 Un despertar sin luz
Domingo 2 Adviento, Ciclo C
En el desierto acaba de aparecer una nueva luz. Es la figura de Juan que desde
las calurosas arenas del desierto clama una nueva esperanza. Una esperanza en
medio de las desesperanzas. La esperanza de que algo nuevo comienza a florecer
en el desierto. Es la esperanza de la conversión, del cambio, de los caminos que
se allanan y se abren paso.
Una esperanza que no nace en el Templo sino lejos, en el desierto, que es donde
todo lo nuevo comienza. Por tanto, una voz que grita lo nuevo que está por venir
y está por llegar.
Hoy se necesita esa voz del Bautista que siembre la esperanza en tantos
corazones desesperanzados.
Ciertamente que el amanecer de este día tenía muy poca luz. Y no porque no
luciese el sol. Sino porque la radio nos ofrecía en su programa “mientras usted
dormía” unas tristes noticias.
Mientras yo dormía, una joven y un profesional se habían quitado la vida.
La muchacha se había tirado de un puente.
El profesional posiblemente se envenenó en un hotel.
¿Razones? Los periodistas constataban el hecho. Las razones pueden ser muchas.
Aunque los verdaderos motivos, es posible que sólo los conozcan las pobres
víctimas.
Las cartas que suelen dejar, no siempre responden a toda la verdad.
Las cartas que se aluden a motivaciones, con frecuencia, muy superficiales.
Decepciones amorosas. Problemas económicos. Problemas de celos.
Es posible que esas razones fuesen el detonante último. La última gota que hizo
rebasar el vaso. Pero antes hay todo un camino. Hay todo un proceso. Hay toda
una historia secreta y oculta, que con frecuencia ni las pobres víctimas son
conscientes de ellas. El suicidio es término de un camino que suele irse
gestando desde lejos.
¿Alguien se atreve a hacerse juez de estos acontecimientos? El corazón humano es
muy misterioso. ¿Qué sucede ahí dentro para que se sienta la muerte como una
solución a la vida? ¿Qué ha sucedido en la vida para que haya perdido valor y
sea preferible morir? Frente al suicidio de las personas, y sobre todo, cuando
se ha, de alguna manera generalizado tanto, caben dos actitudes:
Callar ante el misterio.
Preguntarnos qué parte tenemos todos en él.
Callar. Que no es el silencio de la indiferencia. Sino un silencio que a todos
nos habla dentro, nos cuestiona dentro y nos interroga dentro.
Callar, para no manosear periodística y morbosamente el misterio haciendo todas
las hipótesis posibles. Las razones últimas siempre serán parte del misterio de
la vida de cada uno. Tal vez lo menos importante sea la última razón para tales
decisiones.
Y preguntarnos. Porque en el fondo, la vida de los demás, no puede ser ajena
para nadie. Y de alguna manera, puede que sean muchos los factores que han ido
configurando el desenlace fatal.
¿Quién ha sembrado esa vida con las verdaderas semillas que floren en vida?
¿Quién ha sembrado esa vida con las semillas del engaño y la mentira?
¿Quién ha matado las ilusiones que un día fueron primavera en ellos?
¿Quién ha llenado de vacíos vitales esas vidas?
¿Quién los ha puesto frente a una vida sin vida?
Y hasta cabría preguntarnos si los que aún seguimos en el camino de la vida, no
estaremos llevando demasiado muerte dentro de nosotros. Y que por eso mismo
somos incapaces de despertar vida en los demás.
Juan es la palabra que suena en el silencio del desierto. Pero suena como una
invitación a salir de nuestra triste y dolorosa realidad y abrirnos a una
esperanza que aún no se ve pero que está cerca. Como él todos estamos llamados
a:
Ser portadores de razones de esperanza.
Ser creadores de razones de esperanza.
Ser comunicadores de razones de esperanza.
Clemente Sobrado C.P. |