Dios
repartiendo invitaciones de boda
Domingo 28 Tiempo
Ordinario, Ciclo A
Uno de los problemas de los novios antes de casarse
es hacer la lista de los invitados y repartir las tarjetas de invitación. A mí
me suelen llegar bastantes. Y debo confesar que no les hago ni caso. Reconozco
que es una falta de cortesía.
Pero lo que nunca me hubiera imaginado es ver a
Dios repartiendo a domicilio tarjetas de invitación para la Boda de su Hijo.
Hasta ahí no llegaba mi fantasía e imaginación. Pero al leer el Evangelio de
hoy, debo reconocer que es verdad. Dios siempre salta sobre todos mis esquemas
mentales.
A Dios le encanta utilizar nuestras realidades
humanas para expresase a sí mismo y decirnos algo de su corazón. Y una de esas
realidades que Dios más ha utilizado, ha sido desde siempre la imagen de “alianza”, “boda”, “compromiso nupcial. Es que la boda implica el
gran acontecimiento de dos que se aman y se quiere. Y esta es la realidad de
Dios en relación con nosotros.
No
quiere ser un simple compañero de viaje.
No
quiere una simple amistad donde cada uno vive lo suyo.
Dios
se declara “novio” y luego “esposo.
Dios siente que la relación de su Hijo primero fue
de “novio” y Jesús mismo lo reconoció. “Los amigos
del novio no están para ayunar mientras el novio está con ellos. Pero el
noviazgo tiene que terminar en algo más definitivo. La boda. El compromiso
definitivo. Y aquí vemos a Dios cursando las invitaciones a los invitados de
preferencia. Y lo curioso es que, quienes asistimos a tantas bodas, luego no
tenemos tiempo para asistir a la boda del Hijo de Dios con la humanidad, y con
cada uno de nosotros.
Lo de siempre. Todos queremos quedar bien delante
de él. Y cada uno nos inventamos mil y una excusas para no participar de dicha
boda. Y los primeros en negarse fueron precisamente quienes primero fueron
invitados: los sumos sacerdotes, los ancianos. Es que nosotros nos sentimos bien
con la antigua boda del Sinaí, no renunciamos a la nueva boda y la nueva
alianza de Dios con nosotros.
La excusa es siempre la misma: nuestras
ocupaciones, nuestros quehaceres. No queremos quedar mal, pero nunca nos faltan
disculpas ante Dios. Seguimos prefiriendo la alianza de la ley a la alianza del
amor. Y todos tenemos nuestras excusas:
Estoy
muy ocupado.
Tengo
mucho que hacer.
Tengo
demasiado trabajo.
Estoy
demasiado cansado.
Cada domingo, Dios celebra la boda de su Hijo con
todos nosotros en la celebración de la Eucaristía, que si la entendemos bien es
toda una boda del Resucitado con nosotros, al dársenos en comunión. En la
comunión del pan y del vino. Pero nosotros no tenemos tiempo.
Antes
son los familiares que han llegado a casa.
Antes
son los quehaceres de la familia.
Antes
son nuestras salidas en familia.
Incluso no disponemos de tiempo para pasarnos un
rato con él, comenzando también hoy por quienes debiéramos ser los primeros en
meternos en la boda. Porque también sacerdotes y religiosos tenemos tiempo para
todo. Y nos falta tiempo para dedicarnos a la oración que es el momento del
encuentro con El.
Primero
hacemos todo lo que tenemos que hacer.
Luego,
si nos queda tiempo, pues se lo dedicamos a El.
Así
nuestra oración ocupa siempre el último lugar del día.
Cuando
ya estamos cansados.
Cuando
ya hemos visto la última película de la TV.
Cuando
ya el sueño nos vence.
Pero no por eso Dios va a fracasar. El banquete de
bodas está preparado.
Y como los invitados no entienden o no quieren
participar, Dios sale a los caminos e invita a todos. A todos indiferentemente.
Buenos y malos. Ya que los demasiado buenos no tenemos tiempo, Dios invita a
los sencillamente buenos e incluso, a los que nosotros consideramos malos.
Y la sala del banquete se
llena.
Y la comida no se pierde.
Y la boda se celebra.
Y todos comen y beben y se
divierten en el gozo del amor esponsal del Hijo.
Y los buenos se quedan con
su bondad pero sin boda.
Se quedan con el cumplimiento
de la ley, pero sin experimentar el amor.
Y los malos se aprovechan
para hacerse comensales.
Dios nos invita a la fiesta y nosotros preferimos
seguir en el velorio.
Dios nos invita a la fiesta, pero nosotros no
tenemos sentido de fiesta.
Dios nos invita a la fiesta de la fe y nosotros
preferimos seguir metidos en la oscuridad de nuestra razón.
Dios nos invita a vivir el gozo y la alegría de una
fiesta de bodas.
Y nosotros preferimos seguir con la seriedad
legalista de la ley.
Dios es fiesta, es música, es alegría, es baile.
Y a nosotros eso nos parece poco serio y poco
formal.
Nosotros seguimos cumpliendo con el deber, con la
ley, con la obligación.
Y mientras tanto, los malos se divierten
disfrutando de la fiesta del amor de Dios.
Lo decía en su tiempo Max Weber: “carecemos de
oído para lo religioso.
Oración
Señor:
Yo he rechazado muchas invitaciones a la boda de mis amigos.
Pero
hoy tengo miedo de que también esté rechazando la invitación que me haces a la
boda que celebras de tu Hijo con todos nosotros.
Siento
miedo que todo sea más importante que tu boda con nosotros.
Siento
miedo de que todo sea más importante que dedicarte un tiempo a estar contigo.
Señor:
no basta creer en ti.
No es
suficiente creer que Tú existes.
Lo
importante de verdad es saber qué lugar ocupas Tú en mi vida.
Porque
no es igual que Tú seas el centro de mi vida a que ocupes el último lugar, ese
lugar que se llama “si
tengo tiempo.
P.
Clemente Sobrado, C. P.