La manía de la limpieza
Domingo 16 a del ordinario
Hoy que el
Evangelio nos habla del trigo y la zizaña me viene a
la mente el “Diario
de un Cura Rural”de G. Bernanos. La primera vez que lo leí, confieso que golpeó duro mi espíritu. No digo que me
escandalizó. Pero reconozco que para aquel entonces, era fuerte. No estábamos
todavía acostumbrados a ciertas frases, ni a ciertos cuestionamientos.
Preparando
mi meditación personal y mi homilía sobre el texto del Evangelio, volví a
leerlo. Y volví a encontrarme con la buena sirvienta de la parroquia que era
una obsesiva de la limpieza. De ella confiesa Bernanos:
“No
había manera de convencer a la pobre hermana. De haberla escuchado, hubiera
echado a todo el mundo de la Iglesia para que el buen Dios estuviera en un
lugar limpio”.
Cuando la
religión prescinde del hombre pasan estas cosas. Queremos ofrecerle a Dios una
Iglesia tan limpia, que, si de nosotros dependiese, echaríamos a todos los
hombres fuera, para que Dios no se manchase.
Una
religión que sólo piensa en Dios pero se olvida de los hombres.
Lo
importante es mantener unas buenas relaciones con Dios, por más que luego,
vivamos en guerra con los hombres.
Lo
importante es amar a Dios, aunque luego odiemos al hombre.
Lo
importante es que Dios se sienta a gusto, aunque los hombres se encuentren a
disgusto.
Es posible
que muchos, aún sin decirlo, tengamos mucho de la buena hermana sirvienta de la
parroquia. Que también nosotros queremos “arrancar la cizaña para que se quede solo
el trigo”.
Y nos estemos olvidando de que Jesús nos revela un Dios que no encaja
precisamente en el Dios de la hermana. Porque el Dios que nos manifestó Jesús
es bien distinto:
No le
importa nacer en la suciedad de un establo, con tal de estar cerca de los
hombres. No le importa comer con los pecadores de Israel, con tal de que
sientan y experimenten que también ellos son llamados al Reino de Dios. No le
importa tocar con sus manos la cabeza del leproso, con tal de que el leproso se
sienta limpio y pueda volver a su comunidad humana, aunque Jesús quede
legalmente impuro y no pueda andar por
los poblados.
Y no le
importó que la cizaña creciese abraza al trigo. Porque arrancando la cizaña es
posible que arrancásemos también mucho trigo.
No. La religión de Jesús es diferente.
Importa Dios. Pero importa también el hombre.
Importa la amistad con Dios. Pero importa
también la amistad con el hombre.
Importa hacerle sentir bien a Dios. Pero
haciéndole sentirse bien al hombre.
Defendemos los derechos de Dios, defendiendo
los derechos de los hombres.
Defendemos a Dios, pero defendiendo también a
los hombres.
Amamos a Dios, pero amando también a los
hombres.
Es más:
sabremos que amamos a Dios, si realmente amamos a los hermanos.
Sabremos que estamos con Dios, si también nos
sentimos a gusto con los hermanos.
Una Iglesia que sólo piensa en los buenos, y
echa fuera a todos los malos, podrá estar muy limpia, pero ¿se sentirá a gusto
Dios en ella?
¿No
preguntará Dios y dónde están los pecadores?
¿No se
sentirá Dios un tanto incómodo en medio de tantos buenos, pero donde no hay
ninguno malo, porque nosotros los hemos excluido, para evitar que la Iglesia
esté sucia?
Yo estoy
seguro de que Dios se sentirá incómodo y preguntará una y otra vez: ¿pero dónde
están los malos?
Por eso me gusta la reflexión que luego hace Bernanos cuando dice:
“En
cierto sentido fue una mártir; no puede decirse lo contrario. Su equivocación
no fue combatir la suciedad, sino haber querido aniquilarla, como si fuera
posible semejante cosa. Una parroquia es forzosamente sucia. Una cristiandad es
más sucia aún. Aguardemos al gran día del Juicio y veremos lo que los ángeles
tendrán que sacar a paletadas de los santos monasterios. ¡Qué vaciado de
letrinas! Eso prueba, que la Iglesia tiene que ser una buena ama de casa, una ama de casa razonable. Cosa que no era mi buena
sacristana. Una buena ama de casa sabe que no puede hacer de su hogar un
relicario. Tales cosas no son mas que ideas y
pensamientos de poeta”.
“Una parroquia es forzosamente sucia”, porque una parroquia tiene que ser
madre de todos los hijos. Y no todos los hijos son santos. Y aún los llamados
santos, tienen demasiado polvo que ensucia sus vidas.
Todos queremos una Iglesia santa. Eso está
fuera de dudas.
Pero, no
excluyendo de ella a los malos, sino haciéndonos todos nosotros mejores cada
día. Además, en la Iglesia también hay
que darle un espacio a Dios para que cada día nos revele y manifieste la
grandeza de su bondad, de su misericordia, de su perdón. Dios se siente muy
bien siendo compasivo y perdonando. El Reino de Dios no es el
Club de
los selectos con carné de socio, sino el Club donde entramos todos, buenos y malos,
trigo y cizaña.
Oración
Señor: cada vez que miras a tu
Iglesia, te darás cuenta de que no todo es trigo.
También hay demasiada cizaña.
Te darás cuenta de que no todo es
amor. También hay demasiado desamor.
Te darás cuenta de que no todo es
perdón. También hay demasiada condena.
Te darás cuenta de que no todo es
comunión. También hay desunión.
Te darás cuenta de que no todo es
servicio. También hay ambición de poder.
Pero tú lo sabías. Y así nos aceptas.
Y así nos amas.
Gracias, Señor, y danos la gracia de
no escandalizarnos de los malos. Sino que los amemos como tú los amas.
P. Clemente Sobrado, C. P.