Nos convenía que se fuera
Ascensión del Señor b
Con la Ascensión de Jesús al Padre todos salimos ganando. Sale ganando Jesús,
pues la Ascensión es la cumbre de su Resurrección y de toda su vida.
Personalmente siempre la he visto como una especie de Navidad al revés. Porque
si la primera Navidad era Dios asumiendo nuestra condición humana, ahora la
Ascensión es el regreso a su condición divina de la que se despojó en la primera
Navidad.
La Navidad: Dios que se hace hombre.
La Ascensión: Dios hombre que se hace de nuevo Dios.
Salimos ganando nosotros, porque con la Ascensión comenzamos nosotros a madurar
y a crecer y a hacernos responsables.
Mientras Jesús estaba con nosotros, todo lo hacía El. Los discípulos vivían a su
sombra, como el niño pequeño que vive pegado a las faldas de la madre. Pero el
niño necesita crecer. Necesita ser él mismo. Por eso necesita irse desprendiendo
de la madre y comenzar a ser él mismo.
Por eso, la última despedida de Jesús es bien clara: “Id al mundo entero y
proclamad el Evangelio a toda la creación”.
Dejad de ser los eternos niños del Evangelio.
Madurad el Evangelio en vuestros corazones.
Haceos responsables de mi Evangelio.
Tenéis todo un futuro por delante.
Tenéis el mundo y la creación entera bajo vuestra responsabilidad.
Continuad mi misión y mi obra.
La Ascensión es la glorificación plena de Jesús por parte del Padre. Pero es
también el gesto maravilloso de Jesús que se fía de nosotros, confía en nosotros
y pone en nuestras manos el futuro del Reino. El lo anunció y echó las primeras
semillas. Ahora somos nosotros los encargados de hacerlo realidad en el mundo.
En la historia de la salvación siempre hay uno que tiene que dejar paso al otro.
Juan el Bautista reconocía que él debía desparecer, para que “El crezca”.
Ahora Jesús también se nos va, para que nosotros crezcamos.
Y ¿no tendrá también la Iglesia que pasar, de alguna manera, a un segundo plano
para que aparezca más claro el Reino?
Jesús no vino para fundar una Iglesia.
Jesús vino para anunciar, proclamar e instaurar el Reino de Dios.
Su predicación no es una predicación sobre la Iglesia sino sobre el Reino.
Jesús necesita de la Iglesia como Él mismo era necesario para encarnar y
anunciar el reino.
La finalidad no es una Iglesia bien organizada y estructurada.
La finalidad es una Iglesia que trata de realizar en ella misma el Reino y así
ofrecerlo al mundo, para que el mundo se convierta en el Reino de Dios.
Muchos preferimos seguir al calorcillo de la Iglesia y nos olvidamos del Reino.
Preferimos ser Iglesia, aunque no nos preocupe demasiado el Reino.
Hablamos demasiado de la Iglesia y hablamos poco del Reino de Dios.
De ahí que, nuestra conciencia misionera está demasiado apagada y no es todavía
una verdadera fuerza y la responsabilidad de todos.
La Iglesia está en función de una misión: “Ser luz de las gentes”.
La Iglesia tiene que creer interiormente fecundada por el Evangelio del Reino.
La Iglesia tiene un quehacer que no se queda en ser Iglesia.
La Iglesia tiene que hacerse Reino y proclamar ese Reino.
Por eso, la Ascensión nos recuerda la Encarnación.
El disminuirse de Dios en la humanidad de Jesús. Hoy todos tenemos que disminuir:
Tienen que disminuir en su grandeza los Obispos, para que crezcan los sacerdotes.
Tienen que disminuir los sacerdotes, que lo quieren hacer todo, para que crezcan
más los seglares, el Pueblo de Dios.
Un disminuirnos que no es negarnos ni desaparecer, sino un dejar que todos
ocupen su verdadero espacio en la Iglesia como responsables del Reino de Dios,
porque a todos se nos dice: “Id al mundo entero”.
Hasta para el mismo Jesús, este triunfal ascender a los cielos a la derecha del
Padre, implica un disminuir. Porque, aunque se va sigue quedándose con nosotros,
pero de una manera que ni lo vemos ni lo sentimos, pero que está ahí: “Ellos
fueron a anunciar el Evangelio, y el Señor cooperaba confirmando su palabra con
las señales que los acompañaban”.
Oración
Señor: Tú has llegado al final de tu misión.
Tú vuelves de tu condición humana a tu condición divina.
Y en tu lugar, nos dejas a nosotros como continuadores de tu misión.
Que nadie se dé por excluido. Que nadie piense que eso es responsabilidad del
otro.
Que todos sintamos el peso de nuestra personal responsabilidad.
Que no nos encerremos en ser gente buena,
sino que nos arriesguemos a construir tu Reino de amor.
Sabemos que somos débiles, pero Tú has creído en nuestras debilidades.
Sabemos que somos frágiles, pero eres Tú, que silenciosamente, cooperas y
confirmas nuestra palabra con las señales de tu Reino.
P. Clemente Sobrado, C. P.
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