceno-constantinopolitano).<br><br><b>Motivación pastoral de esta reflexión<br>3.</b> En los últimos años se aprecian signos que indican un renacer de la fe cristiana, especialmente entre los jóvenes españoles de la llamada “generación Z”, aquellos nativos digitales nacidos entre mediados de los 90 y la primera década del año 2000. La Iglesia valora la creatividad de las diversas iniciativas de primer anuncio que el Espíritu Santo ha suscitado en muchos movimientos y asociaciones eclesiales para facilitar a tantas personas el encuentro con Cristo o la revitalización de su fe. Estos nuevos métodos o herramientas de evangelización representan un soplo de aire fresco para la Iglesia, que, como Madre, vuelve una y otra vez a «ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud»[5].<br><br><i>"La Iglesia valora la creatividad de las diversas iniciativas de primer anuncio que el Espíritu Santo ha suscitado en muchos movimientos y asociaciones eclesiales para facilitar a tantas personas el encuentro con Cristo o la revitalización de su fe."</i><br><br><b>4.</b> En todos estos métodos, en mayor o menor grado, tienen un peso importante las emociones y los sentimientos, que provocan un primer “impacto” en la persona y conducen a la conversión y a la adhesión a Cristo. A ello le ha de seguir la configuración de la vida de los cristianos con el Señor, el discipulado en la Iglesia y al apostolado como testigos de Cristo muerto y resucitado en medio del mundo. Sin embargo, no son pocos, incluso entre los promotores de estas experiencias, que han advertido del riesgo de un reduccionismo “emotivista” de la fe, que lleva a muchas personas a convertirse en consumidoras de experiencias de impacto y buscadoras insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual. El anuncio de Cristo no busca de modo directo provocar sentimientos, sino testimoniar un acontecimiento que ha transformado la historia y es capaz de transformar la existencia de todo ser humano ocupando el centro de su vida: que «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Este es el gran impacto que renueva la mente y el pensamiento, amplía el horizonte de la libertad, ofrece un nuevo sentido a la vida y, en función de ello, da una nueva consistencia al obrar de las personas.<br><br><b>5.</b> En determinados momentos de la historia de la Iglesia la balanza se ha inclinado hacia el asentimiento intelectual a unas verdades reveladas o al compromiso y a la acción, con incidencia en la vida espiritual de los fieles, la reflexión teológica, la catequesis o el apostolado. En nuestros días, en cambio, la experiencia de fe se centra en el universo emocional y sentimental de la persona, lo que podría interpretarse como uno de los “signos de los tiempos” o una llamada que anima a recuperar la importancia de los sentimientos y a integrarlos, sin menoscabo de la razón, en la vida cristiana. Al mismo tiempo, advertimos la necesidad de regular y discernir las emociones porque pueden ser un obstáculo para el crecimiento espiritual.<br><br><b>6.</b> Valorando positivamente todo lo que de bueno están aportando estos métodos de primer anuncio en el contexto de una sociedad fuertemente secularizada, los obispos de esta Comisión, como pastores del pueblo de Dios, ofrecemos esta Nota con el fin de ayudar al discernimiento y acompañar en la maduración de estas experiencias apostólicas para que puedan crecer y prestar un mejor servicio a tantas personas que se acercan a la Iglesia —como la mujer samaritana— buscando «un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14).<br><br><b>Creer con el corazón<br>a) La absolutización de lo emotivo en la postmodernidad</b><br><br><b>7.</b> Expertos y analistas de nuestro tiempo vienen advirtiendo que en la llamada cultura postmoderna se ha producido una absolutización de la afectividad, reduciéndola a los sentimientos y a las emociones, e incluso se ha llegado a sostener su irracionalidad, lo que ha sido denominado como “emotivismo”[6], es decir, la reducción de la afectividad a la emoción. El hombre postmoderno rechaza el objetivismo racionalista para convertirse en un sujeto emotivo, que pasa del “pienso luego existo” al “siento luego existo”, del “logos” a la “emoción”. Pero los sentimientos y las emociones, si bien son parte del mundo afectivo, no son capaces de abarcarlo en su totalidad.<br><br><b>8.</b> El hombre “emotivista” se experimenta fragmentado, porque las emociones por sí mismas son inconexas y no le pueden ofrecer una visión holística de la realidad. Se percibe desorientado, porque se deja arrastrar por las emociones a cada momento sin ningún horizonte y se identifica con ellas[7]; y vive en la inmediatez y la inconstancia absolutizando el instante (en tanto que perdura la emoción). Aplicado a la vida espiritual, el “emotivista religioso” hace depender la fe de la intensidad de la emoción, reduciéndola a la medida del sentimiento[8] y a lo placentera que pueda resultar, lo que se refuerza cuando se trata de experiencias compartidas. Es importante no confundir estas vivencias con el arrobamiento místico o la experiencia del gozo espiritual que acompaña en los santos la revelación privada. Ya en el año 2003 la Conferencia Episcopal Española advertía en el Directorio de pastoral familiar de la Iglesia en España de que «esta concepción (meramente “emotivista”) debilita profundamente la capacidad del hombre para construir su propia existencia, porque otorga la dirección de su vida al estado de ánimo del momento, y se vuelve incapaz de dar razón del mismo. Este primado operativo del impulso emocional en el interior del hombre, sin otra dirección que su misma intensidad, trae consigo un profundo temor al futuro y a todo compromiso perdurable»[9].<br><br><i>"Resulta determinante encontrar un equilibrio dentro de la vida espiritual entre los aspectos intelectivos, volitivos y sentimentales. Los sentimientos no pueden desligarse ni de la verdad ni del bien."</i><br><br><b>9.</b> Conviene tener presente que las emociones y los sentimientos tienen un papel importante en la vida humana y espiritual. El cuerpo humano y las emociones son partes integrales de la vida psíquica y espiritual del ser humano. Las emociones no pueden ignorarse ni trivializarse porque son intrínsecas a nuestra existencia. Ahora bien, resulta determinante encontrar un equilibrio dentro de la vida espiritual entre los aspectos intelectivos, volitivos y sentimentales. Los sentimientos no pueden desligarse ni de la verdad ni del bien. A este respecto, el papa Francisco afirmaba en la encíclica Lumen fidei (2013):<br><br>La fe sin verdad no salva, no da seguridad a nuestros pasos. Se queda en una bella fábula, proyección de nuestros deseos de felicidad, algo que nos satisface únicamente en la medida en que queramos hacernos una ilusión. O bien se reduce a un sentimiento hermoso, que consuela y entusiasma, pero dependiendo de los cambios en nuestro estado de ánimo o de la situación de los tiempos, e incapaz de dar continuidad al camino de la vida[10].<br><br><b>10.</b> Por otra parte, el “emotivista” resulta más fácilmente manipulable. Muchos discursos sociales y políticos actuales apelan con frecuencia a las emociones (miedo, esperanza, indignación) con el fin de generar determinados comportamientos y adhesiones. También en la vida espiritual existe el peligro de pretender suscitar algunos comportamientos mediante un “bombardeo emocional”, lo cual podría considerarse una forma de “abuso espiritual”. Tal abuso puede manifestarse en forma “presión emocional del grupo”, que hace que los individuos se vean obligados a “sentir” lo mismo que los demás para no automarginarse de la experiencia. E incluso a través de la utilización de falsas experiencias sobrenaturales o místicas (“falso misticismo”[11]), que desvirtúan una auténtica visión de Dios, como medios para ejercer dominio sobre las conciencias anulando la autonomía de las personas o para cometer otro tipo de abusos, lo que debe ser considerado de especial gravedad moral[12].<br><br><b>b) La importancia de los sentimientos en la vida espiritual<br><br>11.</b> Los sentimientos juegan un papel importante en la vida humana y espiritual, y son fundamentales en la vida interior de toda persona humana. La fe cristiana, arraigada en la encarnación, no los puede ni dejar de lado ni ignorar. Dios nos alcanza también en nuestro sentir, en nuestra subjetividad, en nuestra intimidad, en nuestra emocionalidad. Lo afectivo constituye un campo fundamental en la vida espiritual, en la relación con Dios y con los demás, en la maduración creyente de la persona. Sin embargo, los sentimientos no pueden determinar toda o casi toda la vida cristiana, pues, en ocasiones, la misma ausencia de sentimientos es parte del itinerario espiritual.<br><br><b>12.</b> Los métodos de evangelización, a los que nos hemos referido, ayudan a descubrir la importancia del aspecto emotivo de la vida cristiana. Por influjo de la modernidad ilustrada, se dio una tendencia a subrayar los aspectos intelectuales o éticos de la fe, considerando los sentimientos como algo marginal en la experiencia de fe. La piedad popular y algunas prácticas espirituales alimentaron una espiritualidad más vinculada a los sentimientos, a la imaginación y al corazón.<br><br><b>13.