 Y Tú ¿qué dices de mi?
Domingo 12 c del ordinario
Hoy me permito un cierto atrevimiento y hasta descaro con Jesús. El hace dos
preguntas, las dos muy interesantes: “¿qué dice la gente de mí?” “Y vosotros qué
decís que soy yo?”
Claro que siempre resulta más fácil responder lo que piensan o dicen los otros.
Eso parece que nos lo sabemos de memoria. Lo difícil es responder ¿qué pienso yo?
Algo así como si tuviésemos claro lo que piensan y dicen los demás, y un tanto
oscuro e indefinido lo que pensamos cada uno.
¿No será que siempre es más fácil desnudar al otro que desnudarse uno mismo
delante de Dios?
A la primera pregunta respondieron todos. A la segunda sólo respondió Simón en
nombre de todos. Alguien tenía que dar la cara por el grupo. El silencio también
puede ser una manera de confesar nuestra falta de sinceridad con nosotros mismos
y nuestros miedos a descubrirnos demasiado. Mejor nos callamos. Que Simón, que
siempre es el más atrevido diga algo y dé la cara.
Pero hoy, yo quisiera invertir las preguntas. Aquí es Jesús quien pregunta y
nosotros los que tenemos que responder. Hoy quisiera ser yo mismo quien le hace
la pregunta a Jesús. ¿Será un atrevimiento? ¿Será un descaro de mi parte? Si
Jesús está interesado en saber lo que los demás pensamos de El, también nosotros
estamos interesados en saber lo que El piensa de nosotros. “Señor, ¿y Tú qué
dices, qué piensas de mi?” En un principio sentí miedo a que me dijeras la
verdad. Pero, pensándolo bien, saqué la conclusión de que Jesús piensa mejor de
mí que yo de El. Y que si a mí me da vergüenza contestar a sus preguntas,
ciertamente que Jesús no sentirá vergüenza alguna en responder a mías.
Además, nosotros estamos más acostumbrados a preguntarle a Dios que dejarnos
preguntar por El. Porque a todo lo que nos sucede, nuestra reacción inmediata
suele ser siempre: “¿Por qué, Señor? ¿Por qué a mí precisamente? Si te he pedido
tanto, ¿por qué no me escuchas? ¿Por qué no me consigues trabajo? ¿Por qué te
has llevado a este mi ser querido?” La Agenda de Dios está llena de preguntas
nuestras. Por eso, estoy seguro que mi pregunta ya no le va a extrañar.
Señor, ¿Tú qué piensas de mí como persona? Porque Tú me has dado la vida no para
que la conserve achatada y enana sino para que me realice humanamente, me
desarrolle humanamente. Llegue a ser una persona madura. Que como Tú, también
“crezca en edad, en el cuerpo, en gracia y en sabiduría”. ¿Habré madurado en mi
libertad o seguiré siendo todavía el “hijito de mamá”? ¿Habré madurado en mi
corazón sabiendo amar como Tú amas o estaré confundiendo mi amor con los deseos
de mi cuerpo? ¿Habré madurado, tomándome en serio a mí mismo, hasta llegar a ser
esa persona que Tú esperas de mí?
Señor, ¿qué piensas y dices de mí como bautizado? Porque Tú me has regalado
también esa otra vida de la gracia, que es la tuya, no para que tenga que vivir
una vida bautismal achatada por eso de que “no soy malo, no robo ni mato”. No me
has dado la vida nueva del Bautismo para que sencillamente quede registrada en
los archivos parroquiales o en las fotos del momento. ¿Muestro la verdad de mi
Bautismo en mi modo de pensar, en modo de vivir, en mi modo de actuar en el
mundo y en la Iglesia? ¿Soy realmente esa imagen del hombre nuevo nacido de tu
Pascua?
Señor, ¿qué piensas y dices de mí como sacerdote? Me llamaste un día, como a tus
discípulos, para hacerme ministro de tu Evangelio, de tu Palabra, de tu
Eucaristía, de tu Perdón. Para ser el pastor que te represente a ti, el Buen
Pastor, en medio de la comunidad. Para que conozca a tus ovejas, ¿a cuántas
conozco? Para que ellas me escuchen, ¿no estarán aburridas de mis palabras? Para
que ellas me sigan, ¿seré realmente un modelo para ellas? Y me has encargado
para que salga a buscar a las que no están en el rebaño. ¿Me habré arriesgado lo
suficiente o no me habré adaptado a mis comodidades?
Señor, ¿qué piensas y dices de nosotros como esposos? Nos bendijiste el día de
nuestra boda y nos dijiste que nos amásemos, nos sirviésemos mutuamente todos
los días de nuestra vida, y fuésemos una comunión de amor, y fuésemos el símbolo
de tu amor entre los hombres. Que nuestro amor fuese una fiesta en la que nunca
faltase el buen vino de la alegría pascual. Que diariamente tuviésemos llenas
del agua de nuestro esfuerzo y buena voluntad las vasijas de nuestras vidas,
para que Tú puedas hacer el milagro que despierte y afiance la fe de nuestros
hijos. ¿Recuerdas cómo nos veías el día de la Boda? ¿Y cómo nos sigues viendo
ahora?
Señor, ¿qué piensas de esta Iglesia de la que nos hiciste hijos y miembros
vivos? ¿Será esta Iglesia la que Tú pensaste? ¿Será esta la Iglesia que Tú
quieres hoy para el mundo y la humanidad?
¿Tú qué dices y piensas Jesús? Bueno, como Tú hablas al corazón, mejor me quedo
en silencio, que es la mejor manera de escucharte. Pero, cuidado, por si me hago
el sordo, háblame claro y háblame fuerte. Que no tenga motivos para decir que
también Tú callas.
P. Clemente Sobrado, C.P. |