 La verdad de lo que no se ve
Bautismo de Jesús, Ciclo B
Hay una historieta muy linda. Ignoro donde la leí, pero que se me quedó grabada
por lo significativa. En unas Navidades, una niña quiso regalar algo a su padre.
Pero, como era muy pobre, no tenía nada que regalarle. En la Nochebuena, la niña
puso junto al arbolito de Navidad, una cajita bien presentada con papel regalo
diciendo: “Para mi papi”.
Cuando el papá abrió la caja vio que estaba vacía. Enfadado, creyendo que le
habían tomado el pelo, llamó a la niña y le dijo de mal humor: “esto no se hace,
me has querido engañar como si fuese el día de Inocentes”. La niña se echó a
llorar. El padre reaccionó y trató de consolarla.
La niña le dijo: “Pero, papi, si la caja está llena de besos, era lo único que
tenía para regalarte”. El pobre hombre se quedó pálido por la dulce inocencia de
la hija y trató de disimular el asunto diciendo: “Ah, es verdad, está llena de
besos, ahora los veo”. Desde entonces, el padre conservó aquella caja-regalo y
cada vez que se sentía mal, la abría y pensaba en los besos de su hija.
Hay realidades que no se ven. Pero que siguen siendo realidades. ¿A caso todos
nosotros no somos una especie de caja-regalo? Dentro llevamos algo que los ojos
no ven. Pero que es una realidad tan real como la que nuestros ojos logran ver.
Llevamos todos una “interioridad”. Nos creemos vacíos, pero, por nuestro
Bautismo, por dentro estamos llenos, no sé si de los besos de Dios, creo que sí,
porque estamos llenos de su Espíritu.
Lo que sucede es que estamos tan acostumbrados a lo material, que lo espiritual,
la gracia, el amor de Dios que nos hizo hijos suyos, casi nos pasa desapercibido.
Como que no nos enteramos de lo que acontece dentro de nosotros. Nos sentimos
como una caja de regalo vacía, pero que en realidad está llena de los besos y
sueños divinos. Besos que, con frecuencia, solo quien nos los ha regalado los
puede ver.
Además vivimos con tal rapidez y velocidad que pasamos por la vida, sin tiempo
para mirarnos por dentro y poder contemplar el misterio de nuestra filiación
divina. Por eso mismo, nos olvidamos de que llevamos un apellido que supera al
apellido de nuestros padres. Ese apellido, regalo de nuestro Padre Dios, se
llama “filiación divina”.
¿Alguna vez has pensado y has creído que realmente llevas inscrito dentro, como
grabada en el CD de tu corazón, una música y una voz que también a ti te sigue
repitiendo: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.
Con frecuencia vivimos más preocupados y hasta angustiados si “amaremos de
verdad a Dios”. Yo pienso que ese no es nuestro verdadero problema. Nuestro
problema está en “sentirnos amados nosotros por El”. Nosotros no somos los que
le amamos primero sino que es El quien nos amó primero a nosotros. Y sólo quien
cree en ese amor y quien ha experimentado el ser amado por El, es luego capaz de
amarle de verdad.
Es una pena que caminemos por la vida contemplando siempre la piel de la vida y
no logremos entrar dentro para ver cómo corre una savia nueva que llamamos
“gracia bautismal”. Una gracia que nos transforma y nos renueva y nos hace
nuevos, diferentes. Por fuera, más o menos, todos somos iguales. Pero nuestra
verdad camina por dentro.
En su Bautismo, Jesús se sintió impactado y marcado por su experiencia humana de
su filiación divina. Y de alguna manera, su Bautismo, fue la señal y el comienzo
del bautismo cristiano. El fue bautizado con agua. Pero El bautizará con
Espíritu Santo. El Espíritu que nos hace los hijos amados de Dios. Si por la
concepción somos fruto del amor de nuestros padres, por el Bautismo somos fruto
del amor que Dios nos tiene.
No miremos solo hacia fuera. Dispongamos de un tiempo para mirarnos por dentro.
Ahí está nuestra verdad, nuestra grandeza. Y ¿cómo no? Nuestra verdadera belleza.
Puede haber cuerpos feos o al menos no tan bellos. Pero todas las almas son
hermosas y bellas, porque por el Bautismo participan de la belleza misma de Dios
nuestro Padre.
¡Cuántos viven acomplejados por su rostro! Recuerdo la anécdota de aquella
Señorita que le decía a su Director Espiritual:
- “Padre, tengo algo que me da mucha vergüenza decirle”.
- Tranquila hija, ya nos conocemos. No tengas vergüenza.
- “Es que, Padre, me he mirado al espejo”.
- Eso no es ningún pecado, hija. Todos nos miramos al espejo.
- “Pero eso no es todo. Es que me ha visto guapa”.
- Tampoco eso es pecado, hija, es un simple error del espejo.
El espejo nos puede engañar. Y nosotros nos podemos engañar mirándonos en el
espejo que, por otra parte, es donde más nos miramos. Lo que realmente no puede
engañarnos es el espejo de nuestro corazón donde, cuando nos miramos, en vez de
nuestro rostro, contemplamos el rostro de Dios en nosotros.
Oración
Señor: Los cielos se abrieron en el Bautismo de tu Hijo en el Jordán.
Y Tú nos has abierto el cielo también a nosotros al bautizarnos en el agua del
Bautismo.
Entonces dejaste escuchar tu voz.
También Tú has hablado en nuestro bautismo.
Entonces dijiste: “Este es mi Hijo el amado, el predilecto”.
¿Y no es también esto lo que dijiste el día que bautizaron y cada día de nuestra
vida?
Que cada día podamos escuchar tu voz de Padre que nos proclamas
“tus hijos amados”.
P. Clemente Sobrado, C.P.
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