</b> El reto será siempre facilitar el encuentro con Dios sin abusar de las emociones, al mismo tiempo que sin menospreciar la fuerza de la fe para suscitarlas. Sería contradecir la misma Palabra de Dios, que tiene muy en cuenta la dimensión afectiva de la relación entre Dios y el ser humano.<br><br><b>14.</b> El Antiguo Testamento describe el amor de Dios hacia su pueblo en múltiples pasajes, como el de una madre que se apiada del hijo de sus entrañas (cf. Is 49,14-15), como el de un padre que toma entre sus brazos a su hijo pequeño y cuida de él (cf. Os 11,1.3-4) o como el de un amado que graba a la amada como un sello en su corazón (cf. Cant 2,2; 6,2; 8,6). Este amor exige por parte del hombre la respuesta de un corazón nuevo, de un corazón de carne (cf. Ez 36,26).<br><br><b>15.</b> En el Nuevo Testamento, el Verbo encarnado asume también los sentimientos de la condición humana. En muchos pasajes vemos cómo Jesús se compadeció de aquellos que andaban como ovejas sin pastor (cf. Mt 9,36), experimentó la angustia y la tristeza en el huerto de los Olivos (cf. Lc 22,39-44; Mt 26,37), lloró por Jerusalén (cf. Lc 19,41-44) y por la pérdida de su amigo Lázaro (cf. Jn 11,35), amó a los discípulos y los llamó amigos (cf. Jn 13,23; 15,15), miró con ira y se sintió dolido ante la dureza del corazón de los demás (cf. Mc 3,5) o por ver el Templo transformado en un mercado (cf. Mt 21,12-13; Mc 11,15-18; Jn 2,13-22), etc[13]. Como dirá san Agustín, él asumió también los sentimientos humanos para redimirlos: «Tomó estos afectos de la humana flaqueza, lo mismo que la carne de la debilidad humana (…), de suerte que, si a alguno le aconteciere contristarse y dolerse en las tentaciones humanas, no se juzgase por esto ajeno a su gracia»[14]. Como recuerda el Concilio Vaticano II, «realmente, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (…), él manifiesta plenamente el hombre al propio hombre (…), pues en él la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida, (…) también en nosotros ha sido elevada a una dignidad sublime»[15]. No es de extrañar que san Pablo recomendase a los filipenses: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Flp 2,5). Negar, por tanto, las emociones en el acto de fe, sería renegar de la condición humana, que ha sido asumida por el Verbo encarnado, el Hombre perfecto (cf. Ef 4,13), el mismo que «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre»[16], y por eso puede sanar de su desorden a la afectividad humana, iluminarla y elevarla. Como dirá la encíclica Dilexit nos (2024), «el Hijo eterno de Dios, que me trasciende sin límites, quiso amarme también con un corazón humano. Sus sentimientos humanos se vuelven sacramento de un amor infinito y definitivo»[17].<br><br><i>"Negar, por tanto, las emociones en el acto de fe, sería renegar de la condición humana, que ha sido asumida por el Verbo encarnado, el Hombre perfecto (cf. Ef 4,13), el mismo que «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre»."</i><br><br><b>c) Recuperar el corazón</b><br><br><b>16.</b> La afectividad, dimensión esencial del ser humano, junto con la razón y la voluntad, integra las emociones y los sentimientos en la verdad del ser humano, creado «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26), profundamente amado en la realidad de su existencia. Por ser una dimensión fundamental de la persona, no puede quedar excluida del acto de fe, ya que Dios sale al encuentro de cada hombre y de cada mujer en la integridad de su ser, y les habla de corazón a corazón. Pues el corazón es el centro de la persona, el lugar de las decisiones, de la verdad, del encuentro y de la Alianza, que solo puede ser sondeado y conocido por el Espíritu de Dios[18].<br><br><b>17.</b> El magisterio de los pontífices más recientes está impregnado de una llamada a la recuperación del corazón en la vida cristiana. Ya Pío XII en la encíclica Haurietis aquas (1956), sobre la devoción al Corazón de Cristo,alertaba del peligro del naturalismo y del sentimentalismo, y presentaba el Corazón del Verbo encarnado como signo y símbolo del triple amor con que ama Cristo: el amor divino (como Dios), el amor espiritual humano (la caridad de su voluntad humana) y el amor sensible (afectos y emociones)[19]. De esta forma, se invitaba a los fieles a alcanzar la armonía del amor en Cristo. Posteriormente, son significativas las encíclicas de Juan Pablo II Redemptor hominis (1979) al volver sobre la dimensión humana del misterio de la Redención y, especialmente, Dives in misericordia (1980) dedicada al amor misericordioso de Dios. Por su parte, Benedicto XVI hizo referencia en varias de sus encíclicas a esta cuestión, de manera peculiar en Deus caritas est (2005), pero también en Spe salvi (2007) y Lumen fidei (2013), escrita entre Benedicto XVI y Francisco, a la que ya se ha hecho referencia. Más recientemente el papa Francisco, en su encíclica Dilexit nos (2024) propuso recuperar la importancia del corazón en la vida cristiana, pues —como dice san Pablo— «si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom 10,9). En el corazón es «donde cada persona hace su síntesis; allí donde los seres concretos tienen la fuente y la raíz de todas las demás potencias, convicciones, pasiones, elecciones»[20]. Todo se unifica en el corazón, que es «el núcleo de cada ser humano, su centro más íntimo; no solo el núcleo del alma, sino de toda la persona en su identidad única que es anímica y corpórea (…) Es la sede del amor con la totalidad de sus componentes espirituales, anímicos y también físicos»[21].<br><br><b>18.</b> Desde el corazón, en el que se integran las dimensiones afectiva y corporal, racional e intelectual, así como la volitiva y el compromiso[22], la experiencia de fe se convierte en un acontecimiento totalizante, que permite afirmar al creyente: «Encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo solté» (Cant 3,4). Se trata de un hecho que siempre desborda y trasciende, y hace gustar de antemano el gozo y la luz de la vida eterna.<br><br><b>19.</b> La afectividad, como dimensión humana fundamental en armonía con la razón y la voluntad, supera al mero sentimentalismo y libera a la fe de las redes del subjetivismo y del emotivismo. El amor auténtico siempre conduce a la verdad. Como afirmaba el papa Benedicto XVI:<br><br>Sin la verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente (…), es presa de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos (…). La verdad libera a la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal. En la verdad, la caridad refleja la dimensión personal y al mismo tiempo pública de la fe en el Dios bíblico, que es a la vez “Agapé” y “Lógos”: Caridad y Verdad, Amor y Palabra[23].<br><br><b>20.</b> Creer con el corazón es el mejor antídoto contra los dos grandes enemigos de la vida espiritual apuntados por el papa Francisco: el neo-gnosticismo y el neo-pelagianismo. El primero concibe la salvación como algo puramente interior, cerrando al sujeto en la inmanencia de su propia razón o sentimientos. El pelagianismo, por su parte, acentúa el carácter radicalmente autónomo del individuo, que pretende alcanzar la salvación por sus propias fuerzas. Esto se traduce, entre otras cosas, en una autocomplacencia por los frutos alcanzados, en la obsesión por la ley y en la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia[24].<br><br><b>Criterios teológico-pastorales para el discernimiento<br>21.</b> A la luz de lo expuesto, ofrecemos unos criterios que pueden ayudar a enriquecer la experiencia de fe de las nuevas iniciativas de evangelización surgidas recientemente en el ámbito del primer anuncio:<br><br><b>a) Por Cristo, al Padre, en el Espíritu</b><br><br><b>22.</b> La vida cristiana comienza «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19), tal y como sucede en el sacramento del bautismo. Es la fe trinitaria que la Iglesia transmite la que ha de ser profesada no solo con los labios, sino pasándola por el corazón y por la razón.<br><br><b>23.</b> Toda la vida de fe está impregnada por la Santísima Trinidad: la oración está dirigida al Padre, por el Hijo, en el Espíritu; la liturgia es eminentemente trinitaria, «por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos»; la comunidad eclesial está llamada a reflejar la comunión de las Personas divinas; y el destino del cristiano es trinitario, la plena unidad con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y con todo el género humano. Por ello es importante que la oración cristiana no pierda su identidad trinitaria[25], y que el primer anuncio, así como los procesos de discipulado, presenten a Jesucristo, al que conocemos por la acción del Espíritu, que nos revela el rostro del Padre. Solo de esta manera se puede experimentar la plenitud del amor de Dios: «porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5).<br><br><b>b) Dimensión personal</b><br><br><b>24.</b> Como decía el papa Benedicto XVI, «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[26]. La fe, ciertamente, no se reduce al asentimiento teórico a determinados dogmas, sino que es un acto por el que toda la persona se entrega libremente a Dios, que se nos revela y se nos entrega en Cristo. También el Catecismo de la Iglesia Católica recordaba que «no creemos en fórmulas, sino en las realidades que estas expresan y que la fe nos permite “tocar”»[27].