Algo se mueve bajo los pies
Domingo 12 Tiempo Ordinario, Ciclo B
Los mayores hemos vivido muchos años de nuestra vida con toda una serie de
seguridades que nos daban confianza y tranquilidad. Hoy pareciera que esos
cimientos se están moviendo. G. Tillich tiene un libro que titula agresivamente
“Se conmueven los cimientos”.
Personalmente no quisiera ser tan radical. Porque tengo mis serias dudas. ¿Será
que se mueven los cimientos de nuestra existencia o no será que es la superficie
la que está demasiado movida?
El Evangelio de hoy nos habla de que “se levantó un fuerte huracán y las olas
rompían contra la barca”. En el mar es frecuente contemplar un oleaje muy movido,
pero el fondo del mar suele estar tranquilo. Los vientos mueven la superficie,
pero no mueven las profundidades.
Hoy vivimos toda una serie de oleajes que, de alguna manera, nos hacen tambalear
y hasta nos inspiran miedo y temor. Diera la impresión de que las verdades
esenciales ya no existen y que vivimos impregnados de relativismo. Todo es
relativo y contingente. Todo es provisional. O como titulaba una de sus últimas
obras el filósofo G. Guiton: “El silencio de lo esencial”.
De ello no se salva tampoco la “barca de la Iglesia”. También ella se ve
sacudida por los temporales y huracanes y que el agua ya le está entrando
también dentro. Tal vez eso no sea lo más importante. En la barca sólo Jesús
parecía dormirse, mientras que los discípulos se morían de miedo y gritaban.
Pero, ahora uno siente como si solo Jesús estuviese despierto, y todos los demás
seguimos dormidos y que ya nadie se atreve a gritar.
Es posible que los mayores, que hemos vivido con los cimientos bien seguros,
ahora sintamos que todo se nos hunde.
Y los jóvenes que han nacido sin esos cimientos, no notan tanto el golpear de
las olas, porque toda su vida la han vivido así y se han acostumbrado a ese
vaivén de la existencia.
Los mayores no gritamos “no te importa que nos hundamos”, porque nos sentimos
raros y tenemos dudas de que alguien nos crea.
Y los jóvenes tampoco gritan porque están más habituados a los cambios.
Lo importante aquí está en si “tenemos mucha fe” o “poca fe”. Si realmente las
profundidades de la Iglesia, donde está Jesús, siguen firmes en nosotros o
nuestra fe se ha debilitado tanto que ni nos preocupa que Jesús siga “en la popa,
dormido sobre un almohadón”.
Mientras haya alguien que grita, siempre habrá una conciencia del peligro y
también siempre habrá alguien que se despierta y nos echa una mano.
Lo malo que nos pueda suceder es que todos estemos dormidos tan profundamente
que los problemas no nos despierten de nuestro sueño y dejemos de gritar.
Somos testigos de los ataques que la Iglesia sufre cada día.
Y somos testigos de que el peligro no siempre viene de los que están fuera, sino,
lo que es peor, de los que estamos dentro.
Que son nuestras propias vidas las que amenazan cada día a la Iglesia, a la vida
cristiana, a la vida matrimonial, a la vida consagrada.
Que tratamos de ponerles parches, pero no nos arriesgamos a lo esencial.
Que tratamos de acomodarnos lo mejor que podemos para no llamar la atención o
para que los demás no se rían de nosotros y aparezcamos como actuales y modernos.
No cambiamos las cosas desde fuera, cambiando las estructuras, como algunos
quisieran. Los verdaderos cambios tienen que nacer de dentro, de tomar en serio
lo esencial.
No se trata de cambiar las fronteras o las paredes, sino preguntarnos por el
significado, el sentido, el valor que hoy tienen nuestras vidas para el mundo.
¿Nuestras vidas dicen algo al hombre de hoy?
¿Nuestras instituciones siguen diciendo algo al hombre de hoy?
¿Tenemos algo qué decir?
¿O callamos y nos dedicamos a gasfiteros parchando paredes?
El verdadero riesgo de la Iglesia, de los cristianos y de las instituciones
religiosas no está en si las paredes son bonitas, sino si siguen siendo
significativas evangélicamente.
A lo largo del año, la Palabra de Dios nos insiste en que no nos durmamos, en
que estemos alerta y vigilantes. La peor enfermedad no es aquella que detectamos
a tiempo, sino aquella que nos va carcomiendo por dentro, sin enterarnos, y de
la que tomamos conciencia cuando ya es tarde y no tiene remedio. Ese suele ser
el peligro del cáncer. ¿No será también el peligro de los creyentes?
Oración
Señor: Tú fuiste bien claro cuando le pediste al Padre que “no nos sacara del
mundo, sino que nos preservara del mundo”.
Y también nos dijiste que el mundo nos odiaría y perseguiría por causa de tu
nombre.
Me preocupa cuando todos nos aplauden.
Me preocupa cuando nadie nos odia y ni siquiera se preocupa de nosotros.
¿Será que nuestras vidas ya no inquietan a nadie?
¿Será que nuestras instituciones ya no molestan a nadie?
Tú no diste importancia al oleaje ni al movimiento huracanado,
ni siquiera a que la barca se estuviese llenando de agua.
Te preocupaste de nuestra falta de fe en ti.
P. Clemente Sobrado, C. P.
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