 Hora de mirar a la tierra
Domingo 7 de Pascua Ciclo c Ascensión de Jesús
Se nos ha insistido mucho en que tenemos que mirar al cielo. Bueno, los
astrónomos se pasan la vida mirando al cielo, a las estrellas, y para ellos se
han inventado unos tremendos telescopios que pueden ver hasta los infinitos
espacios a donde el ojo humano no puede llegar.
Pero puede suceder que el hombre actual, de tanto mirar a las estrellas y a la
luz y demás astros, se esté olvidando de lo que está sucediendo en la tierra y a
su lado. Estamos preocupados si hay vida allá arriba en la luna, en Neptuno, o
en cualquiera de los astros y estrellas de nuestra galaxia.
Pero:
¿Nos dicen algo esas vidas que sí sabemos que existen a nuestro lado y de las
que apenas nos preocupamos?
¿Nos dicen algo esos niños que se están muriendo hoy mismo de hambre en el mundo?
¿Nos dicen algo esos ancianos que viven cada día rumiando su soledad porque
nadie tiempo para ellos?
Nos dicen algo esos hombres y mujeres que viven con la angustia de no encontrar
trabajo y se ahogan en su impotencia y frustración diaria?
Sí, es bueno mirar “hacia arriba”. Pero ¿y cuándo vamos a mirar “hacia abajo, a
nuestro lado”?
El cristiano es el que mira al cielo, pero sin olvidarse de mirar a la tierra.
El cristiano podrá descubrir a Dios en esas maravillas del Universo, pero ¿no se
estará olvidando de descubrir y encontrarse con Dios aquí abajo, no en las
estrellas del firmamento, sino en esas otras estrellas tan misteriosas y tan
reales como somos cada uno de los hombres y mujeres que caminamos por los
caminos del mundo?
Mientras nosotros nos empeñamos en mirar “hacia arriba”, Dios sigue empeñado en
mirar “hacia abajo”. El verdadero campo donde se recrean los ojos de Dios es el
mundo de los hombres. El jardín de Dios es el mundo. Y los hombres son sus
flores. Por eso mismo, me encanta la frase de esos “dos hombres, vestidos de
blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”
Dios no nos ha regalado ni esos catalejos que llamamos “largavistas”, ni tampoco
esos telescopios enfocados todo el día hacia el espacio. Nos ha regalado unos
ojos para ver que lo está lejos si, pero sobre todo, lo que está cerca. Siempre
me ha resultado curiosa la experiencia de mis gafas. Son trifocales. Para lejos,
para la visión intermedia y para ver de cerca. Necesito mirar y ver lejos.
Necesito mirar y ver a una distancia intermedia. Y necesito mirar y ver lo de
cerca. Acabo de cambiarlas. Me han dejado la misma medida para lejos, lo mismo
que para la intermedia, pero me han modificado la de cerca, porque era donde
tenía más dificultades con mi ojos.
¿Será que también yo veo bien el horizonte lejano, pero no veo a mi hermano que
tengo a mi lado?
¿Será que también yo veo bien a una distancia prudente, pero no puedo leer la
vida, las alegrías y las penas de mi hermano que está junto a mí?
Para caminar necesito ver el horizonte que está lejos, pero si no veo el camino
donde voy a poner mis pies, estoy seguro que me voy a tropezar.
Jesús se nos va. Pero nos deja ahora a nosotros.
Y no nos pide que nos quedemos “plantados mirando al cielo”, a las nubes.
Nos pide que bajemos los ojos y veamos los caminos de la vida, los caminos de
los hombres.
Nos pide que bajemos del monte a los caminos que Él mismo anduvo, saliendo al
encuentro de los hombres.
Que miremos, sí a Dios, pero mirando a los hombres.
Que contemplemos, sí a Dios, pero contemplando a los hombres.
Que contemplemos, sí el Cielo, pero contemplando también la tierra.
Que estamos llamados también nosotros a subir a los cielos. Pero que los caminos
del cielo pasan por los caminos del encuentro con los hombres a los que tenemos
que anunciarles el Evangelio, amarles, solidarizarnos con ellos y comprometernos
con ellos.
Además nosotros ya sabemos que el cielo no es el firmamento ni lo que está al
otro lado del firmamento. Sabemos que el verdadero espacio, la verdadera casa
donde Dios mora, es el corazón de los hombres. Y que Dios no necesita de
geografías, porque Dios es un estado de vida.
La Ascensión es una invitación a mirar al cielo. Pero también a mirar a la
tierra.
Es una invitación a mirar a Dios. Pero también a mirar a los hombres.
Es una invitación a mirar al que regresa a su condición divina. Pero sin
olvidarnos de su condición humana de un Dios encarnado.
Oración
Señor: Te nos vas. Pero te nos quedas.
Regresas a tu condición divina y nos pides que no olvidemos
nuestra condición humana.
Que Tú no dejas aquí tu encarnación, sino que la llevas contigo
trasformada por tu Resurrección.
Tampoco nosotros cuando volvamos a Ti,
no dejaremos nuestra condición de hombres y mujeres,
pero transformados por nuestra resurrección.
Y mientras tanto, Tú sigues invisible en medio de nosotros.
Que nosotros nos hagamos visibles en medio de los hombres.
P. Clemente Sobrado, C. P.
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