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diocesisdearecibo.org - Los gritos de los que molestan
Tiempos Litúrgicos: 2009151 - Los gritos de los que molestan

Los gritos de los que molestan
Domingo 30 Tiempo Ordinario, Ciclo B

Molestan los gritos del niño que llora durante la noche y no nos deja dormir.
Molestan los gritos del marido que no sabe decir las cosas con suavidad.
Molestan los gritos de la esposa que no quiere escucharnos.
Molestan los gritos de la calle que nos impiden hablar.
Molestan los gritos del enfermo que se retuerce de dolor.
Molestan los gritos del anciano que reclama más atención.
Molestan los gritos de los inocentes detrás de las rejas sin juicio alguno.
Molestan los gritos de los sufren nuestras guerras.
Molestan los gritos de los que no tienen techo para dormir esta noche.
Molestan los gritos de los que tienen hambre y piden pan.
Molestan los gritos de los pobres que no se resignan a seguir en la miseria.

Los que acompañaban a Jesús “le regañaban para que se callara”. Pero “él gritaba más”.
Lo más fácil es acallar los gritos de los que nos molestan reclamando sus derechos, mientras nosotros tenemos quien defienda los nuestros, que escucharlos y brindarles nuestra defensa.
Lo más fácil es acallar los gritos de los pobres que ya se han hartado de sentirse marginados de la sociedad, mientras a nosotros no nos falta nada, que quieren luchar por una justicia social en la que a nadie le falte lo necesario para vivir con dignidad humana.
Lo más fácil es acallar los gritos de los que tienen hambre, mientras a nosotros nos sobra pan en la mesa, que compartirlo con ellos.
Lo más fácil es acallar los gritos de los que nos dicen la verdad que nos duele y molesta, que ser honestos y escuchar a quien nos la dice.
Lo más fácil es acallar el grito de los pueblos que se mueren de hambre, que compartir lo nuestro con todos ellos.
Lo más fácil acallar el grito de los que sufren, que acercarnos a ellos y brindarles nuestro apoyo y nuestra ayuda y consuelo.

Jesús asume una actitud distinta. Más allá de los que le mandan callar y que no fastidie, Jesús sí logra escuchar los gritos del ciego. Y asume cuatro actitudes:
Primero “se detiene”.
Segundo “manda llamarlo”.
Tercero entabla un diálogo cordial con él “¿qué quieres que haga por ti?”
Para finalmente sanarlo: “Anda, tu fe te ha curado”.

Ante todo, no podemos pasar de largo como quien no escucha el grito de los demás. Es preciso detener nuestras prisas, porque la verdadera prisa es que “un ciego pueda ver”. El dolor y el sufrimiento que no se escucha, no nos duele, “corazón que no siente, corazón que no duele”.

Es preciso detenerse y no seguir adelante como quien no tiene oídos para escuchar el sufrimiento y la soledad y la pobreza de los que se quedan tirados a la vera del camino. Lo nuestro puede esperar. El hambre de hoy no puede esperar a mañana. La soledad de hoy no puede esperar para el día siguiente.

Es preciso “llamarlo” hacerle sentir que no nos es indiferente y que bien vale la pena llegar tarde que dejarle a él abandonado. Nada consuela tanto como cuando uno se siente llamado por su propio nombre y que alguien se interesa por él.

Es preciso entablar una relación fraterna y de amistad y no simplemente tirarle unas monedas en el sombrero. El diálogo muestra interés, muestra cordialidad, afecto, respeto y cariño. Dialogar su problema con el otro es una delicadeza del corazón y es un hacerle recuperar su propia dignidad.

“Anda, tu fe te ha curado”. Esto me suena a aquello que dice el Concilio hablando del apostolado de los laicos: “se considere con máxima delicadeza la libertad y la dignidad de la persona que recibe la ayuda… y se ordene el auxilio de forma que quienes los reciben se vayan liberando poco a poco de la dependencia y se vayan bastando a sí mismos” (AA n. 8)
Hacer el bien sin humillar a la persona que se ayuda.
Hacer el bien haciendo que la persona se sienta bien y sienta su dignidad.

Es lo que hace Jesús. No le dice “yo te sano”, “yo te devuelvo la vista”. Me quedas obligado y deudor del beneficio recibido. Al contrario:
“Anda, tu fe te ha curado”.
“Eres tú mismo quien te has sanado”.
Eres tú mismo quien has hecho el milagro.

La verdadera caridad y el verdadero milagro no consiste solo en que ahora vea, sino en hacerle sentir lo importante que es él mismo. “Has sido tú el autor de la recuperación de visión”.
Hacer el bien, sí. Pero hacerlo de tal manera que la persona entera quede curada. En su enfermedad y como persona. Tú vales, tú eres importante. Tú lo has hecho.

Oración
Señor: Cuando los demás quieren apagar los gritos de nuestro corazón,
Tú sigues escuchándolos.
Cuando los demás se sienten molestos de nuestras quejas,
Tú te sientes conmovido.
Cuando los demás no impiden acercarnos a ti, Tú nos llamas.
Enséñanos a ayudar a los demás sin estridencias, sin ruidos.
Que nuestra ayuda suene en su corazón y no en los oídos de los demás.
Que cuando ayudemos, el otro se siente más persona,
más digno y no rebajado ni dependiente de nosotros.

P. Clemente Sobrado, C. P.

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