<br><br><i>"La fe, ciertamente, no se reduce al asentimiento teórico a determinados dogmas, sino que es un acto por el que toda la persona se entrega libremente a Dios, que se nos revela y se nos entrega en Cristo."</i><br><br><b>25.</b> Puesto que Dios sale al encuentro del hombre en su totalidad, en este encuentro intervienen también los sentimientos, propios de la dimensión afectiva del ser humano. Invitamos, por ello, a aprender a discernir los sentimientos en la vida espiritual a partir de los grandes maestros de espiritualidad. El mismo san Ignacio de Loyola animaba a discernir entre estados de consolación y desolación del alma, o a situarse en la santa indiferencia ante una elección de vida, con el deseo de servir a Dios como fin primero y principal al que todo se subordina[28]. Otros, como santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz, vivirán la purificación de los sentidos en las “noches del espíritu” o tendrán que enfrentarse, como santa Teresa de Lisieux o santa Teresa de Calcuta, a largos periodos de oscuridad espiritual.<br><br><b>26.</b> De todo ello, se deduce que se ha de ser precavido ante los sentimientos y las emociones que simplemente proporcionan bienestar al sujeto. Cristo, por el contrario, llama a cargar con la cruz y a seguirlo. A una fe basada solo en sentimientos agradables y positivos le repugna la cruz. No se puede entender la vida cristiana sin compartir la cruz y completar en nuestra carne los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1,24).<br><br><b>c) Dimensión objetiva de la fe</b><br><br><b>27.</b> El encuentro con Cristo conlleva la aceptación de la verdad de su persona y su mensaje. En el diálogo con Marta, tras la muerte de Lázaro, Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» (Jn 11,26). Y Marta le contesta: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,27). No hay encuentro con Cristo sin profesión de fe, si solo se tiene en cuenta el aspecto subjetivo, pero no se profundiza en el contenido de la fe y en la doctrina. La formación es el medio primordial que permite integrar la verdad en el amor. Si el acto de fe como adhesión personal a Cristo pierde su profunda unidad con la verdad salvadora que nos ha traído, se transforma en un acto vacío y ciego.<br><br><b>28.</b> La vivencia emocional de la fe se ha de asentar en la verdad objetiva del kerygma, cuyo contenido se encuentra en la Palabra de Dios transmitida e interpretada por la Iglesia. Todo ello invita a apostar con determinación por una formación integral y continua, que incluya todas las dimensiones de la persona (intelectual, afectiva, relacional y espiritual)[29]. Resulta particularmente oportuno iniciar itinerarios catecumenales y procesos formativos de discipulado y acompañamiento en la maduración de la fe con aquellos que han realizado una primera conversión al Señor.<br><br><b>d) Dimensión eclesial</b><br><br><b>29.</b> Por la misma lógica de la encarnación, el encuentro con Dios es siempre mediado. Jesucristo, el mediador de la salvación, sigue saliendo al encuentro del ser humano a través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y el servicio a los hermanos en la Iglesia. No es posible una experiencia ni un conocimiento de Dios de manera directa e individualista. Nadie se ha hecho cristiano a sí mismo, ni es creyente por sí solo. Creemos gracias a que alguien nos habló del Señor y nos transmitió la fe de la Iglesia en el ámbito de la familia, de una parroquia, de un grupo o un movimiento eclesial. La misma profesión de fe es un acto personal y eclesial simultáneo, de forma que cuando el cristiano dice “creo”, al mismo tiempo, dice “creemos”, como atestigua el Símbolo de Nicea en su versión griega, resaltando así la dimensión eclesial del acto de fe.<br><br><b>30.</b> Este “creemos” no significa uniformidad. La imagen paulina del cuerpo de Cristo es muy elocuente para expresar la unidad en la necesaria diversidad. Todos, aunque distintos, somos miembros del único cuerpo, cuya cabeza es Cristo (cf. 1 Cor 12,12; Ef 1,18); de tal manera que la diversidad no es contraria a la unidad del cuerpo, sino que la enriquece: «Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor» (1 Cor 12,4-5). Una auténtica vivencia eclesial de la fe no absolutiza el carisma del propio grupo, sino que lo pone al servicio de la unidad de la Iglesia; y no excluye otros carismas, sino que aprecia la riqueza que aporta al conjunto. Igual se puede decir de los métodos evangelizadores: ninguno ha de considerarse como absoluto, y se ha de admitir que lo que sirve para unos, no ha de ser necesariamente válido o útil para otros.<br><br><b>31.</b> Es importante valorar la capacidad que tienen estas nuevas iniciativas evangelizadoras para integrar en la vida comunitaria. Como afirma el Concilio Vaticano II, «estos carismas, tantos los extraordinarios como los ordinarios y comunes, hay que recibirlos con agradecimiento y alegría, pues son muy útiles y apropiados a las necesidades de la Iglesia». Ahora bien, «el juicio de su autenticidad y la regulación de su ejercicio pertenece a los que dirigen la Iglesia. A ellos compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno (cf. 1 Tes 5,12.19-21)»[30]. Será, por tanto, un signo de eclesialidad que estos nuevos métodos sean sometidos al discernimiento de la autoridad de los obispos y los órganos diocesanos competentes.<br><br><b>32</b><b>.</b> Los frutos de los nuevos métodos de evangelización, por tanto, pueden medirse por su capacidad de integrar en la comunidad y de despertar la pregunta por la propia vocación y misión en la Iglesia y en el mundo (“¿Para quién soy yo?”). Es decir, por su capacidad de generar y acompañar las diversas vocaciones que el Espíritu ha suscitado en el cuerpo de la Iglesia (cf. 1 Cor 12,11).<br><br><i>"Los frutos de los nuevos métodos de evangelización, por tanto, pueden medirse por su capacidad de integrar en la comunidad y de despertar la pregunta por la propia vocación y misión en la Iglesia y en el mundo (“¿para quién soy yo?”)."</i><br><br><b>e) Dimensión ética y caritativa</b><br><br><b>33.</b> El verdadero encuentro con Cristo no solo transforma la interioridad del creyente, sino que lo impulsa al compromiso concreto con la Iglesia y el mundo. La fe no puede quedarse en una experiencia meramente emocional, sino que se traduce en la caridad hacia los más pobres, en el testimonio y el servicio que transfiguran el mundo haciendo presentes en él los valores del Reino. Si no somos capaces de “tocar la carne de los últimos”, no estamos siendo fieles al Evangelio[31]. El corazón cristiano es un “corazón que ve” dónde hay necesidad de amor y actúa en consecuencia[32].<br><br><b>34.</b> Son numerosos los textos de la Palabra de Dios que iluminan esta dimensión de la fe. Entre ellos, estos de los apóstoles Juan y Santiago: «Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20-21). «Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro» (Sant 2,17). Por eso, el compromiso con la Iglesia y con el mundo, sea en el ámbito familiar, laboral, en la sociedad, en la vida pública, con los más pobres y los enfermos, en la defensa de la dignidad humana, la promoción de la paz o el cuidado de la creación, se convierte en criterio de discernimiento para valorar la autenticidad de la fe y de estas nuevas iniciativas eclesiales.<br><br><b>f) Dimensión celebrativa<br></b><br><b>35.</b> El creyente, además, ha de cuidar la dimensión celebrativa del acto de fe con una liturgia viva en la que festeje comunitariamente la gratuidad del encuentro con Cristo, que hace que la vida del creyente, alentada por la oración, se convierta, por la misericordia de Dios, en un «sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Rom 12,1).<br><br><b>36.</b> Las iniciativas de evangelización han de cuidar de no fomentar una oración “espiritualista” desencarnada o unas celebraciones litúrgicas intimistas y efectistas. Se corre el peligro de reducir la liturgia a un mero “devocionalismo” que potencia el subjetivismo sentimental frente a lo comunitario, objetivo y sacramental[33]. En algunos ambientes se detecta un recurso excesivo a elementos de tipo emotivo, incluyendo prácticas de culto a la Eucaristía fuera de la misa que desvirtúan y descontextualizan el sentido propio de la adoración al Santísimo Sacramento. La adoración eucarística, sea de forma privada o pública, prolonga e intensifica lo acontecido en la celebración litúrgica, pues adoramos a aquel que hemos recibido[34]. Esta relación intrínseca invita a cuidar la dimensión comunitaria de la adoración eucarística, ya que la relación personal con Jesús sacramentado pone al fiel en comunión con toda la Iglesia, al hacerle tomar conciencia de su pertenencia al cuerpo de Cristo[35]. El sentido netamente eclesial de la adoración eucarística implica el respeto y la fidelidad a las normas litúrgicas[36], que evitará el subjetivismo y la arbitrariedad de formas del culto eucarístico así como el uso de elementos extraños a lo dispuesto en el Ritual. Todo ello plantea el reto de garantizar, tanto a los fieles como a los ministros ordenados, una buena formación litúrgica que ayude a situar la celebración de la Eucaristía, especialmente la dominical, en el centro de la vida personal, comunitaria y eclesial[37].<br><br><b>37.