 Hasta vaciar los bolsillos
Domingo 32 Tiempo Ordinario, Ciclo B
Cuando era seminarista, en el Seminario había como medio centenar de colmenas.
Cuando llegó el momento de extraer la miel, el encargado, nos dijo el primer día:
“pueden comerse toda la miel que quieran”. Para mí me sonó a fiesta. Por fin
podía comer miel hasta saciarme. Pero cuál fue mi desilusión cuando después de
hartarme de miel sentí que mi lengua se había como anestesiado. Había perdido el
gusto y hasta la miel me repugnaba verla.
Había perdido la sensibilidad en mi lengua y en toda mi boca.
¿No nos estará sucediendo esto mismo con nuestra sociedad de bienestar que, de
tanto consumo, perdemos la sensibilidad frente a las necesidades de los demás?
El Evangelio de hoy despierta en mí dos consideraciones:
Una, la sensibilidad de los necesitados hacia los necesitados.
Otra, el estilo de ver y mirar que tiene Jesús.
Es que en la vida todo depende de cómo la vemos y la miramos.
Sensibilidad de los necesitados
Es interesante la frase de Jesús, mientras contempla a la viuda echando su
limosna en el cepillo del templo. “ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo
que tenía para vivir”. Es posible que su propia experiencia de “vivir en la
necesidad”, la hubiese sensibilizado frente a quienes como ella están con la
soga al cuello. Pareciera que es preciso pasar por esas experiencias dolorosas
para comprender la experiencia de los demás.
Quien nunca ha pasado hambre, no sabe lo que es el hambre.
Quien nunca ha sufrido sed, no sabe lo que es tener sed.
Quien nunca ha estado enfermo, no sabe lo que es la enfermedad.
Quien nunca ha estado en la cárcel, no sabe lo que es estar preso.
Quien nunca ha estado solo, no sabe lo que es la soledad.
Quien nunca ha carecido de una casa cómoda, no sabe lo que es que llegue la
noche y no saber donde dormir.
A veces las propias necesidades nos hacen comprender mejor las necesidades del
otro, mientras que quienes nunca las han experimentado solo las conocen de
memoria pero nunca les llegan al corazón. La pobre viuda, pasaba necesidad, por
eso, desde sus propias carencias fue capaz de dar todo lo que tenía para vivir.
¿Alguien da más?
El estilo de ver y mirar
Pero el Evangelio de hoy nos enseña también otra cosa. ¿Cómo miramos nosotros
las cosas? Alguien pudiera decir: con esos centavitos de la vieja viuda, el
tesoro de Templo no se engordará demasiado. En cambio, Jesús vio la cosa, no
desde la capacidad de almacenamiento de las arcas del Templo, sino desde la
generosidad del corazón. Las cosas son como las miramos.
Tagore escribía: “¡Abre de par en par las puertas, que entre la luz de la mañana!”
Todos, al levantarnos, abrimos las ventanas para que se airee la habitación.
Porque una habitación cerrada mucho tiempo termina oliendo a humedad. Con
nuestras vidas suele suceder algo parecido.
Si nos cerramos a los demás, poco a poco nos irá entrando la humedad y el moho
en el corazón.
Si nos cerramos a los demás, poco a poco nos irá entrando la humedad a nuestras
ideas y a nuestro modo de pensar.
Pero si cada mañana comenzamos por abrir nuestras mentes a los demás, veremos
que todos tienen una luz nueva.
Si cada mañana comenzamos el día abriendo nuestros corazones a los demás, nos
iremos dando cuenta durante el día de que los demás son mejores de lo que
pensábamos. Que no eran tan malos y que incluso pueden ayudarnos a ser nosotros
mejores.
Si cada mañana comenzamos el día abriendo nuestra mano a los demás, luego los
sentiremos más amigos y más cercanos a nosotros.
Alguien escribió que “el mundo es no como es sino como nosotros lo vemos”. Algo
parecido pudiéramos decir de los demás. No suelen ser lo que son sino como
nosotros somos capaces de verlos. Todo depende de cómo los miramos. Todo depende
de cómo los vemos. Podrán tener muchos defectos. Pero para nosotros seguirán
siendo como nosotros los vemos y miramos.
¿Cómo es para ti el mundo? Dime cómo lo miras.
¿Cómo son para ti los demás? Dime cómo los miras”.
¿Cómo es Dios para ti? Dime cómo lo miras.
Las ventanas no solo dejan entrar la luz en la habitación, también nos dejan ver
la belleza del parque. La ventana de nuestros ojos no solo nos deja ver a los
demás, sino que nos hace ver el interior y la verdad de sus vidas.
Oración
Señor: No te pido me hagas pasar hambre, pero sí que me des sensibilidad
con los que pasan hambre.
No te pido que me dejes solo, pero sí que me des sensibilidad para los sufren
soledad.
No te pido que me olvides, pero sí que me des sensibilidad para todos los
olvidados.
Señor: Dame tus ojos para que pueda ver como Tú ves, mirar como Tú miras.
Porque quisiera ver a los demás, como Tú los ves.
Quisiera ver el mundo como Tú lo ves.
P. Clemente Sobrado, C. P. |