 Una mesa y dos platos
Domingo del Cuerpo y Sangre de Cristo c
¿Recuerdas a Goudefroy?
Durante muchos años fue el motor de todo el movimiento marxista de Francia.
Primero, su padre y luego él, fueron Secretarios del Partido. Padre e hijo
fueron tenidos siempre como los grandes líderes del Partido, tanto por sus
conocimientos filosóficos como por su generosa entrega a la causa comunista.
Pero, Goudefroy, hijo, cometió un grave error. Abrirse a los famosos diálogos
iniciados por aquel entonces en Europa entre el Comunismo y el Catolicismo. Y
esta claudicación el Partido no se la perdonó. Porque los totalitarismos son
siempre así: piden ser escuchados, pero no quieren escuchar a nadie.
Un día, debía pronunciar su gran Discurso en el Plenario del Partido. Todas las
emisoras de radio habían conectado sus micrófonos. Terminado el discurso era de
esperar el gran aplauso. Sin embargo el salón quedó sumido en profundo silencio.
Ni un solo aplauso. La única voz que rompió ese cristal del silencio fue la de
uno de los dirigentes que dictaba la sentencia de expulsión de Goudefroy del
seno del Partido. Fue como un declarar la muerte del gran dirigente que ahora no
era ni significaba nada para sus camaradas.
Apesadumbrado, roto en su vanidad y orgullo y en sus más hondos sentimientos, se
dedicó a vagar en silencio por las calles de París. Sin saber por qué ni cómo,
decidió entrar en la casa de su ex esposa, de la que estaba separado y a la que
había abandonado, hacía tiempo.
Salió a abrirle la misma esposa. Lo invitó a entrar. Pasa. Pero se dio con la
sorpresa de que en la mesa había dos platos.
Disculpa, le dijo, parece que tienes algún invitado.
Sí, claro que tengo un invitado. Eres tú.
¿Yo?
Sabía que en estos momentos, la única que podría comprenderte y acogerte y
seguir amándote era yo. Entra y siéntate para que comamos.
Recién ahora, dijo Goudefroy, comienzo a entender lo que es ser cristiano. Saber
amar. Y amar, precisamente cuando ya nadie te ama.
Los grandes argumentos de la fe cristiana no son precisamente los argumentos de
la cabeza, de la filosofía, de la razón. Al final de todo, los grandes y únicos
argumentos capaces de despertar la fe en el corazón son el testimonio del amor y
de la caridad.
Es el amor y es la caridad lo que realmente nos debiera distinguir como
cristianos de todo el resto. En realidad, ya Jesús lo había dicho: “en esto
conocerán que sois discípulos míos, si os amáis los unos a los otros”. (Jn
13,35) O cuando dice: “Padre, que todos sean uno… para que el mundo crea que Tú
me enviaste”. (Jn 17,20-25)
Goudefroy entendió el cristianismo, no en los diálogos intelectuales entre
marxistas y católicos, aunque tampoco podemos negar que pudieron ser la
preparación del camino.
Entendió el cristianismo, cuando encontró una puerta abierta, cuando todas las
demás se le habían cerrado.
En una mesa puesta, cuando todo el mundo le relegaba al silencio y su figura
política pasaba al anonimato.
Una puerta que se abre.
Un plato que se pone a la mesa.
Ellos solos son suficientes para que alguien incrédulo y materialista ateo,
pueda encontrar los caminos de la fe y pueda hacer la más maravillosa confesión
de su vida: “Ahora entiendo el cristianismo”. “Soy cristiano”.
Con frecuencia, no son los grandes acontecimientos los que más revelan al rostro
de Dios al hombre.
A veces, las cosas sencillas, las cosas del corazón, las cosas del amor, dicen
mucho más al corazón humano.
Los signos pascuales de la fe:
En la Ultima Cena Jesús se hizo pan de comunión, de amor y de entrega a los
demás.
Por eso, la mesa de la Eucaristía es el espacio pascual del encuentro con el
Resucitado.
Por eso, la mesa de la Eucaristía es el espacio donde cada domingo se reúnen los
creyentes para encontrarse con El y encontrarse entre ellos.
En Emaús, también se tendió el mantel sobre una mesa para cenar. Y allí “se les
abrieron los ojos”.
Junto al Lago, un pescado asado sobre una brasas. “Es el Señor”.
Dios necesita testigos, no de su poder ni de su saber, sino “testigos de su
amor”.
El poder no une a las personas, las ata. La ciencia y el saber tampoco.
Pero el amor es capaz de vencer la terquedad de la inteligencia y el orgullo del
poder.
¿Queremos cambiar al mundo? ¿Cómo?
¿Demostrando que eres más que los demás? De seguro que te vas a quedar solo en
la vida con todo tu poder, y el mundo seguirá igual.
¿Demostrando que sabes más que los demás? Créeme, te vas a quedar con tu ciencia
y cuatro alabanzas y aplausos, pero encerrado en tu soledad.
Sólo cuando seamos capaces de amar, habremos comenzado a hacer un poco mejor a
nuestro mundo.
Sólo cuando amemos más, lograremos una familia humana mejor y más feliz.
Sólo cuando amemos más, habremos conseguido que los demás puedan decir: “Ahora
sabemos lo que significa ser cristiano”. “Ahora ya podemos creer en Dios y en
Jesús su enviado”.
P. Clemente Sobrado, C. P. |