 Perdonen, estoy en la calle
Domingo 3 Pascua Ciclo C
Cuentan que un Párroco colgó un letrero un tanto provocativo en la puerta de la
Iglesia. La gente que quería encontrarse con Dios venía todos los días a
visitarlo a la Iglesia. Entonces el Párroco puso un letrero colgado en la puerta
que decía: “Si me buscan, disculpen, no estoy en casa, estoy fuera, en la calle”.
Me viene este recuerdo a la mente, hoy que leo este Evangelio de la aparición de
Jesús en el Lago.
Es curioso. Ninguna aparición de Jesús en el Templo de Jerusalén.
Ninguna aparición de Jesús a los Sacerdotes y Sumos Sacerdotes del Templo.
Todas las apariciones tienen lugar, no en un espacio sagrado como el Templo,
sino en un espacio, llamémosle profano:
La primera aparición anunciando el acontecimiento de la Resurrección tiene lugar
en una casa y en condiciones demasiado humanas: las puertas cerradas por miedo a
los judíos.
La otra aparición tiene lugar el mismo día, en el camino y en una cena en Emaús.
La otra aparición tiene lugar también en la misma casa del primer día de la
semana.
Esta tiene lugar, allí mismo donde Jesús los encontró por primera vez hacía tres
años: en el Lago, con las manos en las redes y cansados de tanto bregar.
¿Se acabaron los templos y el mundo vuelve a convertirse en espacio de
revelación y de encuentro con Dios? En la Ultima Cena Jesús, en su oración al
Padre, dejó bien claro: “No te pido que los saques del mundo, sino que los
preserves del mundo”.
Pedro vuelve al mismo lugar del primer encuentro. El lago.
Y a los mismos quehaceres: la pesca.
Después de tres años en compañía de Jesús, vuelve a lo único que sabe hacer y
que casi ya se ha olvidado: las redes y la pesca.
Los demás discípulos siguen los pasos de Pedro.
También ellos vuelven a los quehaceres de cada día.
Vuelven a la redes, al lago y a pescar.
Y es ahí, donde todo comenzó, donde Jesús vuelve a encontrarse con ellos.
Y no se manifiesta rezando sino en lo que a Jesús más le encantó siempre. En una
comida. Sólo que esta vez:
Es Jesús mismo el cocinero que enciende el fuego y se pone a asar un pescado.
Es Jesús el que se pone el delantal de cocinero y pide le den más pescados para
que todos puedan comer.
Es Jesús el que invita a almorzar: “Vamos, almorzad”.
Es “la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar
de entre los muertos”.
La resurrección de Jesús rompe ese dualismo entre lo sagrado y lo profano,
porque para Dios todo lo profano es sagrado. Porque todo el mundo es espacio de
revelación y de encuentro con Dios.
Dios se revela allí donde están los hombres.
Dios se manifiesta allí donde trabajan los hombres.
Dios se revela y manifiesta allí donde viven y se divierten los hombres.
Los caminos son buenos espacios para que Jesús se haga compañero de los hombres.
La mesa de la cena es buen espacio para que Jesús se manifieste a sí mismo y los
hombres le reconozcan.
El Lago, las redes y la barca y unas brasas encendidas, son buenos espacios para
que los hombres puedan decir: “Es el Señor”. Sin necesidad de preguntarle “quién
era, porque sabían que era el Señor”.
Jesús se manifiesta y revela cuando le ofrecen una silla a la mesa para cenar:
Emaús.
Jesús se manifiesta y revela cuando él mismo invita a comer. El Lago.
Jesús se revela cuando invitamos a alguien a nuestra mesa rica o pobre.
Jesús se revela invitándonos también El a compartir su propia mesa, aunque no
haya sillas donde sentarse sino la hierba verde del campo.
Eucaristía al aire libre. El mundo altar de Eucaristía. El mundo se ha
convertido desde entonces en templo de la presencia de Dios. El trabajo se ha
convertido desde entonces en espacio de revelación y de encuentro con Dios.
La Resurrección transformó el cuerpo de Jesús, pues resucitado, ya no cabe en
aquel cuerpo humano de siempre.
La Resurrección transformó el mundo, el trabajo, los quehaceres de cada día, en
lugares de manifestación y de encuentro con El.
La Resurrección ha sacado a Dios, no solo del sepulcro, sino también de espacios
especiales y lo ha abierto al gran espacio que llamamos mundo, vida, trabajo,
ocupaciones. En la mañana de Pascua lo buscaban en el templo del sepulcro. Y El
andaba libre por el jardín.
En cada templo tendríamos que poner un letrerito que diga: “Disculpen no estoy
en casa. Estoy en la calle”. El mundo entero es espacio de resurrección y de
encuentro con el Resucitado: la familia, la calle, el mundo del trabajo, el
mundo de la diversión, el autobús o el auto particular, la cafetería o el
restaurante.
Oración:
Señor: También Tú sufres claustrofobia. Te gustan los espacios libres.
Te gustan los espacios donde viven y se divierten los hombres.
Y nosotros empeñados en encerrarte en una casa.
Danos ese gozo pascual de poder encontrarte fuera, en la calle.
Danos la gracia de sentir que también Tú andas por donde nosotros andamos.
P. Clemente Sobrado, C. P. |