</b> La belleza de la liturgia no es meramente formal, sino la belleza profunda que procede del encuentro sacramental con el misterio de Dios. Por eso, la liturgia ha de ser mistagógica, ayudándonos, a través de palabras y gestos, a conducirnos a Dios, a maravillarnos ante él y a adentrarnos en su belleza.<br><br><i>"Exhortamos a abrazar la fe en la totalidad de sus dimensiones, reconociendo y valorando la importancia de las emociones y los sentimientos en el marco de una sana afectividad en la experiencia creyente, lo que permitirá el encuentro transformador con Cristo “de corazón a corazón”."</i><br><br><b>Con corazón de pastores</b><br><b>38.</b> Con auténtico corazón de pastores, los obispos de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española exhortamos a abrazar la fe en la totalidad de sus dimensiones, reconociendo y valorando la importancia de las emociones y los sentimientos en el marco de una sana afectividad en la experiencia creyente, lo que permitirá el encuentro transformador con Cristo “de corazón a corazón”.<br><br><b>39.</b> Invitamos a contemplar a la Virgen María, en quien se realiza de manera perfecta el acto de fe. Ella acogió el anuncio del ángel Gabriel y le dio su asentimiento diciendo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Y, porque ha creído, todas las generaciones hasta nuestros días la proclaman bienaventurada (cf. Lc 1,45.)<br><br>__________________________<br><br>Esta nota doctrinal fue aprobada por los obispos miembros de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe en su reunión CCLXV del 20 de febrero de 2026.<br><br>Presidente: Mons. D. Francisco Conesa Ferrer, obispo de Solsona<br><br>Vicepresidente: Mons. D. Ramón Valdivia Giménez, obispo auxiliar de Sevilla y Administrador Apostólico de Cádiz y Ceuta<br><br>Miembros:<br><br>Mons. D. Ernesto Brotóns Tena, obispo de Plasencia<br><br>Mons. D. Daniel Palau Valero, obispo de Lérida<br><br>Mons. D. Eloy Alberto Santiago Santiago, obispo de San Cristóbal de La Laguna (Tenerife)<br><br>Mons. D. José María Yanguas Sanz, obispo de Cuenca<br><br>Mons. D. Francisco Javier Martínez, arzobispo emérito de Granada<br><br>Mons. D. Jesús E. Catalá &nbsp;Ibáñez, obispo emérito de Málaga<br><br>Mons. D. Demetrio Fernández González, obispo emérito de Córdoba<br><br>Mons. D. Adolfo González Montes, obispo emérito de Almería<br><br>Mons. D. Luis Quinteiro Fiuza, obispo emérito de Tuy-Vigo<br><br>Mons. D. Javier Salinas Viñals, obispo auxiliar emérito de Valencia<br><br>Secretario: Rvdo. D. Rafael Vázquez Jiménez<br><br>La Comisión Permanente de la CEE autorizó su publicación en la CCLXXII reunión celebrada en los días 24 y 25 de febrero de 2026.<br><br>[1] Cf. Francisco de Sales, Tratado del Amor de Dios, libro X, 3 y 9.<br><br>[2] Cf. Juan Enrique Newman, Ensayo para contribuir a una Gramática del Asentimiento (Madrid: Encuentro 2010).<br><br>[3] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 142-143.<br><br>[4] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 5.<br><br>[5] Benedicto XVI, Carta Porta fidei (2011), n. 2.<br><br>[6] Cf. Alasdair MacIntyre, «Emotivismo: contenido social y contexto social», en Id. Tras la virtud (Austral, Barcelona, 2013) 40-55.<br><br>[7] Cf. Zygmunt Bauman, Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (Madrid: Fondo de Cultura Económica de España 2005).<br><br>[8] Cf. Juan José Pérez-Soba, «Conversación junto al pozo. Cómo hablar de fidelidad al emotivista postmoderno»: Scripta Theologica 52 (2020) 170-173.<br><br>[9] Conferencia Episcopal Española, Directorio de pastoral familiar de la Iglesia en España (Madrid: Edice 2003), n. 19.<br><br>[10] Francisco, Encíclica Lumen fidei (2013), n. 24.<br><br>[11] Cf. Cf. Pío XII, Encíclica Haurietis aquas (1956), n. 28; Francisco, Dilexit nos (2024), n. 86.<br><br>[12] Cf. Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Normas para proceder en el discernimiento de presuntos fenómenos sobrenaturales (2024), art. 16; Folio para la Audiencia con el Santo Padre: “Falso misticismo y abuso espiritual” (2024).<br><br>[13] Completan estos textos el capítulo II de la encíclica del papa Francisco Dilexit nos (2024), en el que se hace referencia a los gestos y palabras de amor de Jesús en los Evangelios, reflejos del Corazón de Cristo (cf. nn. 32-47).<br><br>[14] Agustín de Hipona, Enarr. in Ps. 87, 3.<br><br>[15] Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 22.<br><br>[16] Ibid., n. 22.<br><br>[17] Francisco, Dilexit nos (2024), n. 60.<br><br>[18] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2563.<br><br>[19] Cf. Pío XII, Encíclica Haurietis aquas (1956), nn. 3, 15-16.<br><br>[20] Francisco, Encíclica Dilexit nos (2024), n. 9.<br><br>[21] Ibid., n. 21.<br><br>[22] El magisterio de Juan Pablo II fue muy rico en el campo de la afectividad. Desarrolla con profundidad la comprensión del amor humano revalorizando el cuerpo desde el trasfondo de una antropología teológica inspirada en la Palabra de Dios (pueden verse las 129 catequesis centradas en la teología del cuerpo impartidas por Juan Pablo II en las audiencias de los miércoles entre septiembre de 1979 y noviembre de 1984).<br><br>[23] Benedicto XVI, Encíclica Caritas in veritate (2009), n. 3.<br><br>[24] Cf. Francisco, Exhortación apostólica Gaudete et exsultate (2018), nn. 36, 57; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Placuit Deo (2018), nn. 3-4.<br><br>[25] Cf. Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 42,3). Orientaciones doctrinales sobre la oración cristiana (2019), nn. 21-38.<br><br>[26] Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est (2005), n. 1<br><br>[27] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 170.<br><br>[28] Cf. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 169.<br><br>[29] Cf. XVI Asamblea del Sínodo de los Obispos, Documento final (2024), n. 143.<br><br>[30] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumgen gentium, n. 12.<br><br>[31] Cf. León XIV, Exhortación apostólica Dilexi te (2025), n. 48.<br><br>[32] Cf. Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est (2005), n. 31.<br><br>[33] Cf. Francisco, Carta apostólica Desiderio desideravi (2022), n. 28.<br><br>[34] Cf. Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003) n. 25; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum (2004), n. 134; Benedicto XVI, Exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007), n. 66.<br><br>[35] Benedicto XVI, Exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007), n. 68.<br><br>[36] Cf. Sagrada Congregación para el Culto Divino, Ritual Romano. Ritual de la sagrada Comunión y del culto al Misterio eucarístico fuera de la Misa (1973), nn. 82-100.<br><br>[37] Cf. Francisco, Carta apostólica Desiderio desideravi (2022), nn. 34-47.</div></div><div class="sp-block sp-social-block " data-type="social" data-id="7" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-social-holder" style="font-size:25px;margin-top:-5px;"  data-style="colors-outline" data-shape="square"><a class="facebook" href="https://www.facebook.com/diocesisdearecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-facebook"></i></a><a class="instagram" href="https://www.instagram.com/diocesisarecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-instagram"></i></a><a class="youtube" href="https://www.youtube.com/@Diocesis_Arecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-youtube"></i></a></div></div></div><div class="sp-block sp-subsplash_giving-block " data-type="subsplash_giving" data-id="8" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-subsplash-holder"><script id="subsplash-embed-8" type="text/javascript"> var target = document.getElementById("subsplash-embed-8"); var script = document.createElement("script"); script.type = "text/javascript"; script.onload = function() {   subsplashEmbed(     "u/-X78R5D/give?&embed=true",     "https://subsplash.com/",     "subsplash-embed-8"   ); }; script.src = "https://dashboard.static.subsplash.com/production/web-client/external/embed-1.1.0.js"; target.parentElement.insertBefore(script, target);</script></div></div></div></div></div></div></section>]]></content:encoded>
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			<title>Él es Dios, y no hay otro</title>
						<description><![CDATA[Homilía - IV Domingo de Cuaresma "Laetare"San Juan Pablo II (29-03-1981) 1. Deseo juntamente con vosotros saludar a Cristo Buen Pastor con las palabras del Salmo responsorial de la liturgia de hoy, que colma nuestros corazones de tanta confianza:¡El Señor es mi Pastor, nada me falta! (Sal 22 [23], 1).2. El Salmo responsorial del IV domingo de Cuaresma dirige nuestras almas hacia el misterio pascua...]]></description>
			<link>https://diocesisdearecibo.org/blog/2026/03/14/el-es-dios-y-no-hay-otro</link>
