El Evangelio de hoy despierta en mí todo un mundo de
cuestionamientos. Y uno de ellos es ¿qué pensar y qué decir de aquellos
que no creen? Y mis inquietudes nacen precisamente de lo que dice Jesús:
"Serán todos discípulos de Dios". Y antes había dicho: "Nadie
puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado". Lo
cual me está diciendo, de alguna manera, que el problema de la fe no es
solo mío personal, sino también de Dios: "si no lo atrae el Padre".
Creer no es tanto cuestión de esfuerzo personal, ni de codos,
ni de estudio, ni de leer grandes tratados sobre Dios. Porque no es lo mismo
saber cosas de Dios que saber de Dios. No es lo mismo tener ideas sobre Dios que
sentir la gracia de Dios que nos llama a sentirle y experimentarle a El.
La fe, más que un saber es un experimentar. Y no es que la fe
esté en contradicción con la razón. Pero la fe va mucho más allá de la razón y
es una experiencia de Dios. Un fiarme de El. Un confiar en El. Un abandonarme en
El.
Puede haber grandes teólogos con grandes teorías sobre Dios,
pero cuya fe es demasiado débil para conducir y guiar sus vidas. Y en cambio,
puede haber gente sencilla que, sin demasiadas teologías, tienen un profundo
sentido sobre Dios.
Por eso, nadie puede darse a sí mismo la fe. La fe la
recibimos. A lo más, nos abrimos o nos cerramos a ella. Porque como dice Jesús
"nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado". La
fe es un don del Padre.
¿Y qué sucede entonces con los que no creen? Es una
interrogante que siempre me ha quemado interiormente.
¿Será porque son malos?
¿Será que no se abren al don de Dios?
¿Será que Dios no les abre el corazón?
¿Será que no sienten esa llamada o invitación del
Padre?
¿No se sienten atraídos por el Padre?
¿O será que en ellos existe una serie de prejuicios
sociales, personales, culturales, que les impide escuchar esta llamada o
atracción del Padre?
Para mí sigue siendo todo un misterio: ¿por qué unos creemos
y otros no creen? Es más. Con frecuencia me encuentro con gente que me dice: "yo
quisiera creer y no puedo".
Personalmente estoy convencido de que muchos de aquellos que
dicen no creer tienen un corazón bueno. Pero hay algo que les impide creer. En
mis últimas vacaciones, un compañero mío me prestó un libro cuyo título me
interesó mucho: "Dios y los náufragos". En la vida, como en cualquier naufragio,
hay quienes se salvan y quienes se ahogan. El libro presentaba una serie de
autores que no lograron llegar a descubrir el misterio de la fe. Y una serie de
autores que, después de largos años de ateísmo, arribaban a las playas de la fe.
Personalmente lo veía como todo un misterio que no lograba
entender. Misterio, porque no podía entender que para mí fuese tan fácil, acaso
demasiado fácil, creer y otros, que no eran peores que yo, no lograban el don de
la fe. Y en mi corazón volvían a resonar las palabras de Jesús: "si no lo
atrae el Padre que me ha enviado".
Yo no dudo de que Dios "atrae a todos". Mejor dicho
llama e invita a todos. Porque eso de "atraer" ya me suena un poco a descubrir
el atractivo de Dios. Es posible que muchos, nunca hayan vivido el sentido de
Dios. Y de mayores no les resulta demasiado asequible debido ya a una serie de
prejuicios y falta de sensibilidad religiosa, a falta de gusto y paladar
espiritual de Dios. Y otros, tampoco puedo negarlo, después de haber sentido a
Dios, su vida les ha llevado a perder el gusto por Dios.
De todos modos, yo confieso con mucha honestidad, que siento
una gran pena y preocupación por aquellos que no han llegado a las orillas y
playas de la fe. Y me siento extraño de que yo haya conseguido el don de la fe
con tanta naturalidad. ¿Qué hay en el corazón del hombre? Para mí es todo un
misterio. Yo no quiero condenar a los que no creen. Porque me he encontrado con
ateos muy sinceros y honestos y de gran corazón. Como me he encontrado con
creyentes de pacotilla.
Esto de que "si mi Padre no los atrae" me resulta
misterioso y que me revela lo misterioso que es el corazón del hombre. No estoy
pensando en los que no creen por sistema o prejuicios. Estoy pensando en hombres
justos, buenos, honestos, que a pesar de todo, no creen. A todos ellos los llevo
dentro de mi corazón y son para mí un serio cuestionamiento a mi propia fe. Cada
día doy gracias a Dios de que me ha "atraído", al menos así pienso. Y le pido
por aquellos que todavía no se sienten "atraídos".
Oración
Señor: Sé que la fe es un don tuyo.
Y sé también que Tu quieres que todos sean "atraídos" por el
Padre.
¿Por qué entonces hay gente que todavía no cree?
¿Qué tengo yo para que pueda "creer en Ti, y qué tienen otros
para no creer?
Te pido, Señor, mucho amor por los que aún no creen.
Y sobre todo, Te pido que no sea mi vida de creyente,
lo que les estorbe para aceptar el creer en Ti.
P. Clemente Sobrado, C. P.