La noche que gané mi primera peseta
Domingo 12 del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Recuerdo que siendo niño me gané una peseta por hacerme el
valiente. En mi tierra gallega, como en tantos otros lugares, existen toda una
serie de historietas de miedo. Una de esas historietas era que las almas de los
difuntos andaban sueltas, durante la noche, por el cementerio. Y que era
peligroso acercarse. En una noche de invierno, las viejas y viejos mientras se
calentaban al fogón de la cocina,
empezaron cada uno a contar su experiencia. Cada una era más espantosa que la
otra. En esto se me ocurrió decir que yo iría al cementerio si me daban una
peseta. Yo tenía entonces diez años. Asustados aceptaron mi apuesta. Yo tenía
que ir con un fajo de paja encendida para que ellos pudieran constatar que era
cierto.
El cementerio quedaba cerca y se veía desde mi casa. Di la
vuelta entera dentro del cementerio y regresé a por mi peseta. Fue la primera
peseta que gané en mi vida. Desde entonces me convencí de que el miedo está más
en la cabeza que en la realidad.
El teólogo Bruno Forte escribía: “El miedo rechaza el
futuro. La evasión rechaza el presente. Y la impaciencia rechaza el pasado”.
El Evangelio de hoy nos habla no de todo lo que pudiera
meternos miedo en el alma, sino más bien de que “no tengamos miedo”.
Que no tengamos miedo, no solo a quien no puede hacernos
daño en la vida, ni a quien puede matar
nuestro cuerpo, pero que nunca podrá matar nuestra alma. Y para ello nos hace
sentir lo importantes que somos para Dios. Que si unos feos gorriones se venden
por unos reales, ¿por cuánto se podrá vender nuestra vida?
Nosotros vivimos con demasiados miedos. Miedos que nos
paralizan el ama, nos paralizan las ideas y nos impiden mirar lejos en la vida.
Miedo a Dios
Puede parecer una tontería, pero en el fondo todos
llevamos un inconsciente, muchas veces consciente, de miedo a Dios.
Miedo porque, desde niños, nos han dicho que Dios puede
castigarnos si nos portamos mal.
Miedo porque cada vez que faltamos, Dios se ofende con
nosotros y nos mira con mala cara.
Miedo incluso, y esto es lo peor, a las exigencias de Dios
en nosotros. Exigencias que nos asustan porque nos sacan de nuestras rutinas y
nos obligan a caminar a otro ritmo y nos propone metas que no estamos
convencidos sean para nosotros. ¿Quién está convencido de que Dios nos quiere
santos a todos? Eso no es para nosotros. Eso debe ser para sacerdotes,
religiosos o religiosas.
Miedo a nosotros mismos
Otro de nuestros primeros miedos es con nosotros mismos.
Tenemos miedo a ser. Miedo a ser lo que podemos ser. Nuestro futuro es siempre
una incógnita. No sabemos lo que somos capaces de ser y por eso nos da miedo.
Preferimos quedarnos enanos siendo lo que somos antes de arriesgarnos a ser lo
que Dios quiere de nosotros. Todos quisiéramos ser más. Pero nos da miedo
arriesgarnos. ¿Por qué no seguir siendo lo que ya somos si así nos sentimos a
gusto? Siempre hay quienes prefieren seguir siendo lo que son por miedo a lo
que pueden ser. Por eso, el miedo es paralizante.
Miedo a nuestra libertad y a la libertad de los demás. ¡Qué lindo el gesto de Fátima, de que nos habla Paulo Coelho
en el Alquimista: Santiago tiene miedo a lanzarse a su aventura y se lo cuenta
a Fátima. A lo que ella responde: “Soy una mujer del desierto, y estoy
orgullosa de ello. Quiero que mi hombre también camine libre como el viento que
mueve las dunas”.
Miedo al cambio
El cambio nos da miedo. Mejor seguimos haciendo lo que
siempre se hizo, nos sentimos más seguros. El pasado, que ya no existe, nos
parece más seguro que un futuro que todavía no sabemos lo que será ni qué
precio nos cobrará.
Preferimos seguir siendo gallina, cuando nuestra vocación
es de águila. Pedro Gaviota no se
resignaba a vivir siempre en la bandada, haciendo todos los días lo mismo.
Hasta que se lanzó a hacer la experiencia de querer volar más alto y lanzarse
desde arriba por más que al principio se llevase unos fuertes golpetazos contra
el agua.
Pero el resto de gaviotas no lo comprendió. Le llamó la
atención y luchó para que siguiera siendo como todos. Pero Pedro Gaviota sentía dentro la llamada al riesgo.
Sabía que lo dejarían sólo. Pero tendría la satisfacción de lo nuevo.
Tampoco a nosotros nos ayuda demasiado el ambiente. Todos
prefieren que seamos de la masa, que no llamemos la atención, que no tengamos
la experiencia de lo nuevo. Y si alguien se toma en serio, los demás se
encargan de bajarle los humos. Por eso tenemos miedo a ser nosotros mismos y a
ser diferentes.
Podemos ser grandes, y preferimos seguir siendo enanos.
Podemos ser únicos, y preferimos ser como todos.
Podemos ser originales, y preferimos ser copia de los
demás.
Podemos ser verdaderos y auténticos, y preferimos vivir en
la falsedad como todos.
Podemos ser santos, y preferimos quedarnos en unos
cristianos raquíticos.
Podemos ser testigos de la fe, y preferimos disimularla y
silenciarla.
Dios nos ha hecho para el riesgo.
Dios nos ha hecho para crecer y madurar.
Dios nos ha hecho para ser sus testigos.
Dios nos ha hecho para ser trigo que muere en la tierra
para dar fruto.
Dios nos ha hecho para que no seamos menos de lo que El
espera de nosotros.
Por eso nos pide que no tengamos miedo. Que no tratemos de
eludir el futuro de Dios en nosotros y en el mundo. Nos ha hecho para que
vivamos no mirando siempre a la seguridad del pasado, sino que seamos cada día
un “Adviento”, una espera de algo nuevo en nuestras vidas. Miedo tuvo el joven
rico y abandonó sus ideales de seguir a Jesús.
Oración
Señor: Tú nos
dices que no tengamos miedo.
Pero el miedo
nos invade y nos paraliza.
Tú nos dices
que no tengamos miedo.
Pero nuestros
miedos matan nuestros ideales.
Tú nos dices
que no tengamos miedo.
Pero nuestros
miedos nos impiden ser diferentes a los demás.
Señor: Líbranos
de nuestros miedos, para sentirnos libres.
Líbranos de
nuestros miedos y haz que nos arriesguemos a la santidad.
Líbranos de
nuestros miedos para un día seamos lo que tú esperas de nosotros.
P. Clemente Sobrado, C.P.