			<pubDate>Sat, 14 Mar 2026 07:00:00 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<section class="sp-section sp-scheme-0" data-index="11" data-scheme="0"><div class="sp-section-slide"  data-label="Main" ><div class="sp-section-content" ><div class="sp-grid sp-col sp-col-24"><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="0" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>Él es Dios, y no hay otro</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="1" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Homilía - IV Domingo de Cuaresma "Laetare"</b><br><b>San Juan Pablo II (29-03-1981)<br></b></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="2" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">1. Deseo juntamente con vosotros saludar a Cristo Buen Pastor con las palabras del Salmo responsorial de la liturgia de hoy, que colma nuestros corazones de tanta confianza:<br><br>¡El Señor es mi Pastor, nada me falta! (Sal 22 [23], 1).<br><br>2. El Salmo responsorial del IV domingo de Cuaresma dirige nuestras almas hacia el misterio pascual, en el que Cristo se revela realmente como Pastor que ofrece la vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11-15). La imagen que emerge del Salmo 22 es una preparación en el Antiguo Testamento de la figura que Cristo mismo ha delineado con la parábola del Buen Pastor. Evidentemente, el Salmo refleja una mentalidad oriental y se expresa con modalidades típicas del contexto histórico judío y, por esto, requeriría una esmerada exégesis. Sin embargo, su mensaje es fácilmente comprensible: Jesús, el Verbo Divino, se encarnó precisamente para conducir las almas hacia la verdad: «En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas».<br><br>Jesús vino para alentarnos en el camino de la vida, para guiarnos en el camino justo de la salvación, para prepararnos la mesa de la gracia, para darnos la alegría de la certeza. Jesús está con nosotros todos los días de nuestra existencia: la fe en Él nos da seguridad y valentía, aun cuando a veces tengamos que caminar en un valle oscuro. ¡Ánimo, pues, queridos hijos! Es la primera exhortación que nos sugiere la liturgia de hoy. ¡A pesar de las penas y de los contrastes de la vida, a pesar de las situaciones sociales y públicas que a veces pueden llegar a ser dramáticas, no perdáis la confianza en Cristo Buen Pastor, Redentor de nuestras almas, Salvador de la humanidad!<br><br>3. Cristo es precisamente el Pastor Eterno de toda la humanidad, porque en Él todos nosotros hemos sido elegidos por el Padre como sus hijos adoptivos. Y por medio de su obra redentora hemos sido unidos al Espíritu Santo, de manera que participamos así también de la misión de Cristo «Sacerdote, Profeta y Rey» (cf. Lumen gentium, 31). Hacia estos pensamientos nos orienta la primera lectura del libro de Samuel, que narra la elección y la unción del futuro Rey David por parte del Profeta.<br><br>Del relato del episodio histórico resulta que en el Antiguo Testamento sólo alguno era elegido por el Altísimo para la realización de sus designios. En este caso, uno solo de los siete hijos de Jesé fue elegido y consagrado Rey de Israel.<br><br>En cambio, la revelación de Cristo y la enseñanza perenne de la Iglesia afirman que, en el Nuevo Testamento, la elección es universal: toda la humanidad y, por esto, cada uno de los hombres, es llamado y elegido en Cristo para participar de la misma vida divina mediante la gracia. ¡Así, pues, sentíos dichosos y estad agradecidos por haber no sólo conocido estas realidades divinas, sino por haber recibido la «unción» y la «consagración» mediante el bautismo y la confirmación! ¡Acordaos siempre de vuestra dignidad, de vuestra grandeza, de vuestra riqueza y comportaos de modo que también los demás puedan conocerla y vivirla!<br><br>4. Sin embargo, el pensamiento sobre el que pone más fuertemente el acento la liturgia de hoy es que Cristo es el Pastor de nuestras almas en cuanto nos abre los ojos para ver la luz de Dios.<br><br>El relato de la curación del ciego de nacimiento, como nos lo presenta el Evangelista Juan, es ciertamente una de las páginas más espléndidas del Evangelio. Sería necesario detenerse largamente para analizar los valores literarios, para saborear la composición, de la escena, para profundizar en la psicología de los diversos personajes, para seguir la dinámica de la acción, para descubrir su valor apologético, para meditar su mensaje doctrinal. Lo podréis hacer en vuestros encuentros de grupo, con comodidad y provecho; para este encuentro es suficiente una sola, pero fundamental, observación: Jesús realizó el llamativo milagro de la curación del ciego de nacimiento para demostrar su divinidad y la consiguiente necesidad de acoger su Persona y su mensaje.<br><br>El ciego, una vez curado, no sabe todavía quién es Jesús, pero lo intuye, y contra la incredulidad de los judíos y el temor de sus mismos padres, afirma: «Jamás se oyó decir que nadie abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder». Cuando después Jesús le dice claramente que es el «Hijo del hombre», esto es, el Mesías, el Hijo de Dios, el ciego curado no tiene duda alguna e inmediatamente hace su profesión de fe: «Creo, Señor».<br><br>He aquí, pues, el significado, inmediato del milagro realizado por Jesús: Él es verdaderamente Dios, el cual como pudo dar enseguida la vista a un ciego, mucho más puede dar la vista al alma, puede abrir los ojos interiores para que conozcan las verdades supremas que se refieren a la naturaleza de Dios y al destino del hombre. Por esto, la curación física del ciego, que luego es causa de su fe, se convierte en un símbolo de la conversión espiritual. De este modo Jesús vuelve a confirmar la verdad de las palabras que ya había pronunciado: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida» (Jn 8, 12). Cristo es Buen Pastor porque es la luz de nuestras almas. No podemos menos que creer en Él, seguirle, amarle, escucharle.<br><br>5. De la meditación de las lecturas de la liturgia de hoy debemos sacar ahora alguna conclusión práctica que pueda servir en el camino ulterior de vuestra vida personal y parroquial.<br><br>Ante todo, tened siempre un profundo sentido de responsabilidad sobre vuestra fe cristiana. El relato evangélico nos hace comprender cuán preciosa es la vista de los ojos, pero cuánto más preciosa es aún la luz de la fe. Pero sabemos que esta fe exige firmeza y fortaleza, porque está siempre insidiada. Frente a la luz que es Cristo, hay a veces una actitud de abierta hostilidad, o de rechazo y de indiferencia, o también de crítica injusta y parcial.<br><br>Sentíos responsables de vuestra fe en la sociedad moderna en la que debéis vivir, cada uno en su puesto de vida y de trabajo, cada uno en el ámbito de sus relaciones de familia y de profesión. Y por esto, profundizad cada vez más en ella, con una catequesis sana, completa, metódica... ¡Corresponded al celo de vuestros pastores! ¡Conocer mejor la propia fe significa estimarla más, vivirla más intensamente, irradiarla con más eficaz testimonio!<br><br>6. Una segunda consecuencia práctica se puede sacar de la Carta de San Pablo a los cristianos de la ciudad de Éfeso.<br><br>«En otro tiempo erais tinieblas —escribía el Apóstol—, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz» (Ef 5, 8). La exhortación de San Pablo es siempre actual: «Buscad lo que agrada al Señor» (Ef 5, 10). «No toméis parte en las obras estériles de las tinieblas» (Ef 5, 11).<br><br>¡Sed luz también vosotros en vuestra parroquia, en vuestra ciudad, en vuestra patria! Sed luz, con la frecuencia asidua y convencida a la Santa Misa dominical y festiva; sed luz eliminando escrupulosamente las palabras soeces, la blasfemia, la lectura de diarios y revistas pornográficas, la visión de espectáculos negativos; sed luz con el ejemplo continuo de vuestra bondad y de vuestra fidelidad en todo lugar, pero especialmente en el ambiente privilegiado de la familia, recordando que «toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz».<br><br>7. Queridísimos:<br><br>El IV domingo de Cuaresma eleva nuestros pensamientos y nuestros corazones hacia Cristo que, al ofrecer su vida por los Hombres en la pasión y en la cruz, se revela el único Buen Pastor que abraza a todos y a cada uno, se cuida del verdadero bien de cada hombre y de la humanidad aquí, en la tierra, y, en definitiva, se cuida de nuestra salvación eterna.<br><br>¡Estemos dispuestos para seguir a Cristo por los caminos que Él nos indica, también mediante la enseñanza de la Iglesia que Él ha instituido!<br><br>¡Estemos dispuestos a sacar fuerza de las fuentes de la gracia, que Él nos abre en la Iglesia mediante los sacramentos de la fe: Penitencia y Eucaristía!<br><br>¡Y, finalmente, estemos dispuestos a buscar en Él el apoyo en todas las dificultades de nuestra vida y de nuestra conciencia!<br><br>¡No nos separemos nunca de Él! ¡Él es la luz del mundo!</div></div><div class="sp-block sp-button-block " data-type="button" data-id="3" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class="text-reset"><a class="sp-button" href="https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/homilies/1981/documents/hf_jp-ii_hom_19810329_visita-parrocchia.html" target="_blank"  data-label="Homilía" data-color="@color1" style="background-color:@color1 !important;">Homilía</a></span></div></div><div class="sp-block sp-divider-block " data-type="divider" data-id="4" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-divider-holder"></div></div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="5" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>Evangelio</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="6" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Lectura del santo Evangelio según San Juan 9, 1-41&nbsp;</b></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="7" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?». Jesús contestó: <br><br>«Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». <br><br>Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)». Él fue, se lavó, y volvió con vista. <br><br>Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». Él respondía: «Soy yo». Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?». Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver». Le preguntaron: «¿Dónde está él?» Contestó: «No lo sé».<br><br>Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo». Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?». Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?». Él contestó: «Que es un profeta».<br><br>Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?». Sus padres contestaron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse». Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él».<br><br>Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo». Le preguntan de nuevo: «¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?». Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?». Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene». Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder». Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron.<br><br>Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él. <br><br>Dijo Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?». Jesús les contestó: <br><br>«Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece».</div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="8" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1" data-size="2em"><h2  style='font-size:2em;color:@color1;'><b>Palabra del Señor.</b></h2></span></div></div><div class="sp-block sp-social-block " data-type="social" data-id="9" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-social-holder" style="font-size:25px;margin-top:-5px;"  data-style="colors-outline" data-shape="square"><a class="facebook" href="https://www.facebook.com/diocesisdearecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-facebook"></i></a><a class="instagram" href="https://www.instagram.com/diocesisarecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-instagram"></i></a><a class="youtube" href="https://www.youtube.com/@Diocesis_Arecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-youtube"></i></a></div></div></div><div class="sp-block sp-subsplash_giving-block " data-type="subsplash_giving" data-id="10" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-subsplash-holder"><script id="subsplash-embed-10" type="text/javascript"> var target = document.getElementById("subsplash-embed-10"); var script = document.createElement("script"); script.type = "text/javascript"; script.onload = function() {   subsplashEmbed(     "u/-X78R5D/give?&embed=true",     "https://subsplash.com/",     "subsplash-embed-10"   ); }; script.src = "https://dashboard.static.subsplash.com/production/web-client/external/embed-1.1.0.js"; target.parentElement.insertBefore(script, target);</script></div></div></div></div></div></div></section>]]></content:encoded>
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			<title>Dios tiene sed de nuestra fe</title>
						<description><![CDATA[Homilía - III Domingo de Cuaresma, 24 de febrero de 2008Papa Benedicto XVI En los textos bíblicos de este tercer domingo de Cuaresma hay sugerencias útiles para la meditación... A través del símbolo del agua, que encontramos en la primera lectura y en el pasaje evangélico de la samaritana, la palabra de Dios nos transmite un mensaje siempre vivo y actual: Dios tiene sed de nuestra fe y quiere que ...]]></description>
			<link>https://diocesisdearecibo.org/blog/2026/03/07/dios-tiene-sed-de-nuestra-fe</link>
			<pubDate>Sat, 07 Mar 2026 10:00:00 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<section class="sp-section sp-scheme-0" data-index="11" data-scheme="0"><div class="sp-section-slide"  data-label="Main" ><div class="sp-section-content" ><div class="sp-grid sp-col sp-col-24"><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="0" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>Dios tiene sed de nuestra fe</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="1" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Homilía - III Domingo de Cuaresma, 24 de febrero de 2008<br>Papa Benedicto XVI</b></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="2" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">En los textos bíblicos de este tercer domingo de Cuaresma hay sugerencias útiles para la meditación... A través del símbolo del agua, que encontramos en la primera lectura y en el pasaje evangélico de la samaritana, la palabra de Dios nos transmite un mensaje siempre vivo y actual: Dios tiene sed de nuestra fe y quiere que encontremos en él la fuente de nuestra auténtica felicidad. Todo creyente corre el peligro de practicar una religiosidad no auténtica, de no buscar en Dios la respuesta a las expectativas más íntimas del corazón, sino de utilizar más bien a Dios como si estuviera al servicio de nuestros deseos y proyectos.<br><br>En la primera lectura vemos al pueblo hebreo que sufre en el desierto por falta de agua y, presa del desaliento como en otras circunstancias, se lamenta y reacciona de modo violento. Llega a rebelarse contra Moisés; llega casi a rebelarse contra Dios. El autor sagrado narra: «Habían tentado al Señor diciendo: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?» (Ex 17, 7). El pueblo exige a Dios que salga al encuentro de sus expectativas y exigencias, más bien que abandonarse confiado en sus manos, y en la prueba pierde la confianza en él. ¡Cuántas veces esto mismo sucede también en nuestra vida! ¡En cuántas circunstancias, más que conformarnos dócilmente a la voluntad divina, quisiéramos que Dios realizara nuestros designios y colmara todas nuestras expectativas! ¡En cuántas ocasiones nuestra fe se muestra frágil, nuestra confianza débil y nuestra religiosidad contaminada por elementos mágicos y meramente terrenos!<br><br>En este tiempo cuaresmal, mientras la Iglesia nos invita a recorrer un itinerario de verdadera conversión, acojamos con humilde docilidad la recomendación del salmo responsorial: «Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras» (Sal 94, 7-9).<br><br>El simbolismo del agua vuelve con gran elocuencia en la célebre página evangélica que narra el encuentro de Jesús con la samaritana en Sicar, junto al pozo de Jacob. Notamos enseguida un nexo entre el pozo construido por el gran patriarca de Israel para garantizar el agua a su familia y la historia de la salvación, en la que Dios da a la humanidad el agua que salta hasta la vida eterna. Si hay una sed física del agua indispensable para vivir en esta tierra, también hay en el hombre una sed espiritual que sólo Dios puede saciar. Esto se refleja claramente en el diálogo entre Jesús y la mujer que había ido a sacar agua del pozo de Jacob.<br><br>Todo inicia con la petición de Jesús: «Dame de beber» (Jn 4, 7). A primera vista parece una simple petición de un poco de agua, en un mediodía caluroso. En realidad, con esta petición, dirigida por lo demás a una mujer samaritana —entre judíos y samaritanos no había un buen entendimiento—, Jesús pone en marcha en su interlocutora un camino interior que hace surgir en ella el deseo de algo más profundo. San Agustín comenta: «Aquel que pedía de beber, tenía sed de la fe de aquella mujer» (In Io. ev. Tract. XV, 11: PL 35, 1514). En efecto, en un momento determinado es la mujer misma la que pide agua a Jesús (cf. Jn 4, 15), manifestando así que en toda persona hay una necesidad innata de Dios y de la salvación que sólo él puede colmar. Una sed de infinito que solamente puede saciar el agua que ofrece Jesús, el agua viva del Espíritu. Dentro de poco escucharemos en el prefacio estas palabras: Jesús, «al pedir agua a la samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer fue para encender en ella el fuego del amor divino».<br><br>Queridos hermanos y hermanas, en el diálogo entre Jesús y la samaritana vemos delineado el itinerario espiritual que cada uno de nosotros, que cada comunidad cristiana está llamada a redescubrir y recorrer constantemente. Esa página evangélica, proclamada en este tiempo cuaresmal, asume un valor particularmente importante para los catecúmenos ya próximos al bautismo. En efecto, este tercer domingo de Cuaresma está relacionado con el así llamado «primer escrutinio», que es un rito sacramental de purificación y de gracia.<br><br>Así, la samaritana se transforma en figura del catecúmeno iluminado y convertido por la fe, que desea el agua viva y es purificado por la palabra y la acción del Señor. También nosotros, ya bautizados, pero siempre tratando de ser verdaderos cristianos, encontramos en este episodio evangélico un estímulo a redescubrir la importancia y el sentido de nuestra vida cristiana, el verdadero deseo de Dios que vive en nosotros. Jesús quiere llevarnos, como a la samaritana, a profesar con fuerza nuestra fe en él, para que después podamos anunciar y testimoniar a nuestros hermanos la alegría del encuentro con él y las maravillas que su amor realiza en nuestra existencia. La fe nace del encuentro con Jesús, reconocido y acogido como Revelador definitivo y Salvador, en el cual se revela el rostro de Dios. Una vez que el Señor conquista el corazón de la samaritana, su existencia se transforma, y corre inmediatamente a comunicar la buena nueva a su gente (cf. Jn 4, 29).