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diocesisdearecibo.org - ¿Y tu Magnificat?
Tiempos Litúrgicos: 2009094 - ¿Y tu Magnificat?

¿Y tu Magnificat?
Domingo 20 b Asunción de María

Aunque la Asunción se celebra el día 15 de agosto, en el Perú la celebramos el domingo más próximo. Este año la celebramos el 16 de agosto. La liturgia le aplica el Evangelio de la Visitación a su parienta Isabel, la vieja que también espera un hijo.

¡Qué peligrosas son dos mujeres juntas! A Isabel, sorprendida por la visita de la prima, se le agranda y ensancha el corazón con unas alabanzas a María que ponen al descubierto todo el misterio que María lleva dentro. Y María que se siente inundada del misterio que lleva en seno, se despacha con el himno del Magníficat, que es como un resumen anticipado del Evangelio. No se queda ensimismada en sí misma. Y reconoce todo lo que el Señor ha hecho en ella. Se ve como la obra maravillosa de Dios. Es un canto al misterio de la gracia en el corazón humano.
Se siente la esclava. Pero se siente también la esclava en la que Dios ha desplegado todo su poder sobre la criatura humana. Su condición de una mujer cualquiera del pueblo no la inquieta, ella prefiere verse no desde sí misma sino desde lo que Dios hace en ella.

Siempre he sentido un gran cariño hacia el Magnificat de María, pues me ofrece una pedagogía de fe conmigo mismo.
Desde niños nos han enseñado más el pecado que la gracia.
Desde niños nos han ensañado más a sentir que somos nada o casi nada, y no lo grandes que somos para Dios.
Desde niños nos han enseñado una humildad que era un rebajarnos hasta sentirnos una basura, y no la humildad que es reconocer los dones de Dios en nosotros.
Desde niños nos han enseñado a hacer el examen de conciencia de lo malo que hacíamos y nunca nos han enseñado a reconocer lo bueno que había en nuestro corazón.
Desde niños nos han cortado las alas del espíritu que nos impedía volar más alto hacia las cumbres.
Eran más los “no” que los “sí”.

Y todo esto nos ha llevado a una espiritualidad de la negatividad. La espiritualidad del “no”. “No hacer”. En vez de esa otra espiritualidad del “sí” y la vivencia de nuestra fe “del hacer”. Y esa espiritualidad y esa experiencia de nuestra fe y de nuestra condición de pecadores, es posible que siga todavía muy metida dentro del corazón.
Por eso nos sentimos más malos que buenos.
Nos sentimos más esclavos que libres.
Nos sentimos más basura que grandeza.
Más lodazal que la flor que crece en medio.

Por eso mi pregunta cada día es: ¿Y cuál es hoy mi “magnificat”?
Porque en todos nosotros hay mucho más de bueno que de malo.
Porque en todos nosotros hay mucho más de gracia que de pecado.
Porque en todos nosotros hay más obra de Dios que obra nuestra.
Porque en todos nosotros hay mucho más santos que de pecadores.

Es posible que, a lo largo del día, hayamos hecho muchas cosas malas. Pero ¿y cuántas cosas buenas no quedan, también muchas señales, como huellas humanas de Dios que camina en nosotros? ¿Acaso no debiéramos también nosotros proclamar, como María, “las maravillas que Dios hace en nosotros”?
En vez de esos exámenes de conciencia negativos de los pecados que hemos hecho, ¿no sería mejor escribir cada día nuestro propio “Magnificat”?
El “Magnificat” de la bondad que hemos regalado a los demás.
El “Magnificat” de las sonrisas que hemos obsequiado a los que están a nuestro lado.
El “Magnificat” de tantos gestos de servicio para con los demás.
El “Magnificat” de esas penas y sufrimientos que hemos aliviado.
El “Magnificat” de esas soledades que hemos acompañado.
El “Magnificat” de esos sentimientos de generosidad que Dios ha despertado en nosotros.

¿No crees que sería bueno escribir tu Magnificat el día de tu cumpleaños?
¿No crees que sería bueno escribir tu Magnificat cada fin de año?
¿Qué ha hecho Dios en mí este año? ¿Cuáles son las maravillas que hay en mí?
¿Y el “Magnificat” de tu vida después de ser perdonado y renovado en la confesión?

¿Quieren conocer mi “Magnificat” personal
“Proclama mi alma la grandeza de mi Señor. Se alegra mi espíritu cada vez que contemplo las cosas que El ha hecho en mí”.
“Me miró, cuando nadie se interesaba por mí, cuando nadie daba nada por mí.
Dios inclinó su cabeza y mi miró con sus ojos de bondad.
Me miró y me llamó. Me hizo sentir que yo era importante para él. Me hizo sentir que yo no podía quedarme en simple zapatero o carpintero.
Me miró y me hizo revivir. Me hizo soñar. Me despertó interiormente.
Me hizo esperar casi un año para realizar los sueños que El mismo soñó en mi corazón.
Y cuando yo ya estaba caminando hacia El, los hombres habían decidido otra cosa. “Que no venga” dijeron desde el Seminario. En el camino se cruzaron los planes de Dios y los planes de los hombres.
El Señor hizo en mí cosas grandes, que jamás se me hubiesen pasado por la mente.
Me miró y me consagró a su servicio en la vida religiosa.
Me miró y me ungió con el óleo sacerdotal. Ministro de su Eucaristía y ministro de su perdón. Ministro de su Palabra.
Mi miró y derramó en mi corazón el gozo y la alegría de la vocación.
Me miró y “creyó en mí” cuando los demás no creían. “Si mi sobrino vale para cura, dijo un tío mío, yo valgo para Obispo”. Y mi tío no fue Obispo, pero el sobrino sí llegó a cura.
Proclama mi alma la grandeza del Señor: Por las almas a las que puedo consolar. Por las vidas a las que puedo ayudar. Por los caídos a los que puedo ayudar a levantarse. Por los levantados que puedo empujar a caminar.
“Su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
Y ahora, dime, ¿cuál es tu Magnificat? Porque también tú tienes el tuyo, aunque no lo creas.
 

Oración
Señor: Nuestro espíritu se alegra, como el de María,
porque también has hecho milagros de amor en nosotros.
También en nosotros has hecho el milagro de amarnos como somos.
Has hecho el milagro de hacernos hijos tuyos.
Has hecho el milagro de que seamos más que nuestras debilidades.
Has hecho el milagro de que siendo pecadores podamos ser santos.
Has hecho el milagro de que nos sintamos amados por Ti.
Por eso, como María, también hoy te decimos:
“Proclama nuestra alma la grandeza del Señor”, y también “nuestra grandeza”.

P. Clemente Sobrado, C. P.

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