 Sobrevivir no es vivir
Domingo 4to. Cuaresma, Ciclo B
Acabo de buscar en Internet algo sobre las
expectativas de la vida hoy. Es cierto que hoy son mayores que hace un siglo.
Esto es evidente. Pareciera que en los países desarrollados el promedio de vida
para los varones es de 73 años y 80 para las mujeres. Pero sigo leyendo y uno no
sabe si es realidad o es fantasía. Según los demógrafos estamos tocando el techo
en cuanto a la esperanza de vida. Pero no faltan quienes se preguntan si el
límite de la vida son los 120 o los 200 años. Y tampoco faltan optimistas que
afirman que el límite infranqueable pudiera llegar a los 500 años. Aunque los
científicos se muestran un tanto escépticos, por mucho que se pretenda modificar
el organismo biotec- nológicamente. Y hasta me he encontrado con algún atrevido
que cree que para el año 2075 habremos cruzado la puerta de la inmortalidad.
¡Bueno yo no lo veré, mejor dicho ya no estaré
aquí para verlo!
Dicen que de sueños también se vive. Pero mi
experiencia de me dice que todo esto que se llama avance de la biotecnología
está superado desde hace ya como dos mil años.
El Evangelio de hoy nos habla, no de
posibilidades, sino de realidades ya concretas. Hace dos mil años que el
Evangelio se atrevió a decir que Dios nos envió a su Hijo único “para que
tengamos vida eterna”. Y no nos dice “para que algún día tengan la vida eterna”,
sino para que la tengan ya ahora.
Dos mil años que tenemos la promesa de Dios de
esa vida inmortal que algunos pretenden lograr para el año 2075. El Evangelio
nos dice que Jesús vino al mundo para regalarnos la vida inmortal, la vida
eterna. Sin embargo, confieso que me da pena el que muchos, incluso creyentes,
siguen esperando en los avances de la ciencia, cuando en realidad ya somos
dueños de realidades que están mucho más allá de la ciencia, pero que no
queremos creerlo. Y no queremos creerlo sencillamente porque el que nos la
prometió no era ningún científico de renombre, candidato al Premio Novel, sino
un gran creyente, Jesús. Y además, Jesús no la anuncia como posible ni para más
tarde. Nos habla de algo que ya existe en nosotros desde ahora. El vino al mundo
para que tengamos vida y una vida abundante ya.
Y que incluso no necesitamos ni siquiera
esperar a la muerte como muchos siguen creyendo. Creen que primero vivimos esta
vida terrena y luego, cuando muramos, recién comencemos a vivir la “otra vida de
verdad”, como si la muerte fuese un término después del cual debamos tomar un
nuevo vuelo y un nuevo avión. Algo nuevo y distinto.
La fe camina delante de la ciencia, por más que
la gente siga teniendo más fe en la ciencia que en la fe misma. Para ello envió
Dios al mundo a su Hijo, aunque esto nos asombre y nos parezca un imposible. Tú
y yo llevamos dentro de nosotros esa vida que no acabará nunca y se llama vida
eterna, porque es la participación en la misma vida de Dios.
Por eso, me da pena cuando te encuentras con
alguien, con un amigo, o simplemente con un cualquiera que se te cruza en el
camino y le preguntas: ¿y cómo vas? La respuesta más frecuente suele ser: “Pues,
tirando”. Tirando de la carreta de la vida, tirando de la vida, por no decir
“tirando la vida”. Porque no vivir a fondo la vida es tirar la vida. Gente que
sencillamente que quisiera prolongar los años, pero que en realidad, no vive
sino que sobre vive. “Y sobrevivir” no podemos llamarlo “vivir”. Porque la vida
es alegría, es gozo, es plenitud de vida”. Es la vida la que nos lleva gozosos
por el camino de los años, mientras que “sobrevivir” es arrastrar la vida como
se arrastra un fardo de cosas pesadas e inútiles.
Me gusta la reflexión que hace Pagola: “Es
triste que los creyentes de hoy no seamos capaces de descubrir y experimentar
nuestra fe como fuente de vida auténtica. No estamos convencidos de que creer en
Jesús es “tener vida eterna”, es decir, comenzar a vivir ya desde ahora algo
nuevo y definitivo que no está sujeto a la decadencia y a la muerte. Hemos
olvidado a ese Dios cercano a cada hombre concreto, que anima y sostiene nuestra
vida y que nos llama y nos urge desde ahora a una vida más plena y más libre.
Y, sin embargo, ser creyente es sentirse
llamado a vivir con mayor plenitud, descubriendo desde nuestra adhesión a
Cristo, nuevas posibilidades, nuevas fuerzas y nuevo horizonte en nuestro vivir
diario”.
Está bien que la ciencia siga ayudándonos a
prolongar unos añitos más en este mundo. Pero mejor si damos mayor importancia a
lo que Dios puede hacer en nosotros a través de su Hijo Jesús: “para que todo el
que crea en Él tenga vida eterna”.
Oración
Señor: Tú eres la vida y nos has hecho partícipes de tu propia vida.
Pero nos has regalado una vida no para que simplemente existamos
sino para que la vivamos.
Danos el don de la fe en Ti, para que desde ya podamos vivir esa vida eterna
que Tú nos has dado.
Para ello, danos la alegría de vivir. Danos el gozo de vivir. Pero que vivamos
no una vida desde la superficie sino que la vivamos a fondo, con sentido y en
plenitud.
Porque, ¿de qué nos vale vivir muchos años sin sentido?
P. Clemente Sobrado, C. P. |