<br><br>Queridos hermanos y hermanas… la invitación de Cristo a dejarnos implicar por su exigente propuesta evangélica resuena con fuerza esta mañana para cada [uno de nosotros]. San Agustín decía que Dios tiene sed de nuestra sed de él, es decir, desea ser deseado. Cuanto más se aleja el ser humano de Dios, tanto más él lo sigue con su amor misericordioso.<br><br>Hoy la liturgia, teniendo en cuenta también el tiempo cuaresmal que estamos viviendo, nos estimula a examinar nuestra relación con Jesús, a buscar su rostro sin cansarnos. Y esto es indispensable para que vosotros, queridos amigos, podáis continuar, en el nuevo contexto cultural y social, la obra de evangelización y de educación humana y cristiana...<br><br>Abrid cada vez más el corazón a una acción pastoral misionera, que impulse a cada cristiano a encontrar a las personas —en particular a los jóvenes y a las familias— donde viven, trabajan y pasan el tiempo libre, para anunciarles el amor misericordioso de Dios.<br><br>Santa María… que juntamente con su esposo san José educó a Jesús niño y adolescente, proteja a las familias, a los religiosos y a las religiosas en su tarea de formadores y les dé la alegría, como deseaba don Bosco, de ver crecer en este barrio «buenos cristianos y ciudadanos honrados». Amén.</div></div><div class="sp-block sp-button-block " data-type="button" data-id="3" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class="text-reset"><a class="sp-button" href="https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2008/documents/hf_ben-xvi_hom_20080224_sm-liberatrice.html" target="_blank"  data-label="Homilía" data-color="@color1" style="background-color:@color1 !important;">Homilía</a></span></div></div><div class="sp-block sp-divider-block " data-type="divider" data-id="4" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-divider-holder"></div></div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="5" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>Evangelio</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="6" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Lectura del santo Evangelio según San Juan 4, 5-42</b></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="7" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).<br><br>Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».<br><br>La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».<br><br>Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».<br><br>La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».<br><br>Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».<br><br>La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».<br><br>En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.<br><br>Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». El les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?».<br><br>Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».<br><br>En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».</div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="8" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1" data-size="2em"><h2  style='font-size:2em;color:@color1;'><b>Palabra del Señor.</b></h2></span></div></div><div class="sp-block sp-social-block " data-type="social" data-id="9" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-social-holder" style="font-size:25px;margin-top:-5px;"  data-style="colors-outline" data-shape="square"><a class="facebook" href="https://www.facebook.com/diocesisdearecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-facebook"></i></a><a class="instagram" href="https://www.instagram.com/diocesisarecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-instagram"></i></a><a class="youtube" href="https://www.youtube.com/@Diocesis_Arecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-youtube"></i></a></div></div></div><div class="sp-block sp-subsplash_giving-block " data-type="subsplash_giving" data-id="10" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-subsplash-holder"><script id="subsplash-embed-10" type="text/javascript"> var target = document.getElementById("subsplash-embed-10"); var script = document.createElement("script"); script.type = "text/javascript"; script.onload = function() {   subsplashEmbed(     "u/-X78R5D/give?&embed=true",     "https://subsplash.com/",     "subsplash-embed-10"   ); }; script.src = "https://dashboard.static.subsplash.com/production/web-client/external/embed-1.1.0.js"; target.parentElement.insertBefore(script, target);</script></div></div></div></div></div></div></section>]]></content:encoded>
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			<title>La cruz es la puerta de la resurrección</title>
						<description><![CDATA[Ángelus - II Domingo de Cuaresma, 12 de marzo de 2017Papa Francisco Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!El Evangelio de este segundo domingo de Cuaresma nos presenta la narración de la Transfiguración de Jesús (cf. Mateo 17, 1-9). Se lleva aparte a tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan, Él subió con ellos a un monte alto, y allí ocurrió este singular fenómeno: el rostro de Jesús «se puso b...]]></description>
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			<pubDate>Sat, 28 Feb 2026 17:00:00 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<section class="sp-section sp-scheme-0" data-index="9" data-scheme="0"><div class="sp-section-slide"  data-label="Main" ><div class="sp-section-content" ><div class="sp-grid sp-col sp-col-24"><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="0" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>La cruz es la puerta de la resurrección</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="1" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Ángelus - II Domingo de Cuaresma, 12 de marzo de 2017<br>Papa Francisco</b></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="2" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!<br><br>El Evangelio de este segundo domingo de Cuaresma nos presenta la narración de la Transfiguración de Jesús (cf. Mateo 17, 1-9). Se lleva aparte a tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan, Él subió con ellos a un monte alto, y allí ocurrió este singular fenómeno: el rostro de Jesús «se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (v. 2). De tal manera el Señor hizo resplandecer en su misma persona la gloria divina que se podía percibir con la fe en su predicación y en sus gestos milagrosos. Y la transfiguración es acompañada, en el monte, con la aparición de Moisés y de Elías, «que conversaban con él» (v. 3).<br><br>La “luminosidad” que caracteriza este evento extraordinario simboliza el objetivo: iluminar las mentes y los corazones de los discípulos para que puedan comprender claramente quién es su Maestro. Es un destello de luz que se abre de repente sobre el misterio de Jesús e ilumina toda su persona y toda su historia.<br><br>Ya en marcha hacia Jerusalén, donde deberá padecer la condena a muerte por crucifixión, Jesús quiere preparar a los suyos para este escándalo —el escándalo de la cruz—, para este escándalo demasiado fuerte para su fe y, al mismo tiempo, preanunciar su resurrección, manifestándose como el Mesías, el Hijo de Dios. Y Jesús les prepara para ese momento triste y de tanto dolor. En efecto, Jesús estaba demostrando ser un Mesías diverso respecto a lo que se esperaba, a lo que ellos imaginaban sobre el Mesías, como fuese el Mesías: no un rey potente y glorioso, sino un siervo humilde y desarmado; no un señor de gran riqueza, signo de bendición, sino un hombre pobre que no tiene donde apoyar su cabeza; no un patriarca con numerosa descendencia, sino un célibe sin casa ni nido. Es de verdad una revelación de Dios invertida, y el signo más desconcertante de esta escandalosa inversión es la cruz. Pero precisamente a través de la cruz Jesús alcanzará la gloriosa resurrección, que será definitiva, no como esta transfiguración que duró un momento, un instante.<br><br>Jesús transfigurado sobre el monte Tabor quiso mostrar a sus discípulos su gloria no para evitarles pasar a través de la cruz, sino para indicar a dónde lleva la cruz. Quien muere con Cristo, con Cristo resurgirá. Y la cruz es la puerta de la resurrección. Quien lucha junto a Él, con Él triunfará. Este es el mensaje de esperanza que la cruz de Jesús contiene, exhortando a la fortaleza en nuestra existencia. La Cruz cristiana no es un ornamento de la casa o un adorno para llevar puesto, la cruz cristiana es un llamamiento al amor con el cual Jesús se sacrificó para salvar a la humanidad del mal y del pecado. En este tiempo de Cuaresma, contemplamos con devoción la imagen del crucifijo, Jesús en la cruz: ese es el símbolo de la fe cristiana, es el emblema de Jesús, muerto y resucitado por nosotros. Hagamos que la cruz marque las etapas de nuestro itinerario cuaresmal para comprender cada vez más la gravedad del pecado y el valor del sacrificio con el cual el Redentor nos ha salvado a todos nosotros. La Virgen Santa supo contemplar la gloria de Jesús escondida en su humanidad. Nos ayude a estar con Él en la oración silenciosa, a dejarnos iluminar por su presencia, para llevar en el corazón, a través de las noches más oscuras, un reflejo de su gloria.