La
esperanza, razón para vivir hoy
Domingo
2 b Adviento
Nosotros vivimos
entre las prisas y las inmediateces.
Las prisas matan
las esperas.
Las inmediateces
matan el futuro.
No sabemos esperar
y no sabemos vivir del mañana.
Todo tiene que suceder
por el automatismo del hoy y del ahora.
Y Pedro nos dice en
la segunda Lectura: “El Señor no tarda en cumplir sus promesas, como creen algunos.
Lo que ocurre es que tiene mucha
paciencia con vosotros,
porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan. El día del
Señor llegará como ladrón”.
La paciencia no
tiene prisas.
La paciencia no
vive de las urgencias del ahora.
La paciencia de
Dios vive de la espera.
Y la espera es el
tiempo que Dios nos regala para que todos tengamos tiempo y podamos
convertirnos.
La paciencia de
Dios no se debe a que Dios no quiera actuar hoy y ahora.
La paciencia de
Dios se debe más bien a que nosotros no decidimos cambiar. Y Dios nos da
tiempo, para que podamos cambiar. No es Dios el que tarda o se hace el remolón.
Somos nosotros que tardamos en convertirnos de verdad a El.
La paciencia no es
pasividad. No es dejar que las cosas vengan por su propio pie, sin causa ni
razón alguna.
La paciencia es el
fruto y la razón de la esperanza. La paciencia vive y se alimenta de la
esperanza. Y la esperanza se mantiene viva en la paciencia.
Dios quiere cumplir
sus promesas.
Pero tiene que
esperarnos a nosotros.
Somos nosotros los
que no caminamos al ritmo de Dios y le obligamos a El a que camine a nuestro
ritmo y a nuestro paso. Y a pesar de todo, somos nosotros los que nos quejamos
de que El tarde tanto.
No es la mamá la
que camina despacio. Es la mamá la que tiene que caminar al ritmo del hijo
pequeño que aun no sabe andar. Así es la paciencia de Dios con nosotros. Dios
nos ha prometido un “cielo y una tierra nueva en que
habite la justicia”. Y
no es que Dios no los quiera ahora. Lo que sucede es que nosotros tardamos en
hacer ese nuevo cielo y esa nueva tierra donde dé gusto vivir y dé gusto estar y dé gusto habitar.
No podemos culpar a
Dios de sus atrasos. Esos atrasos se deben a nosotros y no precisamente a El.
Porque a pesar de todo, Dios sigue fiel, por más que nosotros seamos infieles.
Y esta es la
esperanza que nos hace posible afrontar las realidades y las dificultades
presentes. Que Dios “cumplirá sus promesas”. Por eso
escribía Benedicto XVI en su
Encíclica sobre la Esperanza:
“Se nos ofrece
la salvación en el sentido de que se nos ha dado la
esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro
presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y
aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si
esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino”. (SS n.1)
La esperanza habla
del futuro. Pero actúa ya en el presente.
La esperanza hace
posible mirar con ilusión al mañana, aun desde las situaciones difíciles del
presente.
Una esperanza que
tiene su fundamento en Dios y en su promesa de fidelidad.
Pero que necesita
de nosotros para que pueda hacerse realidad.
Necesitamos de la
esperanza para vivir.
Y la esperanza
necesita de nosotros para que también ella tenga vida.
Puede que las
condiciones por las que atravesamos no sean nada fáciles. Pero aún así, la
esperanza que tenemos en El, nos hace gritar: “Consolad,
consolad a mi Pueblo,
hablad al corazón de Jerusalén. O como nos dice Pedro: mientras
esperáis estos acontecimientos,
procurar que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e
irreprochables.
Oración
Señor:
A veces no es fácil esperar.
El
presente se hace pesado y el futuro lo vemos oscuro.
Y
sin embargo, Tú sigues empeñado en anunciarnos siempre lo nuevo.
No
solo un cielo nuevo, sino también una tierra nueva.
No
solo un hombre nuevo sino capaz de hacer todas las cosas nuevas.
Nos
quieres pregoneros de tu venida.
Y
nos quieres pregoneros de la esperanza capaz de consolar a tu Pueblo.
Aviva
y fortalece esa esperanza que nos haga más fuertes que nuestras debilidades.
Más
fuertes que nuestro presente, y podamos mirar con ojos de optimismo nuestro
futuro.
P.
Clemente Sobrado, C. P.