 ¿Razones para creer?
Domingo 19 Tiempo Ordinario, Ciblo
A
El problema de Pedro se parece mucho al de los
enemigos de Jesús. En las tentaciones del desierto, el diablo le cuestiona su
identidad: “Si
eres Hijo de Dios”.
En los tribunales religiosos se le hace el mismo cues- tionamiento. “Si eres el
Hijo de Dios, dínoslo”.
Y en la Cruz, unos y otros se burlan de su identidad: “Si es Hijo de Dios, que baje de
la Cruz”.
Pedro tampoco cree a la palabra de Jesús: “Animo, soy yo, no tengáis
miedo”.
Pero Pedro no se fía de su palabra y pide
argumentos para estar seguro. “Señor, si eres
tú, mándame ir hacia ti andando sobre las aguas”.
Pedro pide milagros para creer.
Pedro pide el milagro de poder andar sobre las
aguas.
Le pide algo que solo le corresponde a Dios. Eso de
andar sobre las aguas es privilegio de Dios.
Al hombre se le da el poder caminar por tierra
firme que ya es bastante.
Al hombre se le concede que pueda nadar. Pero no
andar sobre las aguas.
Por eso mismo, ante el primer obstáculo, la fe de
Pedro se derrumba y el miedo se apodera de él y comienza a hundirse: “al sentir la fuerza del viento, le
entró miedo y empezó a hundirse”. Es que Pedro quiere afirmar su fe
en Jesús:
No creyendo en su palabra, sino en los milagros.
No fiándose de su palabra, sino fiándose de su
poder.
La verdadera fe no nace de los milagros, sino de
creer en la Palabra de Jesús.
La verdadera fe no nace del poder divino de Jesús,
sino de la confianza en su persona y en su Palabra. Y cuando la fe no brota de su
verdadera base termina siendo una fe muy débil, que ante las primeras
dificultades se quiebra y nos hundimos como barco que
hace agua.
La verdadera fe tampoco nace del poder de Dios,
sino de su amor.
No creemos porque Dios es omnipotente, sino porque
Dios es amor.
Benedicto XVI en su Encíclica “Dios es caridad” comienza recordando el texto de
Juan: “Dios
es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y
Dios en él”
(1Jn 4,16). Y comenta: “Estas palabras de la Primera carta de
Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la
fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del
hombre y de su camino”.
Y aún añade: “No se comienza a ser cristiano por
una decisión ética o una gran idea, sino por el
encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a
la vida y, con ello, una orientación decisiva. La fe
cristiana, poniendo el amor en el centro.
El amor de
Dios para nosotros es una cuestión
fundamental para la vida y plantea preguntas decisivas sobre quién es Dios y
quiénes somos nosotros”.
Con frecuencia, nuestra fe nace más de nuestras ideas sobre Dios que de
nuestra experiencia amorosa de Dios.
Con frecuencia, nuestra fe busca en Dios más su
poder que pueda solucionar nuestros problemas y dificultades que su auténtico
amor. Cuando en realidad, Dios no se
manifiesta tanto a través de su poder cuanto a través de su debilidad y de su
amor.
El verdadero rostro de Dios se manifiesta en la
debilidad de la Cruz y de su muerte.
El verdadero rostro de Dios se revela y manifiesta
en que “tanto
amó Dios al hombre que entregó a su Hijo único”.
Cristianos que, para creer en Dios, piden primero
milagros.
Y los milagros no siempre nos hacen creyentes.
Porque ante los milagros, muchos siguen dudando o
dándoles interpretaciones y lecturas no creyentes. Muchos fueron testigos de los milagros de
Jesús y no creyeron en El.
Más bien necesitamos de una fe capaz de hacer
milagros, y no milagros que nos hagan creyentes. El mayor milagro de Dios es habernos amado “hasta el extremo”.
Es el milagro del amor. El único capaz de despertar
en nosotros la auténtica fe.
Es lindo el
relato que Paulo Coelho cuenta de Milton Ericksson.
A los
12 años cayó enfermo de poliomielitis. Diez meses más tarde, luego de contraer
la enfermedad oyó a uno de los médicos decirle a sus padres: “Su hijo no pasará de esta
noche.
El niño escuchó el llanto de su madre. “A lo mejor si paso de esta noche,
mamá no sufrirá tanto”,
pensó. Y decidió no dormir hasta el amanecer.
Por la mañana gritó: ¡Mamá!
¡Sigo vivo!
La alegría en la casa fue tanta que, a partir de
entonces, decidió aguantar siempre una noche más, para aplazar el sufrimiento
de sus padres. Murió en 1990 a los 75 años, dejando detrás de sí una serie de
libros sobre la enorme capacidad del hombre para vencer sus propias
limitaciones.
Ericksson
no pidió a Dios el milagro de la curación, sino que fue
su amor hacia sus padres, el no verlos sufrir, quien le mantuvo con la ilusión
de vivir y de ser más fuerte que su propia enfermedad. Y así el que “no pasará de esta noche”, pudo
vivir hasta los setenta y cinco años.
Sólo el amor hará fuerte nuestra fe. Sólo el amor
nos dará fuerzas para no dudar ante las dificultades. Sólo el amor del corazón
nos hará más fuertes que nuestras propias dudas intelectuales.
La verdadera fe no pide milagros, se fía de
Alguien.
La verdadera fe nace de aceptar su palabra, de
fiarnos de su palabra.
La fe que pide pruebas es la mejor prueba de no ser
verdadera fe.
Oración
Señor:
No quiero quejarme de Pedro, porque, en el fondo, somos muchos los que también
te pedimos pruebas para creer en ti.
Somos
muchos los que cuando te pedimos un milagro y no lo haces, terminamos por creer
que ya no tenemos fe en ti.
Danos
una fe que brote de creer en tu Palabra.
Una fe
que no necesite pruebas, porque la mayor prueba es tu amor en la Cruz.
Una fe
que no necesita de tu omnipotencia, sino que brote en nosotros porque también
nosotros creemos en el amor.
P.
Clemente Sobrado, C. P. |