</div></div><div class="sp-block sp-button-block " data-type="button" data-id="3" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class="text-reset"><a class="sp-button" href="https://www.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2017/documents/papa-francesco_angelus_20170312.html" target="_blank"  data-label="Ángelus" data-color="@color1" style="background-color:@color1 !important;">Ángelus</a></span></div></div><div class="sp-block sp-divider-block " data-type="divider" data-id="4" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-divider-holder"></div></div></div><div class="sp-block sp-heading-block " data-type="heading" data-id="5" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><span class='h2'  data-color="@color1"><h2  style='color:@color1;'>Evangelio</h2></span></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="6" style="text-align:center;"><div class="sp-block-content"  style=""><b>Lectura del santo Evangelio según san Mateo 17, 1-9</b></div></div><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="7" style="text-align:justify;"><div class="sp-block-content"  style="">En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».<br><br><b>Palabra del Señor.</b></div></div><div class="sp-block sp-social-block " data-type="social" data-id="8" style="text-align:right;"><div class="sp-block-content"  style=""><div class="sp-social-holder" style="font-size:25px;margin-top:-5px;"  data-style="colors-outline" data-shape="square"><a class="facebook" href="https://www.facebook.com/diocesisdearecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-facebook"></i></a><a class="instagram" href="https://www.instagram.com/diocesisarecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-instagram"></i></a><a class="youtube" href="https://www.youtube.com/@Diocesis_Arecibo" target="_blank" style="margin-right:5px;margin-top:5px;"><i class="fa fa-fw fa-youtube"></i></a></div></div></div></div></div></div></section>]]></content:encoded>
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			<title>Bienvenidos</title>
						<description><![CDATA[“Vayan al mundo entero y prediquen el evangelio” (Mc. 16, 15)Queridos hermanos y amigos, católicos y no católicos, buscadores sinceros de la verdad, que sienten aquel anhelo de lo divino que describía san Agustín cuando oraba diciendo: “Nos has hecho Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. (Confesiones I, 1) Para el ser humano este deseo de trascendencia, de eterni...]]></description>
			<link>https://diocesisdearecibo.org/blog/2026/02/02/bienvenidos</link>
			<pubDate>Mon, 02 Feb 2026 15:41:28 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<section class="sp-section sp-scheme-0" data-index="1" data-scheme="0"><div class="sp-section-slide"  data-label="Main" ><div class="sp-section-content" ><div class="sp-grid sp-col sp-col-24"><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="0" style=""><div class="sp-block-content"  style=""><b><i>“Vayan al mundo entero y prediquen el evangelio” (Mc. 16, 15)</i></b><br><br>Queridos hermanos y amigos, católicos y no católicos, buscadores sinceros de la verdad, que sienten aquel anhelo de lo divino que describía san Agustín cuando oraba diciendo: “Nos has hecho Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. (Confesiones I, 1) Para el ser humano este deseo de trascendencia, de eternidad, de sentido de la vida ha estado estrechamente unido con la búsqueda de Dios. “Como busca la cierva corrientes de agua así mi alma te busca a ti, Dios vivo. Tengo sed de Dios” (Sal 41). Por eso inauguramos con júbilo esta página web de la Diócesis de Arecibo como instrumento precioso de evangelización: Informando, formando y acompañando.<br><br>Deseamos que quienes llegan a esta página sientan que no caminan solos. Esta plataforma está al servicio de la comunión eclesial. El documento “Alegría del Evangelio” dice que “La evangelización quiere conectar con el Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado. Muchos de ellos buscan a Dios secretamente movidos por la nostalgia de su rostro”. Hay personas que tienen una inquietud espiritual, pero no quieren acudir directamente a una parroquia o a un sacerdote. Quizá temen sentirse comprometidos demasiado pronto o atosigados por gente extraña, o sencillamente prefieren un camino más discreto. También puede haber católicos con preguntas sobre la fe que no se atreven a expresarlas para no parecer poco formados. Otros sencillamente buscan información pertinente a un asunto concreto como horarios de misas, catequesis, direcciones de parroquias, educación católica, jubileo mariano, etc.<br><br>Sea cual sea el motivo, esperamos ayudarte también para acercarte más a Jesucristo. Él es la razón fundamental de este esfuerzo. A través del Señor Jesús entrarás en comunión íntima con su Padre y con el Espíritu Santo, es decir, con la Trinidad Santísima, misterio de luz, vida y amor. Pero ten presente que mientras más conocemos a Jesús, más lo amamos y hasta te puedes sentir inclinado a seguirlo, pues su yugo es suave y su carga ligera. Si es así, déjate llevar. Pero no creas que se trata de algo de poca monta. Él, que lo ha dado todo, lo pide todo. La fe es gratis, no barata, porque la felicidad, la libertad y la vida nunca lo son. Bienvenidos a la página web de la Diócesis de Arecibo, que reiniciamos en este año Jubilar mariano por el 50 aniversario de la coronación de la Virgen de la Providencia. Que la bendición de Dios todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes. Amen.<br><br>+ Alberto A. Figueroa, Obispo de Arecibo<br><br></div></div></div></div></div></section>]]></content:encoded>
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			<title>MI CATEDRAL SE LEVANTA</title>
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			<pubDate>Mon, 02 Feb 2026 14:45:33 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<section class="sp-section sp-scheme-0" data-index="1" data-scheme="0"><div class="sp-section-slide"  data-label="Main" ><div class="sp-section-content" ><div class="sp-grid sp-col sp-col-24"><div class="sp-block sp-text-block " data-type="text" data-id="0" style=""><div class="sp-block-content"  style="">“MI CATEDRAL SE LEVANTA” No es solo el título de una campaña de promoción para la restauración de la Santa Iglesia Catedral San Felipe Apóstol. Son palabras que dan voz a un sueño y una esperanza. Han sido múltiples y complicadas las gestiones realizadas desde el devastador paso del Huracán María para lograr la asignación de fondos para las “casas de adoración” (Houses of worship) tras ser éstas incluidas en las ayudas de F.E.M.A. &nbsp;<br>&nbsp;En el caso específico de nuestra Catedral ese peso se hizo todavía mayor a raíz de la necesidad de hacer reparaciones no previstas ni cubiertas por el huracán y causadas por el incendio que afectó el interior del santuario en enero de 2024, causa directa del cierre del templo unos meses después. Sin embargo, esto no nos arredra, acabamos de concluir el Jubileo de la Esperanza, en el que hemos repetido tantas veces: “La Esperanza no defrauda”. Ahora estamos en el jubileo mariano por los 50 años de la coronación de la Virgen de la Providencia. Esta Catedral, fundada como parroquia en 1616, ha sido construida y reconstruida en múltiples ocasiones a causa de fenómenos naturales. Cada vez que esto ocurrió, nuestra gente con tesón y su confianza puesta en Dios puso manos a la obra de inmediato.<br><br>Hoy ya no se trata de la “parroquia San Felipe Apóstol” pues este templo, convertido en sede catedralicia hace sesenta y cinco años por San Juan XXIII, es ahora la Iglesia madre de todas las iglesias católicas de esta diócesis. En Arecibo salvó la vida de un naufragio por la llamada Poza del Obispo y en Arecibo murió en 1814 durante la visita pastoral Mons. Alejo Arizmendi, gloria de la iglesia puertorriqueña y primer hijo del País que ostentó la mitra episcopal. En la ermita de la Monserrate muy cercana a la actual catedral descansó a los pies de la Virgen hasta que al año siguiente se pudo trasladar a San Juan. &nbsp;Así, en la figura de aquel buen pastor, todos nos sentimos hermanados e igualmente convocados a ayudar en esta obra. Las 57 parroquias e innumerables capillas, las instituciones educativas, los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica. En fin, todo católico y todo hombre y mujer de buena voluntad debería considerar un verdadero privilegio poder apoyar este esfuerzo. MI CATEDRAL SE LEVANTA es un reclamo que debe llegar primero al corazón de todos los católicos, pero también a todos los que aprecian nuestra historia y ven en este monumento un testigo excepcional de tantos eventos felices y luctuosos sucedidos en la Muy Leal Villa del Capitán Correa enlazada indisolublemente con la Historia de Puerto Rico. Con el lanzamiento de esta campaña renovamos nuestro compromiso pleno con la restauración y embellecimiento de este templo sagrado fiel atalaya de la fe cristiana en Arecibo y en todo Puerto Rico.<br><br>A la Santísima Virgen María, bajo cuya advocación de La Providencia se logró terminar y restaurar la Catedral de San Juan le encomendamos este esfuerzo.<br><br>+ Alberto A. Figueroa, Obispo de Arecibo<br><br></div></div></div></div></div></section>]]></content:encoded>
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