Dios en el banquillo
Domingo de la Santísima Trinidad b
Al hombre siempre le ha ido bien con Dios. Pero a Dios siempre le ha ido mal con
los hombres. Dios siempre ha salido malparado con los hombres. Y cuanto peor van
las cosas, Dios se complica más la vida. Cuanta más miseria vamos descubriendo
en la vida, más nos seguimos preguntando ¿Y Dios qué hace? Cuantos más inocentes
mueren inútilmente, más preguntas nacen en el corazón del hombre: ¿Y Dios dónde
está? Cuando todo marcha bien, nadie se preocupa de Él. Pero cuando todo está
que no hay por donde agarrarlo, entonces todos comenzamos, de alguna manera, a
cuestionarle, a preguntarle.
Cuando Dios era griego
Cuando Dios era griego, todo estaba resuelto. Dios era impasible, inmutable.
Además vivía encerrado en sí mismo. No podía contagiarse de nuestra condición
humana. A lo más se creaba todo un Olimpo de dioses que, personificaban y
justificaban nuestro mundo de placeres. Los borrachos tenían su Dios “Baco”, y
menos mal que entonces no se conocía la cocaína, porque también hubiera
aparecido en el cielo de los dioses, el “Dios Coca”. Los dioses vivían con
cierta libertad en relación a nosotros.
Cuando Dios se hizo judío
El problema comenzó cuando Dios se hizo judío, hebreo, cristiano. Ahí lo
complicó todo. Porque se presentó como el Dios de y para los hombres, el Dios de
la historia. Declaró al pueblo hebreo como su pueblo. Y pactó una alianza de
amistad con él. Y entonces, todo lo que sucedía al pueblo se lo cargaban a El.
Y peor todavía cuando Dios se encarna, asume nuestra condición humana en su Hijo
Jesús. Y Jesús declara a Dios “Padre mío y padre vuestro”. ¿Qué padre que tenga
entrañas de padre, va a dejar que sus hijos sufran miseria, hambre, desnudez,
orfandad? Sigue siendo el Dios omnipotente y omnisciente, que todo lo puede y
todo lo sabe, y además es amor, ahora no hay nada que pueda disculparlo. Si
puede y no nos evita el sufrimiento ¿cómo explicar su amor? Si es Padre ¿qué
hace por sus hijos?
Cuando todo depende de la voluntad de Dios
Y para complicarle más la cosa a Dios, nosotros nos hemos empeñado en leer todo
lo que sucede, no desde nuestras responsabilidades, sino desde la cariñosa
voluntad de Dios.
¿Que uno está en la miseria? Es la voluntad de Dios. Aquí te lo pasarás mal,
pero Dios te reserva en compensación el cielo. ¿Qué uno está enfermo? Es la
voluntad de Dios que quiere purificarte de tus pecados y así santificarte. ¿Qué
el hijo murió en un accidente? Tranquilos, es la voluntad de Dios, que así lo ha
permitido.
Claro, nadie se atreve a decir que Dios hizo la pobreza, ni que Dios hizo la
enfermedad, o que Dios provocó el accidente de moto, porque ya sería el colmo.
Pero nos bastaba la fácil salida de que “no lo hizo Dios, pero lo permitió”.
Cosa que, a decir verdad, siempre me ha sacado ronchas y me ha avinagrado el
estómago. Al fin y al cabo, hacerlo por sí mismo o permitir que otro lo haga, me
da lo mismo.
Con eso de “es la voluntad de Dios”, hemos logrado salir al paso. Pero
haciéndole un muy mal servicio a Dios. Porque le hemos dejado muy mal delante de
sus hijos, los hombres.
Cuando todo depende del hombre
Hoy ya no podemos permitirnos ese lujo de justificar nuestras
irresponsabilidades y nuestras culpabilidades. Es cierto que el freudismo y el
marxismo, cayeron, sin quererlo, en una especie del “Dios que todo lo permite”,
al culpabilizar de todo a los demás, a la sociedad, “al ello” que se esconde en
el fondo de nuestro espíritu.
¿Que el hijo es un adicto? Claro, la culpa los padres. ¿Que hay miseria en el
mundo? La culpa la sociedad. ¿Que el matrimonio anda mal? La culpa el ambiente
cultural.
Hoy diera la impresión de que estamos en una situación como las que se describen
en los relatos pascuales: “al amanecer, estando oscuro” o al “atardecer” cuando
ya se va la luz del sol.
Queremos salir de ese culpar de todo al otro, pero aún no logramos asumir la
conciencia de nuestra personal responsabilidad. Antes todo se lo cargábamos a
Dios. Hoy todo se lo cargamos a los demás. Esperemos que algún día dejemos de
culpabilizar a Dios y asumamos cada uno nuestras propias culpas y
responsabilidades de todo lo que acontece.
El hombre al banquillo
¿No será el momento de relevar a Dios del banquillo y sentar en él al hombre? La
guerra absurda que acaba de terminar, pero sin terminar del todo, ya se la hemos
colgado a Dios. Los unos y los otros.
¿Cuándo diremos que hay hambre porque nosotros nos enriquecemos privando de lo
justo a los demás? ¿Cuándo diremos que hay guerras porque nosotros tenemos
intereses secretos y orgullos inconfesables?
Comprometernos todos en la construcción de un mundo más humano y más justo, es
devolverle a Dios sus legítimos derechos y asumir nosotros las responsabilidades
que habíamos delegado en Él.
¿Cuándo diremos que Dios no quiere ver a tanto niño abandonado en la calle y que
la culpa la tenemos nosotros? ¿Cuándo diremos que Dios no es el responsable de
tanto emigrante que tiene que desarraigarse de su tierra, buscando pan en otras
partes y que nosotros somos los culpables de esas situaciones injustas?
Construir la paz, suprimir la miseria, trabajar para que todos tengan una vida
digna, es recuperar el rostro de Dios. Si Dios ha querido revelarse en el mundo,
en el hombre y en la historia, cuanto mejor sea el mundo, cuando más auténtico
sea el hombre, cuanto más humana sea la historia, tanto más ayudaremos a revelar
el verdadero rostro de Dios. Lo haremos más creíble y más amable.
Oración
Señor: Perdona que hayamos sido tan malos testigos tuyos en el mundo.
Perdona que te hayamos hecho responsable de todos nuestros males.
Perdona que hayamos convertido tu amor en una manera de negarte ante los
hombres.
Perdona que no hayamos asumido nuestras verdaderas responsabilidades.
Perdona que no hayamos hecho más creíble tu amor para con todos.
Tú sabrás comprendernos.
P. Clemente Sobrado, C. P.
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