La alegría
del cristiano
Domingo 17, Tiempo
Ordinario, Ciclo A
Cada vez que leo esta pequeña parábola del tesoro
escondido, me viene a la mente una gozosa experiencia de mis primeros años de
Sacerdote. Era el año 1956. Yo regresaba de Roma, con todos mis títulos de
universitarios. Y me quedé en Marsella, supliendo al Párroco de Saint Paul de la Viste. Mientras él tomaba sus vacaciones yo me
quedé haciendo sus veces, en compañía de su padres
Arturo y María. ¡Qué lindos viejos! Fueron tres meses encantadores chapurreando
mi mal francés.
Un día, llego una Señorita de treinta y ocho años.
A mí me parecía la propaganda de la tristeza. Madre
soltera. Su padre marxista acérrimo que no podía ver a un cura ni en foto. Se
quedó con nosotros un mes. Durante el día lo pasaba en la Clínica atendiendo a
su padre. Y al atardecer subía y pasaba la noche con nosotros.
Después de la cena, yo me divertía con los viejos
contando chistes y hasta me atrevía a cantar junto con el viejo las lindas
canciones napolitanas. Nadie nos pagaba por cantar, pero nos divertíamos mucho.
Hasta que un día, la buena Celina, que era el
nombre de la chica, me hizo una pregunta de frente: “Padre, ¿por qué usted está siempre
tan alegre y sonriente?”
Intuí a donde iba su pregunta. Mi respuesta fue
simple: “Porque
soy feliz con mi vida de sacerdote!” Los viejos
que la conocían mucho me contaron toda la tragedia de su vida. Era madre
soltera. No tenía fe. Nunca había practicado nada, a pesar de estar bautizada.
Pero yo sentí que algo estaba pasando en su corazón. A partir de ese momento se
me acercaba y yo notaba que me quería hablar. Poco a poco se fue abriendo hasta
que abrió de par en par su corazón: “Padre yo no practico, no voy a misa,
no me confieso”.
Traté de darle una mano, hasta que un día, me
pidió que quería confesarse y comenzar algo nuevo,
porque quería tener mi alegría. No les sigo toda la historia. Sólo les diré que
después de confesarla se me echó al cuello llorando de emoción que pensé me
estrangulaba. A partir de ese momento, fue tal su cambio, que tengo la
impresión de que fue una de las almas más bellas que encontré en mi camino de
sacerdote. Y a través de ella y de algunos contactos míos, el viejo comunista y
ateo también se convirtió a Dios.
¿A qué viene todo esto? Quisiera equivocarme. Pero
creo que son pocos los que viven con gozo y con alegría su fe cristiana. Más
bien diríamos que la vivimos con cierta resignación. Pero nos falta esa alegría
y ese optimismo que brota de dentro de nuestro corazón como un manantial de
vida. Y todo porque no hemos descubierto la riqueza y la belleza de nuestro ser
cristiano, de nuestra vocación cristiana, es decir, el
tesoro del Reino.
El que encontró el tesoro, dice el Evangelio, se
fue corriendo a casa y vendió todo lo que tenía “con alegría”. No le importó desprenderse de todo,
con tal de conseguir algo que para él era
importantísimo. Su alegría y felicidad ya no estaba en lo que tenía sino en lo
que había encontrado.
Mientras no descubramos la importancia de la fe,
seremos unos creyentes como obligados.
Mientras no descubramos el verdadero valor de la
Iglesia, seremos unos miembros que habitamos en la Iglesia como quien vive en
un hotel, pero que no la siente como su propia casa y su propio domicilio, como
su hogar.
Mientras no descubramos la belleza del matrimonio,
de la familia y del hogar, viviremos en él, pero como quien tiene que seguir
adelante, pero sin la alegría del verdadero amor.
Mientras no descubramos la belleza del amor de la
esposa o del esposo, seguiremos juntos aguantándonos como podamos.
¿Por qué nos cuesta tanto la fidelidad conyugal?
¿No será porque no hemos descubierto el amor verdadero como el tesoro y el
sentido de nuestras vidas?
¿Por qué nos cuesta tanto regresar al hogar y
preferimos quedarnos hasta tarde con los amigos? ¿No será porque no hemos
descubierto el verdadero tesoro del calor de hogar y de familia?
¿Por qué nos cuesta tanto aceptar los criterios de
la moral cristiana? ¿No será porque no hemos descubierto la verdadera belleza
del Evangelio? “Donde
está tu corazón allí está tu tesoro”.
Santo Tomás habla de “los preámbulos de la fe”. Pero creo que se olvidó de uno: “el testimonio de la
alegría del cristiano”.
La alegría de nuestra fe puede ser el camino que lleve a
muchos otros al encuentro con Dios. En un mundo donde todos vivimos de una
alegría postiza y prestada por las cosas, la verdadera alegría de la fe, la
verdadera alegría de haber encontrado a Dios como el verdadero tesoro de
nuestras vidas, puede ser el mejor anuncio de Dios y de la vocación cristiana.
Yo no sé a cuántos habré puesto en el camino de
Dios con mi predicación y mis libros, pero tengo la satisfacción de que la alegría de mi vocación religiosa y
sacerdotal, fue el camino de aquella francesa a la que pudiéramos titular como
el libro de la Sagán “Buenos días,
tristeza”,
para recuperar su fe, si es que algún día la tuvo, y de
encontrarse con Dios y reencontrarse con la alegría que nunca había sentido en
su corazón. Sólo podremos ofrecer el tesoro del Reino, cuando nosotros lo hayamos
encontrado y hayamos sentido la alegría de “venderlo todo con
alegría”.
Oración
Señor:
Gracias porque algún día descubriste el gran tesoro de tu Reino.
Gracias
por la alegría de haberlo dejado todo por ese maravilloso tesoro.
Gracias
porque esa mi alegría ha sido el mejor testimonio de haberte encontrado.
Regálanos
cada día alegría de tu gracia.
Regálanos
cada día la alegría de tu Evangelio.
Regálanos
cada día la alegría que invite a otros a encontrarse contigo.
P.
Clemente Sobrado, C. P.