 Saber detenerse en el camino
Domingo 15 c del ordinario
Muchas veces me he preguntado: “¿en qué consiste ser cristiano hoy?”
En mi vida he leído demasiados libros con títulos bien provocativos: “La esencia
del cristianismo”. Confieso que hasta ahora me han complicado más la vida que
todo lo que me han aclarado en mis dudas. En cambio, de una manera más simple y
sencilla, con una simple parábola, Jesús me acaba de aclararlo todo.
Reconozco que hasta ahora me han complicado más la vida. En cambio, de una
manera más simple y sencilla, con una simple parábola, Jesús me acaba de
aclararlo todo, “detenerse en el camino y no caminar dando rodeos cuando alguien
me necesita”.
La fe de los piadosos
Muchos nos damos por satisfechos con ser piadosos. Rezamos mucho. Oramos mucho.
Comulgamos todos los días. Realmente Tenemos una relación muy buena con Dios.
Bueno, eso creemos nosotros.
¿Será suficiente ser piadosos para ser buenos creyentes?
El Sacerdote “que bajaba por aquel lugar” era un hombre piadoso. Venía de
Jerusalén, posiblemente de cumplir con los servicios del Templo.
El Levita también venía de Jerusalén, posiblemente de hacer comentarios e
interpretaciones de la ley.
Sin embargo, fueron incapaces de detener su paso y acercarse al hombre caído y
maltrecho del camino. Muy devotos de Dios, pero demasiado insensibles hacia el
necesitado. A Dios se dirigían cada día de una manera directa. Pero llegados al
hombre herido, prefirieron “dar un rodeo y pasar de largo”. “Ojo que no ve
corazón que llora”.
Nuestra piedad puede ser un gran peligro. Puede llevarnos a la autosatisfacción
de sentirnos bien con Dios, y asegurarnos así nuestra salvación, pero
haciéndonos insensibles ante los problemas del hombre que tenemos a nuestro lado.
Me gusta lo que escribe Benedicto XVI en su Encíclica “Dios es caridad”: “Si en
mi vida falta completamente el contacto con Dios, podré ver siempre al prójimo
solamente como al “otro”, sin conseguir reconocer en él la imagen divina. Por el
contrario, si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo
“piadoso” y cumplir con mis “deberes religiosos”, se marchita también la
relación con Dios”. (DC 18)
Y añade: “Será únicamente una relación “correcta” pero sin amor. Sólo mi
disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible
también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mi ojos a lo que Dios hace
por mí y a lo mucho que me ama”. (id 18)
La piedad y los actos piadosos son buenos, pero tienen el peligro de engañarnos.
Tienen el peligro del individualismo religioso, de encerrarnos sobre nosotros
mismos y en nuestra religiosidad, y de olvidarnos del compromiso con los demás.
Un hombre poco piadoso
No sólo poco piadoso, sino pagano, infiel. Un samaritano.
También él pasa por el mismo camino. También él ve al hombre caído y
descalabrado por unos bandidos.
Posiblemente rezaba poco. Pero su corazón se enterneció ante aquel desconocido
herido en el camino.
Posiblemente también él llevaba prisa por llegar a destino. Pero la atención al
hombre necesitado era más urgente que sus prisas.
Ni dio rodeos ni pasó de largo. Bajó del caballo, le vendó las heridas y se lo
cargó hasta dejarlo en una posada. Y se hizo cargo de los gastos que todos los
cuidados implicaban. “Lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta”.
No se fijó si era judío o cualquier otro. Para él era un hombre.
No se fijó si era uno de los que no se hablaba con los samaritanos. Era un
necesitado.
No se fijó si alguien lo veía. Le era suficiente que él pudiera verlo herido.
No pensó que con ello se ganaría el cielo. Sencillamente manifestó su amor al
prójimo.
No se le veía mucho por la Iglesia. Pero se le veía vendando las heridas de los
demás.
No era muy amigo de curas. Pero llevaba dentro el amor al prójimo.
No daba mucha limosna a la Iglesia. Pero no le dolió abrir la billetera y gastar
lo que fuese necesario para curar al hombre herido.
No se preguntó si sería un hombre bueno o se había merecido la paliza.
Sencillamente vio en él a un hombre.
No se preguntó si algún día le devolvería el favor. Le bastó saber que era un
hombre y estaba en malas condiciones.
“La religión puede endurecer el corazón de muchas personas“… “Terminan por dar
más importancia a sus observancias que al dolor y las humillaciones que padece
la gente”. (J.M. Castillo)
No hay verdadero amor a Dios donde falta el amor al prójimo. Y “mi prójimo es
cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar” (Benedicto XVI n.15)
El segundo mandamiento es igual al primero. ¿Lo sabíamos?
P. Clemente Sobrado, C. P.
|