 El hombre: oído y palabra
Domingo 23 Tiempo Ordinario Ciclo B
Un sordo y mudo. Y sin nombre. ¿Un hombre resignado a su soledad? Porque en
realidad no es él quien acude a Jesús, sencillamente otros lo presentan.
Un hombre que ha pasado toda su vida encerrado en su soledad. Porque:
¿Hay mayor soledad que no escuchar a nadie?
¿Hay mayor soledad que no comunicarse con nadie?
“Sólo hay un sufrimiento y es el estar solo”, escribía el filósofo G.Marcel. La
soledad no es el único sufrimiento. Pero sí el que, tal vez, más hondo toque el
corazón del ser humano.
Hemos sido creados para la comunicación y por eso se nos han dado dos orejas
para “escuchar a los demás” y una lengua para “comunicarnos con los demás”.
Alguien sintió compasión del pobre sordo y mudo. Y lo llevaron a Jesús. Es
cierto que el relato evangélico tiene una connotación bautismal. Pero también
una connotación profundamente humana.
Una connotación bautismal, ya que por el bautismo recibimos el don y la
capacidad de relacionarnos con Dios escuchando su Palabra. Y también la
capacidad de poder comunicarnos con Él en la oración. El nuevo ser bautismal
está dotado también de la capacidad de “escucha” y de la capacidad de “hablar,
orar”.
La sordera y la mudez bautismal nos pueden crear la soledad del corazón humano
en su relación con Dios. Una de las frases que más suena en la Biblia es
“escucha, Israel, El que “no escucha mis palabras”. La soledad de Dios es sentir
a Dios lejano de nosotros y a nosotros lejanos de Dios. Es decir, el sufrimiento
de la soledad del hombre encerrado sobre sí mismo y sin ventanas al infinito.
El cristianismo es la religión del “libro”, pero es sobre todo, la religión “de
la Palabra”. El nuevo ser bautismal es también un ser en relación. Relación
humana, sí, pero relación también con Dios.
Una connotación humana. Nuestra naturaleza humana es de comunicación y de
comunión. La comunicación del que escucha y la comunicación del que habla y se
hace escuchar. La comunicación de poder expresarse a sí mismo y decirse a sí
mismo a los demás. No es tanto la soledad de no tener a nadie a su lado, sino la
soledad de no escuchar a nadie en nuestro corazón ni poder hacernos sentir vivos
en el corazón de los demás.
El escuchar.
Con el oído escuchamos el primer gemido de nuestros hijos.
Con el oído escuchamos sus primeras palabras: “mamá”, “papá”.
Con el oído escuchamos el canto de las aves.
Con el oído escuchamos el saludo del amigo.
Con el oído escuchamos las primeras palabras de amor: “te amo”.
Con el oído escuchamos la voz de los que nos rodean.
Con el oído escuchamos la música de nuestros CDs.
Con el oído escuchamos la llamada del que nos necesita.
Con el oído escuchamos el dolor de los enfermos.
Con el oído escuchamos la soledad de los ancianos.
Con el oído escuchamos las palabras de los hombres.
Con el oído escuchamos la Palabra de Dios.
Con el oído escuchamos las palabras de perdón.
Con el oído escuchamos el grito del herido.
Con el oído escuchamos el reclamo de los nuestros.
Con el oído escuchamos el timbre del teléfono.
Con el oído escuchamos al que llama a nuestra puerta.
Con el oído me están escuchando ustedes hoy.
¿Y el hablar?
La lengua nos sirve para hablar y comunicarnos.
La lengua nos sirve para llamar al que está lejos y charlar con el que está
cerca.
La lengua nos sirve para expresar nuestro amor al otro.
La lengua nos sirve para compartir nuestros sentimientos, afectos, alegrías,
tristezas.
La lengua nos sirve para hablar bien de los demás.
La lengua nos sirve para alabar a Dios.
La lengua nos sirve para rezar.
La lengua nos sirve para bendecir a Dios.
La lengua nos sirve para proclamar la Palabra de Dios.
La lengua nos sirve para declarar nuestro perdón al hermano.
La lengua nos sirve para confesar nuestros pecados.
La lengua nos sirve para cantar.
La lengua nos sirve para decir la verdad.
La lengua nos sirve para canturrear y hace dormir a los niños.
La lengua nos sirve para gritar nuestro dolor y nuestra esperanza.
Sólo así podemos entender ese “sufrimiento de la soledad”:
De los esposos que no se escuchan ni se hablan.
De los hijos a quienes nadie tiene tiempo de escuchar.
De los enfermos que no tienen con quien hablar y quien los escuche.
De los ancianos que viven condenados a la soledad de sus años y sus achaques.
Oración
Señor: Somos muchos los que tenemos oídos y no escuchamos, los que tenemos
lengua y no hablamos. Somos muchos los sordos y los mudos.
También hoy podrías meter tu dedo en nuestros oídos y decirnos “ábrete”. Y
podrías tocar con tu saliva nuestra lengua para “destrabarla y hablar sin
dificultad”.
Para que aprendamos a escucharte a Ti y a nuestros hermanos. Para que podamos
hablarte a Ti y a los que nos rodean.
P. Clemente Sobrado, C. P. |