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diocesisdearecibo.org - Una enfermedad llamada Jesús
Tiempos Litúrgicos: 2009107 - Una enfermedad llamada Jesús
Una enfermedad llamada Jesús Dom

Una enfermedad llamada Jesús
Domingo 24 Tiempo Ordinario, Ciclo B

Hace unos meses una señorita me contaba que estaba “locamente enamorada”. Dejándola hablar de su loco enamoramiento, llegué a la conclusión de que el chico no merecía la pena. Tomaba y era adicto. Cuando trataba de hacerla reflexionar, siempre la misma respuesta: “pero, Padre, yo lo amo”. Ahí me convencí de que el amor suele ser una enfermedad incurable o que solo se cura con el matrimonio. Y pensé en lo que algún día escribió Ibn Arabi: “aquel que ha quedado atrapado por esa enfermedad que se llama Jesús, no puede ya curarse”.

Y pensé en mí mismo, tratando de diagnosticar si estaba sano o enfermo. Y me entró un escalofrío en el alma. Me sentía demasiado más sano que enfermo. ¡Y eso que me he jugado la vida desde joven por Jesús! Pero me preguntaba a mí mismo si mi fe era la “fe en algo” o la “fe en Alguien”. Porque éste creo que es el verdadero problema de los creyentes.

Los discípulos supieron responder todos a una lo que pensaba y decía la gente sobre Jesús. Pero, a pesar de seguirle y ser discípulos suyos, se quedaron medio mudos cuando les clavó la pregunta personal “¿y vosotros quién decís que soy yo?”
Sabían responder por los demás.
Pero no sabían responder por ellos mismos.
Pedro debió salvar la situación haciendo una confesión de la divinidad de Jesús.

Es que la fe no consiste tanto en creer doctrinas o ideas, cuanto en enamorarse de “alguien”. Enamorarse de Jesús. Ninguno tenemos problemas en recitar o cantar el Credo. Nuestro problema está cuando alguien nos pregunta “¡y quién es Jesús para ti?!”
Iglesia ¿quién es Jesús para ti?
Bautizado ¿quién es Jesús para ti?

Tenemos una Sagrada Congregación para la Doctrina de la fe. Puede que tenga su importancia.
Pero ¿tiene la Iglesia una Congregación para la vivencia y la fe en Jesús?
Yo no estoy seguro de que mi fe pueda alimentarse sólo de la doctrina y de la teología.
Porque no estoy seguro que yo pueda vivir solo de ideas, ni pueda enamorarme de las ideas o de las doctrinas.
Sólo es posible enamorarse de “alguien”, de “una persona”.
Jesús no pregunta: ¿qué dice la gente de mis enseñanzas?
Sino, “¿quién dice la gente que soy Yo?”
Y no pregunta a sus discípulos “y vosotros qué pensáis de mis doctrinas?”
Sino, “y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?”

Ser cristiano no es seguir una doctrina, sino seguir a una persona, seguir a Jesús. Ser capaz de dejarlo todo por El.
Ser cristiano no es enfermarse por unas doctrinas, sino enfermarse de amor por la persona de Jesús. Esa fue la enfermedad de Pablo: “ya no soy yo sino que es Cristo quien vive en mí”. “No quiero saber entre vosotros otra cosa que a Jesús y a éste crucificado”. Es que Pablo no se encontró con una doctrina, sino que se encontró con la persona de Jesús el Resucitado.

Me temo que la Iglesia esté demasiado preocupada por la ortodoxia doctrinal y esté relegando a un segundo plano la figura y la persona de Jesús. Tal vez no lo relega, pero tampoco lo presenta como la prioridad de la fe, al menos si lo vemos a la luz de nuestra predicación y de nuestras catequesis. Es posible vivamos más preocupados por el llamado “depósito de la fe” que son las doctrinas de la fe, que de la experiencia de Jesús en cada uno de nosotros.
Puede haber cristianos que saben muy poco de teología, pero sienten un profundo amor por Jesús.
Puede haber cristianos que, en su vida, no han podido leer un libro, pero sienten profundamente en su corazón la persona de Jesús.
Estoy totalmente de acuerdo con el teólogo K. Lehmann cuando dice que “el hombre moderno sólo será creyente cuando haya hecho una experiencia auténtica de adhesión a la persona de Jesús”.

Estoy convencido que el hombre actual no pregunta al cristiano ¿cuánto sabes de Jesús, sino quién es Jesús y quién es Jesús para ti?

Oración
Señor: Siento que también me preguntas y nos preguntas:
“y vosotros quién decís que soy Yo”.
Yo quisiera decirte que Tú eres el centro de mi vida, el eje de mi fe.
Quisiera decirte que también yo
“sufro esa enfermedad incurable de vivir enamorado de Ti”.
¿Sería sincero en decirte que sí?
Tú eres el que mejor conoce la verdad de mi fe,
porque eres el que mejor conoce la verdad de mi corazón.

P. Clemente Sobrado, C. P.

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